Una reforma progresista

Redacción

Por Redacción

Tanto en el Brasil mismo como en otros países, la lucha del presidente Luiz Inácio Lula da Silva por reformar un sistema previsional aberrante que privilegia de forma escandalosa a los empleados públicos en desmedro de los demás ha sido tomada por más evidencia de su conversión al «liberalismo», cuando no al»neoliberalismo», lectura ésta que acaso tendría algún sentido si la alternativa de dejar las cosas como están fuera más igualitaria pero, huelga decirlo, no lo es en absoluto.  Por el contrario, el que luego de jubilarse a una edad temprana los integrantes de un sector determinado hayan podido seguir cobrando sumas muy superiores a las alcanzables por sus equivalentes de otros, aun cuando éstos encuentren un empleo, ha contribuido mucho a hacer de la sociedad brasileña una de las menos equitativas del mundo entero. Es decididamente engañoso, pues, calificar de «neoliberal» la intención de Lula de reducir privilegios que desde hace muchos años han afectado de forma muy negativa la economía de la que tantos dependen por ser cuestión de un esfuerzo que debería merecer la aprobación de todos los preocupados por la desigualdad extrema, que es el rasgo más distintivo de las sociedades latinoamericanas. Una razón por la que está resultando tan difícil combatir la desigualdad «ya estructural» así supuesta consiste en que quienes han conseguido alguna que otra ventaja a menudo obtienen no meramente darle un estatus legal e incluso constitucional, como es el caso en el Brasil, sino también presentarla como una «conquista popular». En nuestro país, estatales, sindicalistas, estudiantes universitarios, empresarios «productivos» y otros se las han ingeniado repetidamente para convencer a sus conciudadanos de que sus propios intereses coincidían perfectamente con los del conjunto, de modo que tocarlos equivaldría a atentar contra el país mismo o por lo menos contra «el pueblo». Puesto que hoy en día está de moda considerar el «neoliberalismo» fuente de todos los males, a los resueltos a defender sus prerrogativas les parece tan natural acusar a quienes las cuestionan de comulgar con la secta abominada como les era en otros tiempos aludir a la defensa de la soberanía nacional.  Los manifestantes enfurecidos que trataron de intimidar al Congreso brasileño para que los legisladores se opusieran al proyecto de reforma impulsado por el gobierno de Lula llevaban pancartas en las que lo tildaban de «traidor», enemigo de la patria, vendido a los yanquis y muchas cosas feas más, pero, felizmente para el Brasil, tales insultos no impidieron que fueran aprobados los cambios nada draconianos que han sido propuestos por el Poder Ejecutivo. Aunque muchos, sin excluir a algunos defensores de la iniciativa oficial, de manera rutinaria imputaban el paquete de reformas a las presiones del FMI y al deseo de Lula de congraciarse con «los mercados», como si fuera cuestión de una lucha entre el Brasil y el resto del mundo, la verdad es que aun cuando el FMI no existiera y el Brasil disfrutara de una situación financiera sumamente holgada, un gobierno interesado en reducir la desigualdad tendría forzosamente que promover reformas de este tipo porque en América Latina la inequidad estructural se debe menos a la conducta de los economistas y capitalistas extranjeros que al corporativismo tradicional que, al hacer de la política una serie interminable de batallas intersectoriales, posibilita que los más fuertes y mejor organizados se alejen cada vez más de la mayoría débil y desorganizada, sobre todo en etapas que son tan confusas y cambiantes como la actual. Para colmo, demasiados gobiernos «populares» contribuyen a la evolución perversa de tales sociedades al repartir, aunque sólo fuera a fin de embellecer la imagen,  privilegios entre los líderes de «sectores» organizados supuestamente representativos pero en realidad minoritarios. Por fortuna, Lula ha sabido distinguir la realidad brasileña de la versión interesada inventada por los decididos a conservar el statu quo, aunque a esta altura ya sabrá que no le será dado impedir que los golpes que aseste en favor de la igualdad sean atribuidos a su supuesta metamorfosis en paladín de los industriales y financistas ya muy ricos, el FMI y, desde luego, los inversores extranjeros.


Tanto en el Brasil mismo como en otros países, la lucha del presidente Luiz Inácio Lula da Silva por reformar un sistema previsional aberrante que privilegia de forma escandalosa a los empleados públicos en desmedro de los demás ha sido tomada por más evidencia de su conversión al "liberalismo", cuando no al"neoliberalismo", lectura ésta que acaso tendría algún sentido si la alternativa de dejar las cosas como están fuera más igualitaria pero, huelga decirlo, no lo es en absoluto.  Por el contrario, el que luego de jubilarse a una edad temprana los integrantes de un sector determinado hayan podido seguir cobrando sumas muy superiores a las alcanzables por sus equivalentes de otros, aun cuando éstos encuentren un empleo, ha contribuido mucho a hacer de la sociedad brasileña una de las menos equitativas del mundo entero. Es decididamente engañoso, pues, calificar de "neoliberal" la intención de Lula de reducir privilegios que desde hace muchos años han afectado de forma muy negativa la economía de la que tantos dependen por ser cuestión de un esfuerzo que debería merecer la aprobación de todos los preocupados por la desigualdad extrema, que es el rasgo más distintivo de las sociedades latinoamericanas. Una razón por la que está resultando tan difícil combatir la desigualdad "ya estructural" así supuesta consiste en que quienes han conseguido alguna que otra ventaja a menudo obtienen no meramente darle un estatus legal e incluso constitucional, como es el caso en el Brasil, sino también presentarla como una "conquista popular". En nuestro país, estatales, sindicalistas, estudiantes universitarios, empresarios "productivos" y otros se las han ingeniado repetidamente para convencer a sus conciudadanos de que sus propios intereses coincidían perfectamente con los del conjunto, de modo que tocarlos equivaldría a atentar contra el país mismo o por lo menos contra "el pueblo". Puesto que hoy en día está de moda considerar el "neoliberalismo" fuente de todos los males, a los resueltos a defender sus prerrogativas les parece tan natural acusar a quienes las cuestionan de comulgar con la secta abominada como les era en otros tiempos aludir a la defensa de la soberanía nacional.  Los manifestantes enfurecidos que trataron de intimidar al Congreso brasileño para que los legisladores se opusieran al proyecto de reforma impulsado por el gobierno de Lula llevaban pancartas en las que lo tildaban de "traidor", enemigo de la patria, vendido a los yanquis y muchas cosas feas más, pero, felizmente para el Brasil, tales insultos no impidieron que fueran aprobados los cambios nada draconianos que han sido propuestos por el Poder Ejecutivo. Aunque muchos, sin excluir a algunos defensores de la iniciativa oficial, de manera rutinaria imputaban el paquete de reformas a las presiones del FMI y al deseo de Lula de congraciarse con "los mercados", como si fuera cuestión de una lucha entre el Brasil y el resto del mundo, la verdad es que aun cuando el FMI no existiera y el Brasil disfrutara de una situación financiera sumamente holgada, un gobierno interesado en reducir la desigualdad tendría forzosamente que promover reformas de este tipo porque en América Latina la inequidad estructural se debe menos a la conducta de los economistas y capitalistas extranjeros que al corporativismo tradicional que, al hacer de la política una serie interminable de batallas intersectoriales, posibilita que los más fuertes y mejor organizados se alejen cada vez más de la mayoría débil y desorganizada, sobre todo en etapas que son tan confusas y cambiantes como la actual. Para colmo, demasiados gobiernos "populares" contribuyen a la evolución perversa de tales sociedades al repartir, aunque sólo fuera a fin de embellecer la imagen,  privilegios entre los líderes de "sectores" organizados supuestamente representativos pero en realidad minoritarios. Por fortuna, Lula ha sabido distinguir la realidad brasileña de la versión interesada inventada por los decididos a conservar el statu quo, aunque a esta altura ya sabrá que no le será dado impedir que los golpes que aseste en favor de la igualdad sean atribuidos a su supuesta metamorfosis en paladín de los industriales y financistas ya muy ricos, el FMI y, desde luego, los inversores extranjeros.

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