Una crisis ya crónica
Es sin duda muy simpático que el gobierno kirchnerista haya optado por privilegiar a la gente por encima del aparato productivo nacional, pero sucede que el bienestar de casi todos depende en última instancia de la evolución de la economía. Aunque ya habrá superado el bajón que experimentó el año pasado, el crecimiento vigoroso que se ha registrado ha supuesto una demanda mayor de gas, de ahí la reaparición de la crisis energética que tantas dificultades había supuesto antes de que la recesión se encargara de aliviarla. Según se informa, de resultas del golpe de frío que llegó la semana pasada algunas empresas, sobre todo las que conforman el polo petroquímico de Bahía Blanca, han sufrido pérdidas millonarias debido a los cortes de gas. También se han visto perjudicadas muchas otras actividades, entre ellas las relacionadas con la industria automotriz. Para paliar la situación que se ha creado el país ha tenido que importar una cantidad importante de gas a un precio que es tres veces más alto que el pagado a los productores locales y, desde luego, reducir o cancelar las exportaciones a vecinos como Paraguay y Uruguay. Aunque voceros del Ministerio de Planificación afirman que no se trata de una emergencia ya que las medidas tomadas “forman parte de una planificación”, sería más apropiado hablar de improvisación, puesto que a nadie se le ocurriría acusar al gobierno de haber planeado privar a la industria de gas, presuntamente con miras a castigar debidamente a las empresas del sector energético por haber prosperado en los años noventa del siglo pasado. Asimismo, a pesar de los esfuerzos muy costosos del gobierno por defender a los usuarios residenciales del impacto de la escasez de gas subsidiando el consumo en algunas zonas urbanas de clase media, en distintos puntos del país muchos hogares se han visto afectados por la fase actual de la crisis energética. Como es habitual cuando la falta de gas en garrafas se hace notar, el ministro de Planificación, Julio de Vido, la atribuye al accionar de “algunos vivos que están haciendo negocio con la necesidad”. Puede que De Vido esté en lo cierto, pero siempre ha sido así ya que, como descubrieron gobiernos mucho más crueles que el nuestro, es imposible impedir que personas inescrupulosos aprovechen las oportunidades planteadas por la falta de bienes o servicios esenciales. Antes de que Néstor Kirchner se instalara en la Casa Rosada, el país pareció tener resuelto por muchos años más el problema energético, ya que contaba con grandes yacimientos gasífera y era de prever que no tardaría en encontrar otros, pero por motivos que eran con toda seguridad más políticos que humanitarios el gobierno se resistió a permitir que las tarifas domiciliarias se ajustaran a los cambios supuestos por una devaluación brutal de la moneda nacional. Al mermar las inversiones las tareas de exploración se redujeron y, en efecto, el sector se des capitalizó, lo que, dadas las circunstancias, fue previsible. Para que se recuperara sería necesario aplicar un ajuste tan feroz que no hay posibilidad alguna de que los Kirchner lo permitan, mientras que quienes los sucedan serán reacios a hacerlo. Así, pues, a pesar de que la Argentina pudiera estar ingresando en otra etapa en que se vea muy favorecida por la coyuntura internacional –el famoso “viento de cola”–, seguirá chocando contra los límites supuestos por un sector energético deficiente. Los Kirchner raramente dejan pasar una oportunidad para recordarnos que se sienten comprometidos con la industria nacional porque no les gusta para nada la idea de que la Argentina sea un país agroexportador que depende de las vicisitudes de “un yuyo”, pero parecería que olvidaron que una industria pujante requiere suministros de energía en expansión constante. Por lo tanto, el ministro de Planificación no se dio el trabajo de pensar en un plan industrial estratégico. Asimismo, a diferencia de gobiernos de izquierda en otras partes del mundo que sí han intentado impulsar la producción, siempre ha dado prioridad a sus urgencias electorales. Los resultados de tanta miopía están a la vista. Toda vez que hace frío o calor, las empresas industriales tienen que resignarse a cortes de gas o de electricidad que las obligan a reducir la producción, adelantar las vacaciones de sus empleados o, en algunos casos, despedirlos.
Es sin duda muy simpático que el gobierno kirchnerista haya optado por privilegiar a la gente por encima del aparato productivo nacional, pero sucede que el bienestar de casi todos depende en última instancia de la evolución de la economía. Aunque ya habrá superado el bajón que experimentó el año pasado, el crecimiento vigoroso que se ha registrado ha supuesto una demanda mayor de gas, de ahí la reaparición de la crisis energética que tantas dificultades había supuesto antes de que la recesión se encargara de aliviarla. Según se informa, de resultas del golpe de frío que llegó la semana pasada algunas empresas, sobre todo las que conforman el polo petroquímico de Bahía Blanca, han sufrido pérdidas millonarias debido a los cortes de gas. También se han visto perjudicadas muchas otras actividades, entre ellas las relacionadas con la industria automotriz. Para paliar la situación que se ha creado el país ha tenido que importar una cantidad importante de gas a un precio que es tres veces más alto que el pagado a los productores locales y, desde luego, reducir o cancelar las exportaciones a vecinos como Paraguay y Uruguay. Aunque voceros del Ministerio de Planificación afirman que no se trata de una emergencia ya que las medidas tomadas “forman parte de una planificación”, sería más apropiado hablar de improvisación, puesto que a nadie se le ocurriría acusar al gobierno de haber planeado privar a la industria de gas, presuntamente con miras a castigar debidamente a las empresas del sector energético por haber prosperado en los años noventa del siglo pasado. Asimismo, a pesar de los esfuerzos muy costosos del gobierno por defender a los usuarios residenciales del impacto de la escasez de gas subsidiando el consumo en algunas zonas urbanas de clase media, en distintos puntos del país muchos hogares se han visto afectados por la fase actual de la crisis energética. Como es habitual cuando la falta de gas en garrafas se hace notar, el ministro de Planificación, Julio de Vido, la atribuye al accionar de “algunos vivos que están haciendo negocio con la necesidad”. Puede que De Vido esté en lo cierto, pero siempre ha sido así ya que, como descubrieron gobiernos mucho más crueles que el nuestro, es imposible impedir que personas inescrupulosos aprovechen las oportunidades planteadas por la falta de bienes o servicios esenciales. Antes de que Néstor Kirchner se instalara en la Casa Rosada, el país pareció tener resuelto por muchos años más el problema energético, ya que contaba con grandes yacimientos gasífera y era de prever que no tardaría en encontrar otros, pero por motivos que eran con toda seguridad más políticos que humanitarios el gobierno se resistió a permitir que las tarifas domiciliarias se ajustaran a los cambios supuestos por una devaluación brutal de la moneda nacional. Al mermar las inversiones las tareas de exploración se redujeron y, en efecto, el sector se des capitalizó, lo que, dadas las circunstancias, fue previsible. Para que se recuperara sería necesario aplicar un ajuste tan feroz que no hay posibilidad alguna de que los Kirchner lo permitan, mientras que quienes los sucedan serán reacios a hacerlo. Así, pues, a pesar de que la Argentina pudiera estar ingresando en otra etapa en que se vea muy favorecida por la coyuntura internacional –el famoso “viento de cola”–, seguirá chocando contra los límites supuestos por un sector energético deficiente. Los Kirchner raramente dejan pasar una oportunidad para recordarnos que se sienten comprometidos con la industria nacional porque no les gusta para nada la idea de que la Argentina sea un país agroexportador que depende de las vicisitudes de “un yuyo”, pero parecería que olvidaron que una industria pujante requiere suministros de energía en expansión constante. Por lo tanto, el ministro de Planificación no se dio el trabajo de pensar en un plan industrial estratégico. Asimismo, a diferencia de gobiernos de izquierda en otras partes del mundo que sí han intentado impulsar la producción, siempre ha dado prioridad a sus urgencias electorales. Los resultados de tanta miopía están a la vista. Toda vez que hace frío o calor, las empresas industriales tienen que resignarse a cortes de gas o de electricidad que las obligan a reducir la producción, adelantar las vacaciones de sus empleados o, en algunos casos, despedirlos.
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