Villoro, o el arte de narrar con cruda ironía




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“El desierto es mi paisaje sentimental”, asegura el escritor.

Jorge Boccanera

Escenarios que van de la urbe caótica al desierto, y personajes de zonas neblinosas que acarrean culpas, afectos fragmentados y sentimientos de extranjería pueblan el libro de cuentos “La Casa Pierde” del mexicano Juan Villoro, uno de los invitados extranjeros más destacados a la Feria del Libro de Buenos Aires. Este libro que acaba de editar Alfaguara, corrobora su lugar destacado entre los narradores en lengua hispana de hoy, merced a una obra en la cual figuran entre otros títulos: “La noche navegable” y “Los culpables” (cuentos), “Palmeras de la brisa rápida” y “Safari accidental” (crónicas), “Efectos personales” (ensayo) y “El disparo de argón” y “El testigo” (novela). Nacido en Ciudad de México en 1956, el escritor, lector fervoroso de Julio Cortázar, arriba a nuestro país justo cuando se celebran 50 años de la salida de la novela Rayuela que dice haber leído “como una obra de autoayuda, con deseo de ser uno de los personajes, mudarme a París, conquistar a ‘La Maga’, oír discos de jazz”. De sus lecturas y vecindades, señala: “Son muchos y cambian según el día. Borges, Felisberto Hernández, Rulfo, Carver, Calvino, Ibargüengoitia, Nabokov, Puig y Fonseca son algunos de mis favoritos. En el trato personal, recibí muchas enseñanzas de Sergio Pitol, Augusto Monterroso y Alejandro Rossi”. Los cuentos de Villoro fluctúan entre dos escenografías; una urbana y otra indeterminada de frontera: “El desierto es mi paisaje sentimental. Los lugares de México que mejor conozco son semidesérticos. Mi novela ‘El testigo’ se ubica en una de esas regiones. El desierto parece desprovisto de historias, sin embargo, como casi nunca suceden encuentros ahí, cada encuentro es un acontecimiento, una oportunidad narrativa única”. En su cuento “El planeta prohibido” el personaje parece subsumido en una urbe-babel donde se naturaliza la criminalidad, la soledad, la corrupción, la contaminación. “En ese relato me interesaba mucho la falta de comunicación entre un profesor de cierta edad y su hija. El clima invernal los rodea como una metáfora de sus soledades compartidas”. El tema de la culpa es el eje del cuento “Campeón ligero”, uno de los cuentos más destacados del libro; Villoro, quien tituló otro de sus volúmenes de relatos “Los Culpables”, explica que “muchas historias surgen del deseo de reparación o justificación”. Sobresale en su depurada prosa la marca de una cruda ironía que, junto al humor, dice, equivalen a respirar: “Surgen de modo natural. Veo la ironía como un asunto de personalidad. Suele estar presente en lo que escribo sin que me lo proponga mucho. Es una distancia benévola con la que admitimos cosas duras y difíciles; resulta más estimulante narrar si puedes comentar lo atroz o lo ridículo con el afecto, a un tiempo crítico y protector, de la ironía”. (Télam)


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