Una relación menos tirante

Por Redacción

Es normal que los triunfadores electorales reciban las felicitaciones tanto de quienes sufrieron derrotas como de sus homólogos de otros países, de suerte que los mensajes amables que acaba de enviar la Casa Blanca a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pueden considerarse meramente rutinarios. Sin embargo, el que el presidente norteamericano Barack Obama haya querido tener una reunión especial con Cristina en Cannes, donde se celebra una nueva cumbre del G-20, sí hace pensar en que el gobierno de Estados Unidos espera que la presidenta aproveche la oportunidad para mejorar la relación bilateral que, como es notorio, se ha deteriorado mucho últimamente debido en buena medida a la agresividad del canciller Héctor Timerman que, para extrañeza de quienes habían supuesto que a raíz del reemplazo de George W. Bush por Obama se iniciaría una etapa signada por el respeto mutuo, no vaciló en tratar a representantes de la superpotencia como contrabandistas, narcotraficantes y aliados de grupos terroristas. La réplica norteamericana fue indirecta; sin aludir al episodio funambulesco del avión militar que fue detenido en Ezeiza, funcionarios del Tesoro votaron en contra de otorgar créditos blandos a la Argentina en las reuniones del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, además de dar a entender que no apoyarían los esfuerzos de nuestro gobierno por llegar a un arreglo satisfactorio con el Club de París. Si bien parecería que Cristina, a diferencia de su marido fallecido, entiende que es del interés del país llevarse bien con Estados Unidos, hasta ahora su propia gestión se ha visto marcada por tantos desencuentros, malentendidos y escándalos que ni siquiera la elección de Obama, un político que disfrutaba de la viva aprobación del progresismo internacional, fue suficiente como para asegurar la reconciliación presuntamente deseada. Aunque por razones evidentes la relación con Cristina no figura entre las prioridades del mandatario norteamericano, en Washington pocos quisieran que la Argentina se acercara todavía más al eje comandado por el venezolano Hugo Chávez, cuyos integrantes raramente dejan pasar una oportunidad para fulminar en contra del imperialismo yanqui. No es que teman que la presidenta pronuncie discursos en tal sentido sino que les preocupa la evolución de la relación de nuestro país con Irán. Hasta hace poco, Cristina pareció ser una aliada confiable de Estados Unidos en su enfrentamiento con la república islámica, pero en la reunión de la ONU más reciente adoptó una postura que fue llamativamente distinta de la elegida por Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea. En la conversación telefónica que mantuvo la secretaria de Estado, Hillary Clinton, con Cristina para felicitarla por su reelección, la norteamericana la exhortó a “dejar de lado las dificultades que hemos tenido” para renovar “nuestro compromiso con una relación fuerte y exitosa”. Algunas dificultades, como las vinculadas con el default y los intentos de superarlo definitivamente, han tenido que ver con intereses concretos, pero otras, como las provocadas por el canciller Timerman o, antes, por las repercusiones del asunto protagonizado por el valijero venezolano que traía al país 800.000 dólares “para la campaña de Cristina”, pudieron atribuirse a la mala voluntad o a la convicción, a su modo comprensible en el caso de una persona acostumbrada a nuestras tradiciones en la materia, de que los fiscales del Estado de la Florida obedecían órdenes procedentes de la Casa Blanca, pero de haber sido más tranquilo el clima político imperante, hubiera sido bastante fácil impedir que incidieran negativamente en la relación bilateral. Sea como fuere, puesto que la política exterior de todos los gobiernos está estrechamente vinculada con lo que se proponen hacer en el plano interno, es de esperar que prosperen los intentos de la administración de Obama de superar los problemas diplomáticos y financieros más espinosos que han surgido en el transcurso de los años últimos, ya que, de lo contrario, podría resultarles irresistible a los kirchneristas la tentación de “profundizar el modelo” populista para que se asemejara cada vez más al “bolivariano”, que tantas desgracias ha ocasionado en Venezuela y en otros países latinoamericanos.


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