Un viejo atrabiliario
Si los cubanos hubieran podido votar, los únicos que se interesarían por la figura de Fidel Castro serían los historiadores.
Mientras que los líderes democráticos están acostumbrados a tratar incluso a sus adversarios más repugnantes con cierta cortesía por entender que las sociedades se definen más por los métodos que se usan para resolver conflictos que por los hipotéticos fines de sus gobernantes de turno, a los dictadores les encanta colmar a quienes no comparten todos sus puntos de vista de epítetos insultantes, revelando de este modo que de tener la oportunidad no vacilarían un solo momento en humillarlos, torturarlos y entonces asesinarlos tal como suelen hacer con los críticos menos poderosos que caen en sus manos. De más está decir que las palabras que empleó el caudillo vitalicio cubano Fidel Castro para desquitarse del presidente Fernando de la Rúa por el voto argentino en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU hace un par de semanas se asemejan bastante a las usadas con miras a agraviar a sus enemigos por otros sujetos de la misma calaña como Adolf Hitler, Saddam Hussein y una multitud de tiranuelos africanos, individuos que, para desconcierto de los demás, hacen gala de su intolerancia hablando en términos matonescos. Según «Fidel», como lo llaman con cariño los admiradores de dictadores de indumentaria castrense y retórica izquierdista, De la Rúa es un «lacayo» de los norteamericanos que ni siquiera tiene el poder en el país y el gobierno de la Alianza está conformado por «un montón de hipócritas, pigmeos y cucarachas». De haberlo querido, De la Rúa pudo haber contestado llamando a Castro un cobarde miserable que no tiene las agallas suficientes como para permitir a los cubanos votar en elecciones libres, pero por ser un demócrata se limitó a afirmar que «no vale la pena reproducir expresiones injuriosas».
Tiene razón De la Rúa, ¿qué duda cabe? La diatriba del dictador caribeño, acaso el último representante vivo de un tipo humano lamentable que ha plagado América Latina desde comienzos del siglo pasado, no nos dijo nada sobre De la Rúa o la Argentina, pero mucho acerca de la mentalidad del personaje que gracias a su voluntad de encarcelar, asesinar o, a veces, expulsar a los disidentes, ha logrado mantenerse en el poder desde hace más de cuarenta años, lapso en que Cuba, país que antes de su llegada disfrutaba de un nivel de ingresos comparable con aquél de la Argentina de la misma época y de una vida cultural sumamente vigorosa, se vio transformada en una de las naciones más depauperadas de América a pesar de los subsidios gigantescos que le fueron facilitados por la Unión Soviética antes de su desaparición. Si los cubanos hubieran podido votar como lo hacen los habitantes de los países democráticos, los únicos que se interesarían por la figura de Castro serían los historiadores o aquellos que por motivos que tienen más que ver con las deficiencias, auténticas o imaginarias, de sus propias sociedades que con la realidad ajena, aún se sienten nostálgicos por una «utopía» armada que nunca llegó a funcionar en ninguna parte.
Conforme a Castro, la Argentina es una mera dependencia estadounidense por haber votado al lado de Washington para pedirle más respeto por los derechos fundamentales de los cubanos, pero puesto que en la misma oportunidad el gobierno de De la Rúa se opuso a los Estados Unidos para votar con el resto del mundo contra los métodos que está empleando Israel en su lucha contra los palestinos, el «alineamiento» denunciado dista de ser automático. De todos modos, Castro se equivoca al decir que Cuba es un «país soberano»: no lo es porque el pueblo cubano -es decir, Cuba misma- no puede elegir su propio destino, privilegio éste que ha sido usurpado por una pequeña minoría de supuestos iluminados que monopolizan la fuerza. En cuanto al régimen castrista, su legitimidad es tan cuestionable como fue aquélla de los militares del Proceso, los que, echando mano a la misma lógica, se las ingeniaron para convencerse de que preocuparse por los derechos de los argentinos equivalía a atentar contra la soberanía nacional, lo cual es un disparate que ya nadie podría tomar en serio. Como dijo Juan Domingo Perón en el título de un libro, «la fuerza es el derecho de las bestias» y ningún gobierno que nace de los fusiles y que silencia a sus críticos puede considerarse representativo de su pueblo.