¿Una actitud más amistosa?
Si lo que se han propuesto las autoridades nacionales es sembrar confusión en el seno del gobierno del primer ministro británico David Cameron, lo habrán logrado con las medidas de los días últimos. Luego de impedir que los pasajeros de dos cruceros de bandera británica profanaran el suelo patrio desembarcando en Ushuaia, una decisión asumida por la gobernadora Fabiana Ríos que motivó las protestas de los muchos fueguinos que dependen del turismo, y de pedir oficialmente a una veintena de empresas tanto nacionales como multinacionales –éstas con toda seguridad tendrán accionistas británicos– abstenerse de comprar productos e insumos procedentes del Reino Unido, en el discurso de más de tres horas con el que abrió las sesiones del Congreso la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo querer negociar un acuerdo con Londres para que haya tres vuelos semanales de Aerolíneas Argentinas, partiendo desde el territorio continental, a las Malvinas porque “no queremos perjudicar a ninguna comunidad, ni a la de los isleños, ni a la de los no isleños, ni la de los ingleses”. De ser así, está por iniciarse un nuevo capítulo en la relación del país con el Reino Unido y con los “kelpers” que, bien que mal, serán los que decidan el desenlace del conflicto en torno a la soberanía sobre las islas, uno en que, después de procurar infructuosamente intimidarlos, el gobierno kirchnerista trate de convencerlos de que en última instancia les convendría reconciliarse con sus vecinos más cercanos. Puede que la presidenta haya optado por cambiar radicalmente la estrategia de hostigamiento por entender que no beneficia en absoluto ni al país ni a su gobierno y que, de todos modos, es meramente una forma de aprovechar un problema haciendo aún más improbable una eventual solución, o puede que sólo se haya tratado de un esfuerzo por subrayar su propia buena voluntad y vocación pacífica. Es de esperar que realmente haya sido un giro significante de la política exterior e interior, porque se ha hecho evidente que la escalada diplomática y comercial impulsada por Cristina y por el canciller Héctor Timerman, y que se ha visto respaldada con su violencia habitual por agrupaciones nada democráticas como Quebracho, resultaba contraproducente. Una consecuencia no deseada por el gobierno, pero así y todo muy positiva, ha sido que, por primera vez, haya aparecido una corriente de opinión influyente que pide al gobierno respetar los derechos de los isleños en lugar de tratarlos como integrantes de una población “implantada” y por lo tanto sin derechos, como si en dicho sentido hubiera una diferencia entre ellos y la mayoría de los habitantes de la Argentina actual. Para los convencidos de que es necesaria la unanimidad absoluta, monolítica, frente al tema, aunque sólo fuera porque a su juicio se trata del único aglutinante que nos queda, los disidentes son “traidores”, “cipayos” al servicio del colonialismo imperialista, pero en realidad la manifestación de pluralismo así supuesta debería tomarse por una señal de madurez. Por lo demás, el intento de la ministra de Industria Débora Giorgi, la que es de suponer ha contado con la aprobación de la presidenta Cristina y del ubicuo “supersecretario” Guillermo Moreno, de boicotear económicamente al Reino Unido no puede considerarse sensato. La Argentina aún disfruta de un superávit comercial con el Reino Unido, de suerte que de interrumpirse el intercambio perdería más, y los productos que nos vende no son tan fácilmente reemplazables como parece creer la funcionaria. Por lo demás, de persistir en su actitud el gobierno nacional, los británicos no tendrían más alternativa que la de reaccionar, lo que podrían hacer apoyando a Estados Unidos en el Banco Mundial, oponiéndose a los créditos blandos que, no obstante los años de crecimiento “chino”, seguimos recibiendo, movilizando a sus socios de la Unión Europa, sobre todo a España donde la ofensiva kirchnerista contra Repsol-YPF ya ha levantado muchas ampollas, y colaborando con aquellos países que no quieren que la Argentina siga en el G20 debido a la costumbre de su gobierno de mofarse de sus compromisos. Aunque el Reino Unido, lo mismo que los demás países de Europa y Estados Unidos, está debatiéndose en una crisis económica muy grave, dista de estar tan indefenso como algunos kirchneristas parecen creer.
Si lo que se han propuesto las autoridades nacionales es sembrar confusión en el seno del gobierno del primer ministro británico David Cameron, lo habrán logrado con las medidas de los días últimos. Luego de impedir que los pasajeros de dos cruceros de bandera británica profanaran el suelo patrio desembarcando en Ushuaia, una decisión asumida por la gobernadora Fabiana Ríos que motivó las protestas de los muchos fueguinos que dependen del turismo, y de pedir oficialmente a una veintena de empresas tanto nacionales como multinacionales –éstas con toda seguridad tendrán accionistas británicos– abstenerse de comprar productos e insumos procedentes del Reino Unido, en el discurso de más de tres horas con el que abrió las sesiones del Congreso la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo querer negociar un acuerdo con Londres para que haya tres vuelos semanales de Aerolíneas Argentinas, partiendo desde el territorio continental, a las Malvinas porque “no queremos perjudicar a ninguna comunidad, ni a la de los isleños, ni a la de los no isleños, ni la de los ingleses”. De ser así, está por iniciarse un nuevo capítulo en la relación del país con el Reino Unido y con los “kelpers” que, bien que mal, serán los que decidan el desenlace del conflicto en torno a la soberanía sobre las islas, uno en que, después de procurar infructuosamente intimidarlos, el gobierno kirchnerista trate de convencerlos de que en última instancia les convendría reconciliarse con sus vecinos más cercanos. Puede que la presidenta haya optado por cambiar radicalmente la estrategia de hostigamiento por entender que no beneficia en absoluto ni al país ni a su gobierno y que, de todos modos, es meramente una forma de aprovechar un problema haciendo aún más improbable una eventual solución, o puede que sólo se haya tratado de un esfuerzo por subrayar su propia buena voluntad y vocación pacífica. Es de esperar que realmente haya sido un giro significante de la política exterior e interior, porque se ha hecho evidente que la escalada diplomática y comercial impulsada por Cristina y por el canciller Héctor Timerman, y que se ha visto respaldada con su violencia habitual por agrupaciones nada democráticas como Quebracho, resultaba contraproducente. Una consecuencia no deseada por el gobierno, pero así y todo muy positiva, ha sido que, por primera vez, haya aparecido una corriente de opinión influyente que pide al gobierno respetar los derechos de los isleños en lugar de tratarlos como integrantes de una población “implantada” y por lo tanto sin derechos, como si en dicho sentido hubiera una diferencia entre ellos y la mayoría de los habitantes de la Argentina actual. Para los convencidos de que es necesaria la unanimidad absoluta, monolítica, frente al tema, aunque sólo fuera porque a su juicio se trata del único aglutinante que nos queda, los disidentes son “traidores”, “cipayos” al servicio del colonialismo imperialista, pero en realidad la manifestación de pluralismo así supuesta debería tomarse por una señal de madurez. Por lo demás, el intento de la ministra de Industria Débora Giorgi, la que es de suponer ha contado con la aprobación de la presidenta Cristina y del ubicuo “supersecretario” Guillermo Moreno, de boicotear económicamente al Reino Unido no puede considerarse sensato. La Argentina aún disfruta de un superávit comercial con el Reino Unido, de suerte que de interrumpirse el intercambio perdería más, y los productos que nos vende no son tan fácilmente reemplazables como parece creer la funcionaria. Por lo demás, de persistir en su actitud el gobierno nacional, los británicos no tendrían más alternativa que la de reaccionar, lo que podrían hacer apoyando a Estados Unidos en el Banco Mundial, oponiéndose a los créditos blandos que, no obstante los años de crecimiento “chino”, seguimos recibiendo, movilizando a sus socios de la Unión Europa, sobre todo a España donde la ofensiva kirchnerista contra Repsol-YPF ya ha levantado muchas ampollas, y colaborando con aquellos países que no quieren que la Argentina siga en el G20 debido a la costumbre de su gobierno de mofarse de sus compromisos. Aunque el Reino Unido, lo mismo que los demás países de Europa y Estados Unidos, está debatiéndose en una crisis económica muy grave, dista de estar tan indefenso como algunos kirchneristas parecen creer.
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