Vecinos en apuros
Aunque a primera vista las diferencias entre los dos países son muchas, el Brasil parece estar cayendo por una pendiente que es muy similar a la encontrada por la Argentina apenas un año antes. Tal como ocurrió aquí, el riesgo país ostentado por el Brasil ha alcanzado el nivel insólitamente alto de 1.200 puntos que, según la lógica de «los mercados», significaría que un default es considerado más que posible. Asimismo, los inversores locales y extranjeros están mostrándose cada vez más reacios a seguir financiando al gobierno, lo cual, es innecesario decirlo, le plantea un problema enorme porque la deuda pública, cuyos vencimientos serán dejados en manos del sucesor del presidente Fernando Henrique Cardoso, ya supera la suma nada desdeñable de 300 mil millones de dólares. Mientras tanto, el real brasileño y las acciones de la Bolsa de San Pablo están perdiendo valor a un ritmo alarmante. Puesto que las crisis de esta clase siempre propenden a adquirir una vida propia, todo hace prever que las dificultades continuarán intensificándose.
La actitud de las autoridades brasileñas ante este panorama sombrío se asemeja a la asumida por sus homólogas argentinas. Los funcionarios gubernamentales hablan de malentendidos, de especulación e insisten en que «el Brasil no es la Argentina» aunque, como sucedió aquí cuando fue devaluado el real, aluden al «contagio» de una crisis que les será ajena. También hay quienes tratan de aprovechar la incertidumbre atribuyéndola a la popularidad del candidato a presidente de la centroizquierda, Luiz Inácio «Lula» da Silva, aunque en comparación con muchos dirigentes argentinos «Lula» es un dechado de moderación, realismo y sensatez que, para colmo, ha sido elogiado efusivamente por la embajadora norteamericana. Por su parte, los voceros del FMI subrayan que en su opinión el Brasil tiene «una trayectoria excelente en la conducción de su economía».
Para nosotros, el que la economía brasileña haya iniciado una etapa muy turbulenta de la que le será difícil salir, es una pésima noticia porque nos priva de una «locomotora» que en otras circunstancias podría comprar cantidades crecientes de nuestros productos. Además, la crisis brasileña contribuirá a difundir la impresión de que América del Sur es una región tan poco confiable que sería mejor no arriesgarse invirtiendo en cualquiera de sus economías. Con todo, si bien no constituye un consuelo, es posible que las dificultades que está experimentando nuestro vecino principal ayuden a los interesados en entender las causas básicas del colapso de la economía argentina que, es evidente, se ha debido a algo más que la rigidez supuesta por la convertibilidad, el «modelo neoliberal», las vacilaciones del presidente Fernando de la Rúa y la corrupción endémica. Al fin y al cabo, en el Brasil la moneda flota como corresponde a un «país normal», el «modelo» raramente se ha visto tildado de «neoliberal» y el presidente es «fuerte». En cambio, el nivel de corrupción no parece ser notablemente más reducido.
Puesto que Uruguay y Paraguay también están en crisis, habrá muchos que lo atribuirán al «contagio» de la enfermedad argentina, pero parece más probable que el motivo fundamental consista en que el «modelo mercosureño», por calificarlo de algún modo, que se caracteriza por el clientelismo populista y el corporatismo, sencillamente no está en condiciones de funcionar con eficacia en el mundo actual. De ser así, todos los países de la región tendrán que elegir entre aferrarse a sus estructuras tradicionales y emprender reformas a la vez profundas y dolorosas. La primera alternativa supondría resignarnos al atraso rencoroso y a una crisis devastadora tras otra, mientras que la segunda nos exigiría un esfuerzo muy grande no meramente político sino también intelectual por identificar las causas reales de la incapacidad económica, y por lo tanto política y social, de todos los países del Mercosur. Puesto que en la región los beneficiados por el sistema existente cuentan no sólo con mucho poder político y económico sino que también dominan el pensamiento de las elites académicas y mediáticas, la tarea así planteada sería con toda seguridad hercúlea, pero a menos que la emprendamos el futuro de todas las sociedades de la región no guardará relación alguna con las expectativas de sus integrantes.
Aunque a primera vista las diferencias entre los dos países son muchas, el Brasil parece estar cayendo por una pendiente que es muy similar a la encontrada por la Argentina apenas un año antes. Tal como ocurrió aquí, el riesgo país ostentado por el Brasil ha alcanzado el nivel insólitamente alto de 1.200 puntos que, según la lógica de "los mercados", significaría que un default es considerado más que posible. Asimismo, los inversores locales y extranjeros están mostrándose cada vez más reacios a seguir financiando al gobierno, lo cual, es innecesario decirlo, le plantea un problema enorme porque la deuda pública, cuyos vencimientos serán dejados en manos del sucesor del presidente Fernando Henrique Cardoso, ya supera la suma nada desdeñable de 300 mil millones de dólares. Mientras tanto, el real brasileño y las acciones de la Bolsa de San Pablo están perdiendo valor a un ritmo alarmante. Puesto que las crisis de esta clase siempre propenden a adquirir una vida propia, todo hace prever que las dificultades continuarán intensificándose.
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