Una muerte aún misteriosa

Redacción

Por Redacción

Felizmente para el presidente encargado de Venezuela, el exsindicalista Nicolás Maduro, a la mayoría de los chavistas les importa muy poco la manera nada transparente en la que el gobierno interino que encabeza ha manejado la crisis traumática que fue provocada por la agonía y muerte prematura del hiperactivo Hugo Chávez. Mientras que en países de cultura política un tanto más democrática, desde hace varias décadas las autoridades se creen obligadas a mantener bien informada a la ciudadanía acerca de todos los detalles, por mínimos que sean, relacionados con la salud del presidente o primer ministro, por ser cuestión de un asunto que es de interés público, en Venezuela los han tratado como si fueran cuestión de un secreto de Estado que sólo preocupaba a los opositores. No extraña, pues, que en las semanas últimas hayan proliferado rumores de distinta índole en torno a la fecha de la muerte del caudillo idolatrado, ya que según algunos falleció en Cuba antes de regresar sorpresivamente a Venezuela el 18 de febrero, no el 5 de marzo como anunció el gobierno, y sobre la condición de sus restos, puesto que una comisión de especialistas rusos ha dictaminado que sería casi imposible embalsamarlos como habían anunciado Maduro y otros dirigentes, lo que a primera vista hace menos verosímil el relato oficial. Tampoco extrañaría demasiado que, lejos de perjudicar al chavismo sin Chávez, las dudas que se han planteado sirvieran para fortalecerlo por algunos meses al hacer de él una figura ya mítica a ojos de sus admiradores. Asimismo, el desconcierto patente que ha manifestado Maduro ante la desaparición física de Chávez podría tomarse por su forma de rendir homenaje a las cualidades excepcionales del hombre que durante tres lustros dominó por completo la vida política de su país. En la campaña electoral que está en marcha y que culminará el 14 de abril, la imagen de Chávez, como la del Cid Campeador en la España medieval, desempeñará un papel clave. Lo lógico sería que el electorado, impresionado por la diferencia entre el caudillo muerto y personajes como Maduro, optara por una alternativa más confiable, pero se prevé que la mayoría tome las elecciones por una oportunidad para expresar su solidaridad con los presuntos herederos políticos del caudillo. Al fin y al cabo, por razones que siguen procurando entender centenares de historiadores, sociólogos y psicólogos, el peronismo supo aprovechar los episodios novelescos que protagonizaron los restos del general Juan Domingo Perón y de su segunda esposa, Evita; ya parece más que probable que las polémicas motivadas por las dudas sobre lo que realmente sucedió en aquella clínica cubana y, más tarde, en el Hospital Militar de Caracas, tengan un impacto similar en el sentir popular. La resistencia de Chávez mismo y de quienes lo rodeaban a reconocer meses antes de su muerte que no estaría en condiciones de continuar gobernando Venezuela, y que por lo tanto era irresponsable aceptarlo como el candidato oficialista en las elecciones de octubre pasado, ya había confirmado la precariedad extrema del movimiento bolivariano. Fue una creación tan personalista y tan dependiente del carisma de su fundador y líder que parece destinado a degenerar muy pronto en una multitud de facciones agresivas, entre ellas algunas netamente militares, más interesadas en derrotar a sus rivales internos que en intentar atenuar los problemas gravísimos que le aguardan a un país que, a pesar de las ventajas proporcionadas por una abundancia de petróleo, tambalea al borde de un abismo socioeconómico. Con todo, la eventual implosión del chavismo no necesariamente significaría el fin del mito que, con la colaboración vigorosa de Maduro y los demás, ya está consolidándose. De difundirse la noción de que todas las dificultades que enfrenten los sectores más vulnerables de la sociedad venezolana se deben a la ausencia de un caudillo supuestamente capaz de obrar milagros, el fracaso previsible del “socialismo del siglo XXI” se verá atribuido a quienes, a juicio de los nostálgicos, no resultaran estar a la altura del líder máximo ausente. En tal caso, los esfuerzos de sus seguidores por exaltar su figura, equiparándola con la de un hombre de ideas radicalmente diferentes, el libertador Simón Bolívar, les jugarían en contra.


Felizmente para el presidente encargado de Venezuela, el exsindicalista Nicolás Maduro, a la mayoría de los chavistas les importa muy poco la manera nada transparente en la que el gobierno interino que encabeza ha manejado la crisis traumática que fue provocada por la agonía y muerte prematura del hiperactivo Hugo Chávez. Mientras que en países de cultura política un tanto más democrática, desde hace varias décadas las autoridades se creen obligadas a mantener bien informada a la ciudadanía acerca de todos los detalles, por mínimos que sean, relacionados con la salud del presidente o primer ministro, por ser cuestión de un asunto que es de interés público, en Venezuela los han tratado como si fueran cuestión de un secreto de Estado que sólo preocupaba a los opositores. No extraña, pues, que en las semanas últimas hayan proliferado rumores de distinta índole en torno a la fecha de la muerte del caudillo idolatrado, ya que según algunos falleció en Cuba antes de regresar sorpresivamente a Venezuela el 18 de febrero, no el 5 de marzo como anunció el gobierno, y sobre la condición de sus restos, puesto que una comisión de especialistas rusos ha dictaminado que sería casi imposible embalsamarlos como habían anunciado Maduro y otros dirigentes, lo que a primera vista hace menos verosímil el relato oficial. Tampoco extrañaría demasiado que, lejos de perjudicar al chavismo sin Chávez, las dudas que se han planteado sirvieran para fortalecerlo por algunos meses al hacer de él una figura ya mítica a ojos de sus admiradores. Asimismo, el desconcierto patente que ha manifestado Maduro ante la desaparición física de Chávez podría tomarse por su forma de rendir homenaje a las cualidades excepcionales del hombre que durante tres lustros dominó por completo la vida política de su país. En la campaña electoral que está en marcha y que culminará el 14 de abril, la imagen de Chávez, como la del Cid Campeador en la España medieval, desempeñará un papel clave. Lo lógico sería que el electorado, impresionado por la diferencia entre el caudillo muerto y personajes como Maduro, optara por una alternativa más confiable, pero se prevé que la mayoría tome las elecciones por una oportunidad para expresar su solidaridad con los presuntos herederos políticos del caudillo. Al fin y al cabo, por razones que siguen procurando entender centenares de historiadores, sociólogos y psicólogos, el peronismo supo aprovechar los episodios novelescos que protagonizaron los restos del general Juan Domingo Perón y de su segunda esposa, Evita; ya parece más que probable que las polémicas motivadas por las dudas sobre lo que realmente sucedió en aquella clínica cubana y, más tarde, en el Hospital Militar de Caracas, tengan un impacto similar en el sentir popular. La resistencia de Chávez mismo y de quienes lo rodeaban a reconocer meses antes de su muerte que no estaría en condiciones de continuar gobernando Venezuela, y que por lo tanto era irresponsable aceptarlo como el candidato oficialista en las elecciones de octubre pasado, ya había confirmado la precariedad extrema del movimiento bolivariano. Fue una creación tan personalista y tan dependiente del carisma de su fundador y líder que parece destinado a degenerar muy pronto en una multitud de facciones agresivas, entre ellas algunas netamente militares, más interesadas en derrotar a sus rivales internos que en intentar atenuar los problemas gravísimos que le aguardan a un país que, a pesar de las ventajas proporcionadas por una abundancia de petróleo, tambalea al borde de un abismo socioeconómico. Con todo, la eventual implosión del chavismo no necesariamente significaría el fin del mito que, con la colaboración vigorosa de Maduro y los demás, ya está consolidándose. De difundirse la noción de que todas las dificultades que enfrenten los sectores más vulnerables de la sociedad venezolana se deben a la ausencia de un caudillo supuestamente capaz de obrar milagros, el fracaso previsible del “socialismo del siglo XXI” se verá atribuido a quienes, a juicio de los nostálgicos, no resultaran estar a la altura del líder máximo ausente. En tal caso, los esfuerzos de sus seguidores por exaltar su figura, equiparándola con la de un hombre de ideas radicalmente diferentes, el libertador Simón Bolívar, les jugarían en contra.

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