Una mañana, el río Negro se devoró 29 vidas
Federico Galván, único de los diez sobrevivientes del triste 10 de noviembre de 1946 con vida, aún recuerda detalles de la caída del camión de una balsa, en Choele.
Marcos Di Lernia
Agencia Valle Medio
El haz de luz de la chapa con el “110” se fue de bruces hacia el agua y logró un efecto escalofriante entre el brillo del metal, el espejo del río y el enorme sol de la mañana. En los tres dígitos se escondía una macabra coincidencia: el 11 de la hora y el 10 de la fecha. El Ford oscuro, al que por el suceso se apodó “El Camión Trágico”, tenía su patente identificatoria con el C.110 Choele Choel.
“Ché, poné dos calzas que vengo sin freno”, le gritó Juan Giretti –el conductor del Ford– al balsero Güerino Montelpare, quien hizo lo que pudo pero la marcha del camión con sus 39 ocupantes no se detuvo y se lo tragó el correntoso río Negro.
Eran las 11 del domingo 10 de noviembre de 1946 y los jóvenes pensaban disfrutar de un día de picnic en la Isla Chica. Se ahogaron 28; el cuerpo de Giretti nunca se lo encontró. Algunos creen que, aterrado y con sentimiento de culpa, se habría ido al exterior. Son meras especulaciones.
Sólo se salvaron diez, entre ellos Federico Galván, “el Chiqui”, que recientemente acaba de cumplir 87 años y puede contarlo.
Vive solo en su casa de Darwin, aunque sus hijas (Mabel y Celia) no le pierden pisada. Tenía otra más, Patricia, quien falleció hace unos años.
Un salto salvador, una pérdida
para toda la vida
Federico iba en la parte de atrás del camión y, cuando notó que caían al río, atinó a dar un salto y cayó al piso de la balsa.
Allí se quedó aterrado. Tenía 18 años por entonces y perdió hermanas, amigos y familiares.
“Dos meses antes había entrado a trabajar en la Línea Roca de Ferrocarriles Argentinos, siempre en Darwin”, recuerda.
“Chiqui” es el único que vive de los diez que se salvaron de la voracidad del río.
“Me la pasaba declarando en la comisaría, yendo a los velorios o visitando a los familiares de los fallecidos. La pasé mal. No era para menos, pero de a poco me fui recuperando. Hubo gente que nunca pudo superar el mal trance”, dice aportando datos precisos con envidiable lucidez.
Si bien eran amigos, cada uno provenía de familias con distintas costumbres. Choele Choel, la zona de Paso Piedra y La Rinconada, Luis Beltrán, Lamarque y Pomona –de donde eran los jóvenes– soportaban una mochila llena de tristeza y hondo pesar.
Aun hoy, cuando han pasado 69 años y un poco más, las dos cruces idénticas que hay en el cementerio de Luis Beltrán o la decena que existe en el hospital choelense siempre tienen una flor que no los olvida.
“Es cierto, cada familia los velaba de maneras distintas”, destaca con voz pausada Federico.
Por ejemplo, a unos hermanos los velaron en una sala con música que salía de una vitrola, mientras que en otra dependencia de la casa se reunieron los deudos. Se los lloraba cuando nacían y se los despedía con música. Costumbres.
“Soy andariego y siempre ando recorriendo la zona y es así que me cruzo con muchos amigos familiares de los fallecidos, porque la mayoría éramos de Paso Piedra. Ahora está medio quieto el tema pero hasta hace unos años, siempre salía la conversación”, recuerda.
Es cierto, la mayoría elude el tema. Seguramente, y como una marca inevitable, siempre se descubre, aparece. El silencio obra como bálsamo para tanto dolor.