Una relación complicada
La relación del extenso y multifacético “mundo musulmán” con el Occidente, que es igualmente heterogéneo, nunca ha sido muy amistosa, pero en la segunda mitad del siglo pasado parecía que las dos civilizaciones así denominadas lograrían convivir en paz. Por desgracia tal esperanza, motivada por la independencia de países musulmanes antes dominados por Gran Bretaña y Francia y la aparente falta de fervor religioso de los nuevos gobiernos, resultaría vana. Aunque con la excepción del régimen iraní los gobiernos tanto occidentales como islámicos insisten en que con buena voluntad podrían solucionarse los problemas que todavía persisten, las afirmaciones en tal sentido parecen cada vez menos realistas. No sólo es cuestión del riesgo de que pronto estalle una guerra devastadora entre Irán e Israel, país éste que se vería respaldado, si bien a regañadientes, por Estados Unidos y algunos miembros de la Unión Europea, sino también del resurgimiento del islamismo militante en Egipto –donde el 80% de los parlamentarios recién elegidos son islamistas–, el norte de África, Nigeria, Pakistán y Afganistán. En los años últimos, cualquier episodio atribuible a la hostilidad occidental –una caricatura de Mahoma en un diario danés, una alusión papal a algo que fue dicho por un emperador bizantino– ha sido suficiente como para desatar una reacción furibunda en docenas de países musulmanes, como la que en este momento fue ocasionada por la quema, debido al descuido, de algunos ejemplares del Corán en una base militar estadounidense. Al difundirse información sobre lo ocurrido, turbas enfurecidas atacaron a soldados de la OTAN, matando a varios, y fueron asesinados dos asesores norteamericanos en el Ministerio del Interior afgano. Hasta ahora han muerto por lo menos treinta personas a raíz del incidente. Parecería que, si bien a veces los musulmanes mismos queman el libro sin que nadie lo crea inaceptable, si por algún motivo lo hace un “infiel” debería ser castigado con la pena capital. En un intento de tranquilizar a los fanáticos religiosos, el comandante de las tropas de la OTAN primero y después el mismísimo presidente Barack Obama pidieron perdón, con humildad ostentosa, por la profanación del libro, lo que, huelga decirlo, estimuló todavía más a los violentos y también al presidente Hamid Karzai y otros dirigentes afganos, además, claro está, de un sinnúmero de clérigos que reclamaban la pena de muerte para los responsables. Mientras tanto, en Estados Unidos los precandidatos presidenciales republicanos Newt Gingrich y Rick Santorum criticaron con vehemencia a Obama, diciéndole que es contraproducente e indigno asumir una postura humilde frente a personajes que dependen de la ayuda norteamericana y que, de todos modos, muchos gobernantes musulmanes, en especial los de Arabia Saudita, deberían suplicarles perdón a los occidentales por la profanación ya rutinaria de libros o símbolos cristianos, judíos e hindúes, además de la persecución sistemática de las minorías religiosas que aún quedan en sus países. Por razones comprensibles, en Estados Unidos y Europa la mayoría de los dirigentes políticos prefiere minimizar el significado de las manifestaciones del odio hacia todo lo vinculado con Occidente –y con el hinduismo– que son tan frecuentes en el mundo musulmán, pero pasarlo por alto como si se tratara de un fenómeno meramente folclórico que merece respeto está resultando ser cada vez más difícil. En Estados Unidos no sólo están aumentando las presiones a favor de una retirada más rápida de Afganistán sino también está creciendo la oposición a la ayuda militar y económica, de miles de millones de dólares todos los años, tanto a dicho país como a Pakistán y Egipto. Dadas las circunstancias, la resistencia a continuar subsidiando a presuntos aliados tan poco confiables puede entenderse, pero si Estados Unidos optara por abandonarlos a su suerte, dejándolos hundirse ya que en términos económicos son apenas viables puesto que no tienen petróleo y no producen nada de valor, se ampliaría aún más la brecha que separa a los países musulmanes más influyentes del Occidente, lo que aseguraría que la etapa siguiente de una relación que siempre se ha caracterizado por la extrema desconfianza mutua sea todavía más peligrosa que la actual.
La relación del extenso y multifacético “mundo musulmán” con el Occidente, que es igualmente heterogéneo, nunca ha sido muy amistosa, pero en la segunda mitad del siglo pasado parecía que las dos civilizaciones así denominadas lograrían convivir en paz. Por desgracia tal esperanza, motivada por la independencia de países musulmanes antes dominados por Gran Bretaña y Francia y la aparente falta de fervor religioso de los nuevos gobiernos, resultaría vana. Aunque con la excepción del régimen iraní los gobiernos tanto occidentales como islámicos insisten en que con buena voluntad podrían solucionarse los problemas que todavía persisten, las afirmaciones en tal sentido parecen cada vez menos realistas. No sólo es cuestión del riesgo de que pronto estalle una guerra devastadora entre Irán e Israel, país éste que se vería respaldado, si bien a regañadientes, por Estados Unidos y algunos miembros de la Unión Europea, sino también del resurgimiento del islamismo militante en Egipto –donde el 80% de los parlamentarios recién elegidos son islamistas–, el norte de África, Nigeria, Pakistán y Afganistán. En los años últimos, cualquier episodio atribuible a la hostilidad occidental –una caricatura de Mahoma en un diario danés, una alusión papal a algo que fue dicho por un emperador bizantino– ha sido suficiente como para desatar una reacción furibunda en docenas de países musulmanes, como la que en este momento fue ocasionada por la quema, debido al descuido, de algunos ejemplares del Corán en una base militar estadounidense. Al difundirse información sobre lo ocurrido, turbas enfurecidas atacaron a soldados de la OTAN, matando a varios, y fueron asesinados dos asesores norteamericanos en el Ministerio del Interior afgano. Hasta ahora han muerto por lo menos treinta personas a raíz del incidente. Parecería que, si bien a veces los musulmanes mismos queman el libro sin que nadie lo crea inaceptable, si por algún motivo lo hace un “infiel” debería ser castigado con la pena capital. En un intento de tranquilizar a los fanáticos religiosos, el comandante de las tropas de la OTAN primero y después el mismísimo presidente Barack Obama pidieron perdón, con humildad ostentosa, por la profanación del libro, lo que, huelga decirlo, estimuló todavía más a los violentos y también al presidente Hamid Karzai y otros dirigentes afganos, además, claro está, de un sinnúmero de clérigos que reclamaban la pena de muerte para los responsables. Mientras tanto, en Estados Unidos los precandidatos presidenciales republicanos Newt Gingrich y Rick Santorum criticaron con vehemencia a Obama, diciéndole que es contraproducente e indigno asumir una postura humilde frente a personajes que dependen de la ayuda norteamericana y que, de todos modos, muchos gobernantes musulmanes, en especial los de Arabia Saudita, deberían suplicarles perdón a los occidentales por la profanación ya rutinaria de libros o símbolos cristianos, judíos e hindúes, además de la persecución sistemática de las minorías religiosas que aún quedan en sus países. Por razones comprensibles, en Estados Unidos y Europa la mayoría de los dirigentes políticos prefiere minimizar el significado de las manifestaciones del odio hacia todo lo vinculado con Occidente –y con el hinduismo– que son tan frecuentes en el mundo musulmán, pero pasarlo por alto como si se tratara de un fenómeno meramente folclórico que merece respeto está resultando ser cada vez más difícil. En Estados Unidos no sólo están aumentando las presiones a favor de una retirada más rápida de Afganistán sino también está creciendo la oposición a la ayuda militar y económica, de miles de millones de dólares todos los años, tanto a dicho país como a Pakistán y Egipto. Dadas las circunstancias, la resistencia a continuar subsidiando a presuntos aliados tan poco confiables puede entenderse, pero si Estados Unidos optara por abandonarlos a su suerte, dejándolos hundirse ya que en términos económicos son apenas viables puesto que no tienen petróleo y no producen nada de valor, se ampliaría aún más la brecha que separa a los países musulmanes más influyentes del Occidente, lo que aseguraría que la etapa siguiente de una relación que siempre se ha caracterizado por la extrema desconfianza mutua sea todavía más peligrosa que la actual.
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