Vecinos celosos

Redacción

Por Redacción

Frente al acuerdo decididamente flexible que acaba de alcanzar nuestro gobierno con el FMI, los países vecinos se han visto ante la disyuntiva ya de sentir orgullo por haber estado en condiciones de aceptar arreglos mucho más exigentes, ya de quejarse con indignación por la voluntad del “mundo” de tratar con ternura a un deudor nada confiable que hasta ahora no manifestó interés en intentar pactar con sus muchos acreedores.  Por razones de política interna, el Brasil ha elegido protestar. Conforme a una parte de su dirigencia, es muy injusto que la Argentina haya podido limitarse a prometer un superávit fiscal primario del tres por ciento para el año que viene, después de que su propio gobierno se comprometió a arrojar uno del 4,25%. Según parece, miembros del gobierno del presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva quieren reanudar las negociaciones con el Fondo con el propósito de conseguir un acuerdo igualmente blando. Claro, dicha actitud se basa en el presupuesto de que cuanto más modestas sean las metas fiscales mejor sería para el país, aunque parece indiscutible que lo que más le convendría al Brasil -como a la Argentina- sería salir lo más rápidamente posible del brete en el que se encuentra. Como señaló el ministro de Planeamiento brasileño, Guido Mantega, que según parece no comparte el análisis del ala política de su gobierno, a la Argentina le va a llevar mucho más tiempo resolver la deuda con una meta de superávit del tres por ciento de lo que sería el caso si aspirara a algo un poco más ambicioso.

Sucede que el debate, por llamarlo de algún modo, que se ha desatado en torno de la “dureza” del FMI frente a los distintos países no es tan sencillo como tantos parecen suponer.  Aunque muchos políticos suelen dar a entender que en su opinión si no tuvieran que preocuparse por el FMI nada les impediría aumentar el gasto público a fin de construir una cantidad inmensa de obras, con las centenares de miles de fuentes de trabajo correspondientes, la mayoría sabrá que tal “plan” no funcionaría aun cuando todos los líderes del Primer Mundo lo declararan genial. Por lo tanto, el que a pesar de las dudas ampliamente difundidas de su jefe, Horst Köhler, y de otros miembros del directorio, el FMI haya acordado con la Argentina debido a las presiones políticas norteamericanas no es necesariamente una buena noticia.  Tampoco ha sido malo para el Brasil que le haya reclamado bastante más.  Por el contrario, “los mercados” ya han interpretado el tratamiento supuestamente favorable brindado a la Argentina como evidencia de su extrema debilidad política y económica, contrastándolo con la actitud más robusta del FMI ante el vecino que disfruta de un estado de salud al parecer muy superior.

En el resto del mundo, incluyendo al Brasil, el acuerdo fue unánimemente tomado por un gran triunfo político del presidente Néstor Kirchner que, por su parte, no tardó en agradecerle a su homólogo norteamericano George W. Bush por la ayuda política que le había dado. Sin embargo, lejos de beneficiarnos las felicitaciones que está recibiendo Kirchner, tanto aplauso ya ha privado de valor un acuerdo que de otro modo hubiera convencido a algunos escépticos de que por fin la Argentina comenzó a avanzar por el camino de regreso. Si bien desde el punto de vista de Kirchner y de sus colaboradores, los elogios que se manifestaron deberían celebrarse, desde aquel del país, el consenso tanto nacional como internacional de que una vez más el presidente ha resultado ser un negociador tan hábil que logró torcerle el brazo a Köhler no es bueno en absoluto. Entre otras cosas, significa que el acuerdo, por mucho brillo que haya agregado a la imagen personal del presidente, no servirá para despejar las dudas en cuanto a la capacidad de la Argentina para volver a ser un país “normal”.

Antes bien, a juicio de muchos sólo ha confirmado que sería inútil pedirle un esfuerzo equiparable con el emprendido por cualquier otro integrante de la comunidad internacional porque por razones vinculadas con sus estructuras políticas sui géneris no podrá dotarse de un gobierno con el poder suficiente, de modo que “el mundo” debería limitarse a ofrecerle lo mínimo imprescindible para que siga tranquila sin molestar a los demás.        


Frente al acuerdo decididamente flexible que acaba de alcanzar nuestro gobierno con el FMI, los países vecinos se han visto ante la disyuntiva ya de sentir orgullo por haber estado en condiciones de aceptar arreglos mucho más exigentes, ya de quejarse con indignación por la voluntad del “mundo” de tratar con ternura a un deudor nada confiable que hasta ahora no manifestó interés en intentar pactar con sus muchos acreedores.  Por razones de política interna, el Brasil ha elegido protestar. Conforme a una parte de su dirigencia, es muy injusto que la Argentina haya podido limitarse a prometer un superávit fiscal primario del tres por ciento para el año que viene, después de que su propio gobierno se comprometió a arrojar uno del 4,25%. Según parece, miembros del gobierno del presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva quieren reanudar las negociaciones con el Fondo con el propósito de conseguir un acuerdo igualmente blando. Claro, dicha actitud se basa en el presupuesto de que cuanto más modestas sean las metas fiscales mejor sería para el país, aunque parece indiscutible que lo que más le convendría al Brasil -como a la Argentina- sería salir lo más rápidamente posible del brete en el que se encuentra. Como señaló el ministro de Planeamiento brasileño, Guido Mantega, que según parece no comparte el análisis del ala política de su gobierno, a la Argentina le va a llevar mucho más tiempo resolver la deuda con una meta de superávit del tres por ciento de lo que sería el caso si aspirara a algo un poco más ambicioso.

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