Una cuestión de respeto

Buen síntoma: los argentinos están más dispuestos a respetar los derechos de los isleños.

Por Redacción

Para el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini, los resultados de una encuesta recientemente realizada por la empresa Gallup para el diario porteño «La Nación» habrán constituido una sorpresa desagradable. Lejos de estar en favor de más «firmeza» frente a los malvinenses, casi la mitad de los consultados cree que es necesario tenerlos en cuenta a la hora de negociar una hipotética solución para el diferendo, mientras que menos de un tercio apoya la actitud de la Alianza y de ciertos nacionalistas peronistas de ignorarlos olímpicamente como si fueran intrusos cuyos puntos de vista carecieran de significancia. Se trata de un cambio sustancial en comparación con los resultados de la misma encuesta realizada diez años antes, cuando la mayoría negaba a los isleños cualquier derecho a decidir sobre su propio futuro. Irónicamente, en aquel entonces la «política de seducción» que emprendería el canciller Guido Di Tella no hubiera contado con la aprobación mayoritaria, pero andando el tiempo la actitud de la gente cambiaría, de modo que hoy en día la considera mucho más inteligente que la «dureza» que han preferido Rodríguez Giavarini y otros radicales. Después de todo, de aceptarse que la clave de una «salida» desde el impasse ya tradicional está en manos de los malvinenses, la única forma de conseguirla consistiría en convencerlos de que la Argentina es un país benigno. Como quiera que una proporción impresionante de los argentinos entiende que los deseos de los habitantes deberían ser prioritarios, la estrategia del gobierno menemista le parece perfectamente lógica.

¿A qué se ha debido la creciente voluntad de respetar la opinión de los isleños? En parte, sin duda, al mayor realismo de quienes entienden muy bien que las manifestaciones oficiales de agresividad son para el consumo interno y que no servirán en absoluto para modificar la actitud de los gobernantes británicos, los cuales, obvio es decirlo, no se dejarían asustar por discursos altaneros pronunciados en foros internacionales por funcionarios radicales, sino que, por el contrario, podrían reaccionar ocasionando perjuicios a los intereses argentinos. Más significante aún que la mayor sofisticación así reflejada, empero, habrá sido el fastidio general que se ha visto provocado por la costumbre de tantos políticos de minimizar la importancia de los sentimientos de personas de carne y hueso, entre las cuales se incluyen los habitantes de las islas. Gracias a los medios de comunicación, ya son muchos los que saben que los malvinenses no son seres exóticos con los cuales no tienen nada en común, sino hombres, mujeres y niños no tan distintos de ellos mismos. Puesto que a los argentinos no les gustaría para nada ser informados de que por razones políticas en adelante tendrían que ser británicos o chinos o lo que fuera, pueden comprender la resistencia de los isleños a resignarse al destino que les aguardaría de imponerse los deseos de Rodríguez Giavarini y quienes piensan como él. Asimismo, reconocen que la ocupación militar de las islas en 1982 no contribuyó a que los malvinenses se familiarizaran con lo mejor de la Argentina.

Además de mostrar que en la actualidad los argentinos están mucho más dispuestos a respetar los derechos de los isleños de lo que estaban en otras épocas, la encuesta de Gallup registró una sana pluralidad de opiniones. Ya se han ido, es de esperar que para siempre, los días en los que virtualmente todos agregarían sus voces al coro irredentista. Puede que para muchos «dirigentes» la unidad monolítica en favor de una política determinada sea un fenómeno espléndido, pero si hay algo que distingue a las democracias de las sociedades autoritarias, esto es que en las primeras es natural que distintos sectores discrepen en torno de temas importantes, mientras que en las segundas la unanimidad es normal y también que el disidente sea tratado como una amenaza al ser nacional. Por fortuna, la Argentina es una democracia en la que siempre habrá algunos que se opongan a la ortodoxia oficial de turno, motivo por el cual aquellos gobernantes que no procuran explicar sus motivos para emprender un curso de acción determinado no tardarán en encontrarse en problemas.