Una muerte previsible



Dijo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que “hay algunos que hace mucho tiempo buscan un muerto en la Argentina”. Fue su forma de acusar al Partido Obrero trotskista de responsabilidad por la muerte de uno de sus militantes, Mariano Ferreyra, en un enfrentamiento con sindicalistas ferroviarios en Barracas. Otros voceros oficialistas llegaron al extremo de insinuar que el “autor intelectual” del asesinato habría sido el ex presidente interino Eduardo Duhalde porque hacía más de un año había celebrado una reunión con el dirigente ferroviario José Pedraza: según la agencia de noticias gubernamental Télam, legisladores porteños afirmaban: “No sorprende que se pudra la vida donde Duhalde merodea”. El nerviosismo que se apoderó de los kirchneristas cuando se enteraron del asesinato puede entenderse. Es tradicional que las llamadas “organizaciones sociales”, en esta oportunidad el Partido Obrero, culpen al gobierno si muere un militante durante una manifestación violenta. Los Kirchner, aleccionados por lo que les sucedió a Fernando de la Rúa y Duhalde, esperaban ahorrarse el mismo destino negándose a permitir que las fuerzas de seguridad reprimieran a las bandas de piqueteros, ultraizquierdistas y, en Gualeguaychú, ecologistas que desde hace años se están disputando el control de la calle. Puesto que al mismo tiempo el matrimonio presidencial, con la ayuda de personajes tan agresivos como Hebe de Bonafini, Luis D’Elía y Hugo Moyano, se esforzaba por calentar los ánimos con el propósito evidente de provocar conflictos sociales por suponer que les resultarían políticamente provechosos, lo sorprendente no es que ya haya encontrado un muerto sino que su estrategia de hacer del país entero una inmensa zona liberada no haya producido muchos más. Alarmados por las consecuencias que podría tener un crimen que ya ha servido de pretexto para docenas de marchas de repudio, algunas multitudinarias, los Kirchner están procurando hacer pensar que son víctimas de una conspiración urdida por sus enemigos, pero debido a sus propios vínculos con sectores sindicales notorios por su proclividad a resolver sus disputas con métodos gansteriles, están perdiendo la batalla por “el relato”. La decisión de rodearse de individuos que, cada uno a su modo, representan lo peor del pasado privó a los Kirchner de la autoridad moral que necesitarían para poder asumir la postura de defensores de la paz social y condenar lo que ocurrió en Barracas imputándolo a sus adversarios. Al optar por hacer de la calle un teatro de operaciones político, aliándose con agrupaciones de piqueteros y sindicalistas que usarían para presionar a empresarios que se resistían a sumarse a su “proyecto” e intimidar a la clase media urbana con la esperanza de convencerla de que le convendría contar con la protección de un gobierno “fuerte”, los Kirchner se las arreglaron para difundir la sensación de que en cualquier momento podrían producirse estallidos de ira popular. Algunos propagandistas del trotskismo aparte, nadie realmente cree que miembros del gobierno hayan estado detrás del asesinato de Ferreyra. Tampoco hay motivos para suponer que el “autor intelectual” del crimen fuera un político opositor, como quisieran hacer pensar integrantes del entorno de los Kirchner. Lo más probable es que haya sido cuestión de una típica refriega gremial con la participación de militantes de la izquierda extrema como tantas otras que han culminado con la muerte de uno o más de los involucrados. Ahora le corresponde a la Justicia investigar el asunto, sin politizarlo inútilmente y sin tolerar la intervención de los interesados en aprovecharlo, para que el asesino sea identificado, juzgado y sentenciado. El que tantos no confíen en la voluntad del gobierno nacional de permitir que se emprenda una investigación vigorosa e imparcial a menos que pueda servirles para embestir contra sectores de la oposición, en especial los cercanos a Duhalde, nos dice mucho sobre el clima de crispación que los Kirchner se han encargado de estimular y que, tal y como están las cosas, hace temer que en los meses próximos sucedan más episodios como éste en el que encontró la muerte un militante izquierdista de apenas 23 años.


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