Un viejo tema, planteado a nivel continental
El proceso de desertificación de la Patagonia es motivo de análisis desde hace años. Ya en la primera Conferencia Regional para América Latina y el Caribe sobre la Convención Internacional de Lucha Contra la Desertificación que se realizó en Buenos Aires en enero de 1996 el documento nacional elaborado se refirió a la situación patagónica.
Entre otros conceptos señaló que más del 30% de la superficie de esta región (o sea alrededor de 24 millones de hectáreas) se encontraba afectada por procesos erosivos eólicos e hídricos severos o graves, destacando que ello se debía, principalmente, al pastoreo ovino.
El último informe del Inta agrega a estas circunstancias la actividad hidrocarburífera.
Por otra parte en 1990 las evaluaciones realizadas en el marco del Proyecto Argentino-alemán de Lucha contra la Desertificación en la Patagonia mostraron el impacto generalizado de la desertificación en la región.
Según esos estudios las áreas de desertificación muy grave ocuparían aproximadamente un 8% de la superficie; la desertificación grave un 21%, donde los espacios entre las plantas se trasforman en avenidas de erosión y de desaparición de los estratos más bajos de la vegetación. En tanto determinaron que un 46% de la superficie presentaba grados de desertificación media-grave (reducción de especies palatables reemplazadas por arbustos que ocupan los lugares dejados por las gramíneas).
Si se suman los porcentajes mencionados se concluye en que 75% de la superficie estaba afectado seriamente, mientras que el 25% restante presentaba manifestaciones de desertificación calificada como media-leve.
Este mismo estudio puntualizó también que otro de los efectos de la desertificación es la disminución de la eficiencia en el uso del agua en el paisaje, y que en lugar de ser utilizada por las plantas se pierde por escorrentía, infiltración o evaporación, reduciendo la productividad primaria y por lo tanto la oferta de alimentos para los herbívoros.
En este marco estimó que la receptividad de más de la mitad del área es de alrededor de 0,1 cabeza por hectárea, magnitud por debajo de la cual se considera imposible implementar la actividad pecuaria ovina.