Una reconstrucción posible y necesaria en la política regional



Graciela Iuorno*


La UCR, preponderante en el sistema provincial durante casi tres décadas, sufrió un claro agotamiento en el ejercicio del gobierno, una gradual pérdida de poder de liderazgo de su dirigencia y una necesidad de “alternancia” en la ciudadanía -fuera de tiempo del imaginario del Pacto de Olivos- y perdió las elecciones del 2011 con el Frente para la Victoria.

Desde la restauración institucional en 1983, el peso de las provincias con gobiernos radicales fue disminuyendo a partir de la pérdida de Buenos Aires con el peronismo y con ello las pretensiones hegemónicas y proyectivas, cerrándose así la etapa de la ilusión del predominio del interés público y volviendo a dominar los intereses particulares.

En este contexto, con el fracaso electoral de 1989 y la inauguración de la década de predominio menemista, “reformismo” mediante, se generó un intenso debate al interior del radicalismo que fue capitalizado por la reforma constitucional.

El radicalismo rionegrino conserva rasgos de su identidad discursiva de origen: la apelación participativa de la/os ciudadana/os y la reivindicación de la democracia como el mejor régimen posible y su discurso sigue siendo polifónico y de apelación policlasista.

Estas discusiones no hicieron foco en el modelo de concentración económica financiera ni en el desguace de las capacidades instrumentales del Estado que se estaban llevando a cabo en la Argentina de los 90.

La candidatura presidencial de Horacio Massaccesi en las elecciones generales del 14 de mayo de 1995, cuando obtuvo el 17% de los votos, colocó a la UCR en un tercer lugar por debajo del Frepaso. Mientras que en las siguientes elecciones el radicalismo siguió perdiendo territorio a nivel nacional, Río Negro continuó en el sendero de conservación del poder mediante alianzas electores y los atajuelos de la presencia de terceras fuerzas.

¿Un punto de inflexión?

El 2015 fue un año bisagra, si los hay, para la política de la Provincia y la Nación. Tuvo a nivel local la prueba de fuego en las elecciones para gobernador de la nueva fuerza provincial, JSRN, y, a nivel nacional, la conformación de la alianza Cambiemos entre el Pro, el ARI, la CC y la UCR para las elecciones presidenciales. Nuevamente se desarrollaron fuertes discusiones en la Convención radical con algún que otro puñetazo de por medio. Podríamos pensar con Julio Godio, quien escribió en 1995 “que el radicalismo como organización política es el producto de la renovación permanente de compromisos de corrientes políticas y de caudillos”. Y, agregaríamos, de las distintas alianzas internas por la búsqueda del control partidario.

No se puede aislar para el análisis lo estrictamente partidario de la historia reciente del país.

La experiencia de la UCR local también estuvo atada a la acometida de Juntos de construirse como una fuerza política nueva, tanto con referentes del peronismo que se fueron acoplando desde enero de 2012 como con los cambios más recientes: la incorporación de municipios que eran territorio radical.

Alberto Weretilneck y su partido han sido los principales beneficiarios del vacío político
que dejó la decadencia del radicalismo provincial.

Mientras, otros dirigentes se iban integrando al Pro en el 2015. Se vislumbraba así un nuevo escenario político provincial, con una importante fragmentación partidaria en los procesos electorales, tanto en el 2017 -elecciones de medio término- como en las presidenciales de 2019.

La Convención partidaria nacional ratificó los acuerdos con la necesaria inclusión de otros sectores políticos.

Una dirigente radical expresó en un medio de comunicación regional que “la columna vertebral de Cambiemos es la UCR”, generando opiniones encontradas en torno a la enunciación. Paradójicamente, desde la conducción se manifestó sobre los trabajos realizados para poner en pie los comités locales y la necesidad que las actividades continúen en el proceso de reconstrucción partidaria.

Urge una reconstrucción

Para pensar en clave de recuperación de una organización partidaria y no caer en una lectura fatalista de la historia, ni tampoco en un optimismo ingenuo desde la historia inmediata de una centenaria fuerza política, sería imprescindible una adecuada reformulación de programas de acción tomando temas de la agenda de los movimientos sociales y las ONG, teniendo muy en cuenta las diversas realidades de las diferentes “áreas comarcales” (Iuorno, 2009).

Sabemos que las acciones de capacitación y participación política de jóvenes, comenzando desde lo barrial, son fundamentales en la democratización de una organización.

No obstante, el radicalismo local conserva algunos de los rasgos de su identidad discursiva de origen: la apelación participativa de la/os ciudadana/os y la reivindicación de la democracia como el mejor régimen posible y su discurso sigue siendo polifónico y de apelación policlasista.

Al mismo tiempo, de centrarse en la identidad partidaria tendría que confrontar las potentes tendencias al caudillismo y a la hegemonía en el poder interno, que no es lo mismo que liderazgo, en definitiva, una fuerte inclusión de los afiliados del proceso de toma de decisiones desde una dimensión horizontal.

No podrá ser de otra manera sin una política que dé la vuelta de abajo para arriba a las prácticas y revitalice la dialéctica democrática. Vale decir, un partido que obligue a las instituciones a confrontar a la sociedad y con sus demandas.

*Historiadora, codirectora del Centro de Estudios Históricos de Estado, Política y Cultura (Cehepyc), Universidad Nacional de Comahue


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