Una realidad cada vez más brumosa

Ya es tradicional que, al iniciar su gestión, un gobierno nuevo se afirme asombrado por la gravedad de la crisis heredada del anterior. Tal costumbre se debe no sólo a la propensión de todos los gobiernos a minimizar sus propias deficiencias y exagerar sus méritos sino también a que los políticos en campaña suelen preferir dar a entender que, una vez en el poder, se dedicarán a repartir beneficios sin pedir sacrificios a nadie. Con todo, si bien es de prever que se repita este rito en diciembre del 2015, el sucesor (o sucesora) de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría tener que esperar algunas semanas antes de hablar con precisión acerca de los problemas planteados por la herencia. Son tan dudosas las estadísticas oficiales que antes de hacerlo le sería necesario llevar a cabo una auditoría exhaustiva parecida a la propuesta por organismos como el FMI. Hasta completarse el arqueo, tendrá una idea muy vaga en torno a detalles que en otras latitudes son considerados fundamentales, como las dimensiones del producto bruto nacional, las tasas de crecimiento e inflación de los últimos años y la cantidad de pobres e indigentes. También se verá obligado a averiguar el estado de la balanza comercial ya que, según informa el matutino porteño “La Nación”, hay buenos motivos para sospechar que el superávit de 9.000 millones de dólares supuestamente arrojado en el 2013 sólo existió en la imaginación de los técnicos militantes del Indec. Al comparar dicho monto con otro basado en datos proporcionados por la Aduana y en las estadísticas de nuestros socios comerciales, analistas escépticos han llegado a la conclusión de que en verdad el superávit, si es que hubo uno, fue llamativamente inferior al difundido por el gobierno, que en aquel momento se sentía asustado por la caída vertiginosa de las reservas del Banco Central. Es imposible manejar bien una economía sin contar con datos que al menos se aproximen a la realidad. Por lo tanto, sería de esperar que el gobierno kirchnerista, lo mismo que ciertas empresas que operan al margen de la ley, haya adoptado un sistema de doble contabilidad, con números fraudulentos para los demás y otros para el uso interno. Aunque resultaría escandaloso que así fuera y, tarde o temprano, todos los involucrados tendrían que rendir cuentas ante la Justicia por la decepción practicada, sería mejor que la alternativa. Según parece, el ministro de Economía Axel Kicillof nunca tomó en serio la tasa de inflación confeccionada por el equipo de Guillermo Moreno, razón por la cual avaló el reemplazo del viejo índice por otro más verosímil. ¿Confía en los números relativos al crecimiento del producto bruto, que acaban de modificarse drásticamente por lo del pago a los tenedores de cupones, y en los correspondientes a las vicisitudes de la balanza comercial? Puede que nunca sepamos la respuesta a dichos interrogantes. Lo que sí parece evidente es que el “modelo” kirchnerista, el del crecimiento a tasas chinas, matriz diversificada, inclusión social y así por el estilo, está esfumándose ante nuestros ojos. Todos los días se difunden nuevos motivos para preguntarnos si jamás fue más que una construcción propagandística. Sería reconfortante creer que tanto Néstor Kirchner como Cristina, además de sus seguidores jóvenes de ideología populista, sinceramente creyeron haber descubierto una fórmula heterodoxa, radicalmente distinta de las favorecidas por quienes se aferraban a lo que los contestatarios califican del “pensamiento único”, que les permitiría sorprender al resto del mundo impulsando el largamente demorado milagro argentino, pero aun cuando los dos políticos se hayan dejado engañar por ilusiones que compartían con otros de mentalidad similar, los economistas profesionales que han colaborado con ellos no podrían atribuir sus aportes al desaguisado a su propia ingenuidad. Que políticos a menudo tengan ideas económicas muy raras es normal en todas partes. En cambio, no lo es que nadie en los gobiernos que encabezan quienes logran triunfar en elecciones libres se anime a advertirles de lo peligroso que sería procurar concretarlas. Cuando está en juego no sólo la imagen pasajera de un dirigente determinado sino también el bienestar de millones de personas, el silencio respetuoso equivale a traición.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 21 de abril de 2014


Ya es tradicional que, al iniciar su gestión, un gobierno nuevo se afirme asombrado por la gravedad de la crisis heredada del anterior. Tal costumbre se debe no sólo a la propensión de todos los gobiernos a minimizar sus propias deficiencias y exagerar sus méritos sino también a que los políticos en campaña suelen preferir dar a entender que, una vez en el poder, se dedicarán a repartir beneficios sin pedir sacrificios a nadie. Con todo, si bien es de prever que se repita este rito en diciembre del 2015, el sucesor (o sucesora) de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría tener que esperar algunas semanas antes de hablar con precisión acerca de los problemas planteados por la herencia. Son tan dudosas las estadísticas oficiales que antes de hacerlo le sería necesario llevar a cabo una auditoría exhaustiva parecida a la propuesta por organismos como el FMI. Hasta completarse el arqueo, tendrá una idea muy vaga en torno a detalles que en otras latitudes son considerados fundamentales, como las dimensiones del producto bruto nacional, las tasas de crecimiento e inflación de los últimos años y la cantidad de pobres e indigentes. También se verá obligado a averiguar el estado de la balanza comercial ya que, según informa el matutino porteño “La Nación”, hay buenos motivos para sospechar que el superávit de 9.000 millones de dólares supuestamente arrojado en el 2013 sólo existió en la imaginación de los técnicos militantes del Indec. Al comparar dicho monto con otro basado en datos proporcionados por la Aduana y en las estadísticas de nuestros socios comerciales, analistas escépticos han llegado a la conclusión de que en verdad el superávit, si es que hubo uno, fue llamativamente inferior al difundido por el gobierno, que en aquel momento se sentía asustado por la caída vertiginosa de las reservas del Banco Central. Es imposible manejar bien una economía sin contar con datos que al menos se aproximen a la realidad. Por lo tanto, sería de esperar que el gobierno kirchnerista, lo mismo que ciertas empresas que operan al margen de la ley, haya adoptado un sistema de doble contabilidad, con números fraudulentos para los demás y otros para el uso interno. Aunque resultaría escandaloso que así fuera y, tarde o temprano, todos los involucrados tendrían que rendir cuentas ante la Justicia por la decepción practicada, sería mejor que la alternativa. Según parece, el ministro de Economía Axel Kicillof nunca tomó en serio la tasa de inflación confeccionada por el equipo de Guillermo Moreno, razón por la cual avaló el reemplazo del viejo índice por otro más verosímil. ¿Confía en los números relativos al crecimiento del producto bruto, que acaban de modificarse drásticamente por lo del pago a los tenedores de cupones, y en los correspondientes a las vicisitudes de la balanza comercial? Puede que nunca sepamos la respuesta a dichos interrogantes. Lo que sí parece evidente es que el “modelo” kirchnerista, el del crecimiento a tasas chinas, matriz diversificada, inclusión social y así por el estilo, está esfumándose ante nuestros ojos. Todos los días se difunden nuevos motivos para preguntarnos si jamás fue más que una construcción propagandística. Sería reconfortante creer que tanto Néstor Kirchner como Cristina, además de sus seguidores jóvenes de ideología populista, sinceramente creyeron haber descubierto una fórmula heterodoxa, radicalmente distinta de las favorecidas por quienes se aferraban a lo que los contestatarios califican del “pensamiento único”, que les permitiría sorprender al resto del mundo impulsando el largamente demorado milagro argentino, pero aun cuando los dos políticos se hayan dejado engañar por ilusiones que compartían con otros de mentalidad similar, los economistas profesionales que han colaborado con ellos no podrían atribuir sus aportes al desaguisado a su propia ingenuidad. Que políticos a menudo tengan ideas económicas muy raras es normal en todas partes. En cambio, no lo es que nadie en los gobiernos que encabezan quienes logran triunfar en elecciones libres se anime a advertirles de lo peligroso que sería procurar concretarlas. Cuando está en juego no sólo la imagen pasajera de un dirigente determinado sino también el bienestar de millones de personas, el silencio respetuoso equivale a traición.

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