Vivir de lo nuestro

Redacción

Por Redacción

Todos los gobiernos del mundo propenden a subordinar lo externo a lo interno, pero muy pocos lo hacen con tanta decisión como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Lo mismo que su marido cuando Él estaba en la Casa Rosada, Cristina no vacila en pelearse con sus homólogos de otros países si cree que hacerlo podría proporcionarle algunos réditos políticos. Al parecer está convencida de que provocar nuevos conflictos o agravar los ya existentes la ayudarán a aprovechar los sentimientos nacionalistas de la mayoría que está acostumbrada a culpar al imperialismo económico ajeno por los problemas del país, razón por la que, con la colaboración entusiasta del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y el canciller Héctor Timerman, se las ha arreglado para enojar a una cantidad asombrosa de países extranjeros, comenzando con los vecinos Uruguay, Chile y Brasil e incluyendo últimamente a casi todos los miembros de la Organización Mundial de Comercio. Aunque todos los días voceros de los perjudicados por la ofensiva general kirchnerista contra el resto del planeta formulan quejas amargas, el gobierno contesta amenazándolos con tomar duras represalias, como acaba de hacer en el caso de México por haber firmado aquella misiva nada amistosa en que la OMC criticaba las trabas proteccionistas inventadas por Moreno para defendernos contra las invasiones de bienes foráneos. Puede que hasta ahora dicha táctica le haya brindado a Cristina resultados satisfactorios, aportando votos al 54% del total que consiguió en las elecciones de octubre pasado, pero le convendría prestar atención a las luces de advertencia que están prendiéndose. Al fin y al cabo, la Argentina dista de ser una superpotencia comercial que pueda darse el lujo de mofarse de los demás por sentirse invulnerable. Por lo demás, hoy en día la autarquía es incompatible con el nivel de vida al que aspira el grueso de los habitantes del país. La estrategia oficial se basa en la seguridad de que las protestas ajenas serán meramente verbales y que por lo tanto no incidirán en la marcha triunfal del “modelo” nacional y popular que, según los voceros del gobierno, nos garantiza un futuro a un tiempo próspero e igualitario. ¿Es así? Por desgracia, no lo es: últimamente las protestas se han visto respaldadas por medidas concretas. Asimismo, el aislamiento comercial está teniendo un impacto económico negativo que es cada vez más evidente al cerrarse locales dedicados a la venta de productos importados, suspender esporádicamente sus actividades fábricas que dependen de insumos procedentes del exterior y verse obligados los consumidores a pagar más por bienes de calidad inferior. Como es notorio, aquí casi todo cuesta más, a menudo mucho más, que en países de ingresos muy altos. No se equivocaba el dirigente ruralista Eduardo Buzzi cuando señalaba que, gracias a Moreno, hasta los lácteos son más caros que en Francia. Mal que bien, en el mundo interconectado actual, tratar de prescindir de los insumos importados no puede sino resultar contraproducente. Lejos de contribuir a crear más empleos, andando el tiempo servirá para eliminarlos. Por lo demás, como siempre fue de prever, los gobiernos de otros países han empezado a reaccionar obstaculizando la importación de productos argentinos. Ya lo han hecho el norteamericano, si bien hasta ahora las medidas en tal sentido del gobierno de Barack Obama han sido simbólicas –afectan principalmente a los exportadores de vino–, y el de la India, país con el cual tenemos un superávit comercial significante, pero que según su embajador ha decidido comprarnos menos hasta que mejore la relación bilateral. No son los únicos países que han llegado a la conclusión de que sería de su interés reaccionar frente al proteccionismo kirchnerista marginando a la Argentina del comercio internacional, como ya está de las zonas menos especulativas del mundo de las finanzas. A juzgar por lo que está sucediendo en el seno de la OMC, el gobierno de Cristina tendrá que prepararse para enfrentar un boicot concertado que, por cierto, no nos beneficiará en absoluto, aun cuando en el corto plazo le diera un pretexto para afirmarse víctima de una conspiración internacional con la esperanza de aprovechar políticamente las penurias económicas resultantes.


Todos los gobiernos del mundo propenden a subordinar lo externo a lo interno, pero muy pocos lo hacen con tanta decisión como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Lo mismo que su marido cuando Él estaba en la Casa Rosada, Cristina no vacila en pelearse con sus homólogos de otros países si cree que hacerlo podría proporcionarle algunos réditos políticos. Al parecer está convencida de que provocar nuevos conflictos o agravar los ya existentes la ayudarán a aprovechar los sentimientos nacionalistas de la mayoría que está acostumbrada a culpar al imperialismo económico ajeno por los problemas del país, razón por la que, con la colaboración entusiasta del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y el canciller Héctor Timerman, se las ha arreglado para enojar a una cantidad asombrosa de países extranjeros, comenzando con los vecinos Uruguay, Chile y Brasil e incluyendo últimamente a casi todos los miembros de la Organización Mundial de Comercio. Aunque todos los días voceros de los perjudicados por la ofensiva general kirchnerista contra el resto del planeta formulan quejas amargas, el gobierno contesta amenazándolos con tomar duras represalias, como acaba de hacer en el caso de México por haber firmado aquella misiva nada amistosa en que la OMC criticaba las trabas proteccionistas inventadas por Moreno para defendernos contra las invasiones de bienes foráneos. Puede que hasta ahora dicha táctica le haya brindado a Cristina resultados satisfactorios, aportando votos al 54% del total que consiguió en las elecciones de octubre pasado, pero le convendría prestar atención a las luces de advertencia que están prendiéndose. Al fin y al cabo, la Argentina dista de ser una superpotencia comercial que pueda darse el lujo de mofarse de los demás por sentirse invulnerable. Por lo demás, hoy en día la autarquía es incompatible con el nivel de vida al que aspira el grueso de los habitantes del país. La estrategia oficial se basa en la seguridad de que las protestas ajenas serán meramente verbales y que por lo tanto no incidirán en la marcha triunfal del “modelo” nacional y popular que, según los voceros del gobierno, nos garantiza un futuro a un tiempo próspero e igualitario. ¿Es así? Por desgracia, no lo es: últimamente las protestas se han visto respaldadas por medidas concretas. Asimismo, el aislamiento comercial está teniendo un impacto económico negativo que es cada vez más evidente al cerrarse locales dedicados a la venta de productos importados, suspender esporádicamente sus actividades fábricas que dependen de insumos procedentes del exterior y verse obligados los consumidores a pagar más por bienes de calidad inferior. Como es notorio, aquí casi todo cuesta más, a menudo mucho más, que en países de ingresos muy altos. No se equivocaba el dirigente ruralista Eduardo Buzzi cuando señalaba que, gracias a Moreno, hasta los lácteos son más caros que en Francia. Mal que bien, en el mundo interconectado actual, tratar de prescindir de los insumos importados no puede sino resultar contraproducente. Lejos de contribuir a crear más empleos, andando el tiempo servirá para eliminarlos. Por lo demás, como siempre fue de prever, los gobiernos de otros países han empezado a reaccionar obstaculizando la importación de productos argentinos. Ya lo han hecho el norteamericano, si bien hasta ahora las medidas en tal sentido del gobierno de Barack Obama han sido simbólicas –afectan principalmente a los exportadores de vino–, y el de la India, país con el cual tenemos un superávit comercial significante, pero que según su embajador ha decidido comprarnos menos hasta que mejore la relación bilateral. No son los únicos países que han llegado a la conclusión de que sería de su interés reaccionar frente al proteccionismo kirchnerista marginando a la Argentina del comercio internacional, como ya está de las zonas menos especulativas del mundo de las finanzas. A juzgar por lo que está sucediendo en el seno de la OMC, el gobierno de Cristina tendrá que prepararse para enfrentar un boicot concertado que, por cierto, no nos beneficiará en absoluto, aun cuando en el corto plazo le diera un pretexto para afirmarse víctima de una conspiración internacional con la esperanza de aprovechar políticamente las penurias económicas resultantes.

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