Una lucha inútil

Redacción

Por Redacción

De haber sido cuestión de nada más que una disputa empresarial, el gobierno nacional hubiera festejado hace tiempo la derrota del Grupo Clarín ya que, además de despedazarlo como se había propuesto, logró reducir mucho su valor de mercado, pero, claro está, para los kirchneristas más vehementes tales detalles importan muy poco. Desde que el entonces presidente Néstor Kirchner hizo de Clarín su enemigo principal, el oficialismo se ha concentrado en lo que, según los estrategas gubernamentales, es una “batalla cultural” contra todos los medios periodísticos que se resisten a plegarse al proyecto que se formó en torno del matrimonio santacruceño. En el frente así supuesto, ha fracasado por completo. A pesar de la apropiación por la fracción gobernante de una cantidad fenomenal de dinero aportado por los contribuyentes para subsidiar a medios oficialistas y los esfuerzos denodados por castigar a los demás, discriminando ilegalmente en contra de ellos a la hora de repartir la publicidad oficial y presionando a las cadenas de supermercados para que boicotearan a los diarios porteños más significantes, el grueso de la ciudadanía terminaría repudiando el imaginativo “relato” kirchnerista. En cuanto a las docenas de medios subsidiados que sirven de órganos propagandísticos, a menos que el gobierno próximo decida adoptarlos, obligándolos a modificar radicalmente sus hipotéticas convicciones políticas, la mayoría dejará de existir después de la salida del poder de sus benefactores porque no son comercialmente viables. Para adecuarse a la ley de Medios, el Grupo Clarín se ha resignado a vender cuatro unidades y dividir lo que queda en dos. Mientras que en opinión de algunos miembros del gobierno sería mejor aceptar el arreglo propuesto, dando por finalizada la larga campaña contra las huestes del contador Héctor Magnetto, otros quieren prolongar la lucha por motivos que tienen más que ver con la militancia política que con la sospecha de que las empresas herederas actuarán como un bloque. Irónicamente, un gobierno peronista que nunca ha dejado de rendir culto al nepotismo y se siente comprometido con el llamado capitalismo de los amigos teme que su gran adversario se adhiera a los mismos principios. Puede que resulte estar en lo cierto pero, aun cuando procurara frustrar a los dueños de las partes escindidas del Grupo monitoreando sus eventuales coincidencias ideológicas, no podría hacer mucho por tratarse de personas que, como Magnetto, no son periodistas ni ideólogos sino empresarios. Una consecuencia, presuntamente no deseada, de la virulenta ofensiva kirchnerista contra Clarín ha sido la de convencer a todos los aspirantes a suceder a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de que les convendría subrayar su propio compromiso con la libertad de expresión. Tanto ellos como muchos otros entienden que el gobierno se ensañó con Clarín no porque sus integrantes hayan querido promover un mayor pluralismo en el mundo mediático sino porque durante el enfrentamiento con el campo la empresa periodística más poderosa se negó a apoyarlo con el entusiasmo previsto, rompiendo así el pacto tácito que había mantenido con Néstor Kirchner de que, a cambio de favores comerciales, respaldaría sus iniciativas. Es que, para disgusto de sus propios periodistas, el Grupo Clarín se había acostumbrado a operar según criterios netamente empresariales, acercándose a gobiernos –militares o civiles, daba igual– mientras conservaban su capital político para después alejarse a fin de prepararse para la etapa siguiente. Con todo, si bien de resultas de tanto pragmatismo, combinado como ha estado con prácticas comerciales que perjudicaban a otros canales televisivos, radios y diarios, Clarín no contaba con muchos amigos en el mundo mediático local, pronto se haría evidente que el riesgo planteado por un gobierno autoritario y nada escrupuloso era mayor que el supuesto por la voracidad del “monopolio”. Por malo que pueda ser el predominio excesivo de un medio determinado, es un asunto menor en comparación con el tener que tratar de asegurar la diversidad en una sociedad gobernada por ideólogos militantes que creen que la libertad periodística es una patraña burguesa y que una mayoría coyuntural tiene derecho a silenciar a quienes discrepan con sus puntos de vista.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 22 de mayo de 2014


De haber sido cuestión de nada más que una disputa empresarial, el gobierno nacional hubiera festejado hace tiempo la derrota del Grupo Clarín ya que, además de despedazarlo como se había propuesto, logró reducir mucho su valor de mercado, pero, claro está, para los kirchneristas más vehementes tales detalles importan muy poco. Desde que el entonces presidente Néstor Kirchner hizo de Clarín su enemigo principal, el oficialismo se ha concentrado en lo que, según los estrategas gubernamentales, es una “batalla cultural” contra todos los medios periodísticos que se resisten a plegarse al proyecto que se formó en torno del matrimonio santacruceño. En el frente así supuesto, ha fracasado por completo. A pesar de la apropiación por la fracción gobernante de una cantidad fenomenal de dinero aportado por los contribuyentes para subsidiar a medios oficialistas y los esfuerzos denodados por castigar a los demás, discriminando ilegalmente en contra de ellos a la hora de repartir la publicidad oficial y presionando a las cadenas de supermercados para que boicotearan a los diarios porteños más significantes, el grueso de la ciudadanía terminaría repudiando el imaginativo “relato” kirchnerista. En cuanto a las docenas de medios subsidiados que sirven de órganos propagandísticos, a menos que el gobierno próximo decida adoptarlos, obligándolos a modificar radicalmente sus hipotéticas convicciones políticas, la mayoría dejará de existir después de la salida del poder de sus benefactores porque no son comercialmente viables. Para adecuarse a la ley de Medios, el Grupo Clarín se ha resignado a vender cuatro unidades y dividir lo que queda en dos. Mientras que en opinión de algunos miembros del gobierno sería mejor aceptar el arreglo propuesto, dando por finalizada la larga campaña contra las huestes del contador Héctor Magnetto, otros quieren prolongar la lucha por motivos que tienen más que ver con la militancia política que con la sospecha de que las empresas herederas actuarán como un bloque. Irónicamente, un gobierno peronista que nunca ha dejado de rendir culto al nepotismo y se siente comprometido con el llamado capitalismo de los amigos teme que su gran adversario se adhiera a los mismos principios. Puede que resulte estar en lo cierto pero, aun cuando procurara frustrar a los dueños de las partes escindidas del Grupo monitoreando sus eventuales coincidencias ideológicas, no podría hacer mucho por tratarse de personas que, como Magnetto, no son periodistas ni ideólogos sino empresarios. Una consecuencia, presuntamente no deseada, de la virulenta ofensiva kirchnerista contra Clarín ha sido la de convencer a todos los aspirantes a suceder a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de que les convendría subrayar su propio compromiso con la libertad de expresión. Tanto ellos como muchos otros entienden que el gobierno se ensañó con Clarín no porque sus integrantes hayan querido promover un mayor pluralismo en el mundo mediático sino porque durante el enfrentamiento con el campo la empresa periodística más poderosa se negó a apoyarlo con el entusiasmo previsto, rompiendo así el pacto tácito que había mantenido con Néstor Kirchner de que, a cambio de favores comerciales, respaldaría sus iniciativas. Es que, para disgusto de sus propios periodistas, el Grupo Clarín se había acostumbrado a operar según criterios netamente empresariales, acercándose a gobiernos –militares o civiles, daba igual– mientras conservaban su capital político para después alejarse a fin de prepararse para la etapa siguiente. Con todo, si bien de resultas de tanto pragmatismo, combinado como ha estado con prácticas comerciales que perjudicaban a otros canales televisivos, radios y diarios, Clarín no contaba con muchos amigos en el mundo mediático local, pronto se haría evidente que el riesgo planteado por un gobierno autoritario y nada escrupuloso era mayor que el supuesto por la voracidad del “monopolio”. Por malo que pueda ser el predominio excesivo de un medio determinado, es un asunto menor en comparación con el tener que tratar de asegurar la diversidad en una sociedad gobernada por ideólogos militantes que creen que la libertad periodística es una patraña burguesa y que una mayoría coyuntural tiene derecho a silenciar a quienes discrepan con sus puntos de vista.

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