Verdes al ataque

Sea irracional o no el miedo a los alimentos genéticamente modificados, es una realidad a tomar en cuenta.

Por Redacción

En Europa, las campañas contra «la comida Frankenstein», también conocida como los «alimentos transgénicos», están muy de moda, de suerte que sólo fue cuestión de tiempo para que llegaran a nuestro país, tal como en efecto ocurrió cuando un comando ecológico de Greenpeace copó un supermercado de la Capital Federal en protesta contra la venta de jugos y fideos genéticamente modificados. Aunque los activistas claramente desaprobaban dichos productos, no se proponen lograr que se prohíban, sino que se limitan a exigir que el consumidor pueda distinguir entre los alimentos «naturales» y los posibilitados por el trabajo de los científicos. En principio, se trata de un reclamo muy razonable porque a pocos se les ocurriría negar que los consumidores tienen pleno derecho a acceder a toda la información disponible sobre lo que pueden comer, pero sorprendería que Greenpeace y sus aliados se conformaran con un sencillo cambio de las etiquetas. Una vez alcanzado este objetivo, emularán a sus homólogos europeos que están esforzándose por convencer a sus compatriotas, y a los gobiernos, de que los alimentos transgénicos plantean una amenaza horrorífica contra la salud.

Tal actitud sería sumamente positiva si existieran razones, por leves que fueran, para sospechar que los activistas podrían estar en lo cierto, pero sucede que hasta ahora no se ha producido ninguno. Conforme a los científicos que han examinado los cultivos transgénicos, no hay forma en que granos genéticamente manipulados pudieran perjudicar a las personas, lo cual debería ser motivo de alivio para los agricultores del país por estar la Argentina a la cabeza de América Latina en esta materia, con virtualmente toda la soja cultivada aquí siendo transgénica. Por eso, de probarse las teorías alarmantes de los grupos ecologistas que están embistiendo contra la biotecnología, el país se vería frente a un nuevo desastre económico.

La fobia que sienten los europeos ante la «comida Frankenstein» se debe en parte a las consecuencias nefastas que ha tenido el «mal de las vacas locas» que se originó en Gran Bretaña y que al parecer fue causado por los alimentos -los cuales no habían sido genéticamente modificados- que los granjeros daban a los animales hasta hace algunos años, pero otro ingrediente ha sido la batalla comercial que están librando Estados Unidos, país en el cual la agricultura transgénica cumple un papel muy importante, y la Unión Europea, donde se ha desarrollado menos, salvo en las islas británicas. Desde luego, los proteccionistas europeos -los cuales, han perjudicado enormemente a la Argentina a través de los años-, no han vacilado un solo instante en aprovechar los temores generados por el uso de la genética por parte de los granjeros norteamericanos, maniobra que les resultará muy costosa a menos que pronto surjan motivos auténticos para sospechar que los productos transgénicos son tan nefastos como insisten, porque serviría para ampliar todavía más la brecha científica que se da entre los Estados Unidos y Europa.

Pues bien: sea irracional o no el miedo que sienten muchos europeos y algunos americanos toda vez que oyen hablar de la biogenética y que algunos están intentando importar, se trata de una realidad que nos convendría tomar en cuenta. Aunque a esta altura sería suicida intentar devolver la agricultura local a su estado prebiotécnico -etapa que un purista diría llegó a su fin hace miles de años al comenzar la revolución neolítica-, existen muchas zonas en las que los productos son inequívocamente «naturales» y pueden ser comercializados sobre esta base. En cuanto a los militantes verdes, existen tantos abusos genuinos que merecen su atención que sería positivo que estuvieran menos atentos a lo que están urdiendo sus correligionarios europeos para dedicarse más a la defensa tanto del medio ambiente como de los consumidores que, por cierto, corren riesgos decididamente más temibles que los planteados por una multinacional que no se ha dado el trabajo de aclarar en sus etiquetas que sus productos, como los de muchas otras empresas, algunas netamente locales, contienen componentes transgénicos.