Y un bigotudo dijo…

Por Redacción

Historia

Carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com

Febrero de 1946. En cristalina elección, Juan Perón gana la Rosada. Cinco meses antes, preso en Martín García, le había escrito a Eva prometiéndole un destino común en la Patagonia: viento y ovejas en campos de herencia. Pero la historia suele tener piruetas. Y eso fue el quiebre que a la historia argentina le inyectó el 17 de octubre del 45. En el atardecer de ese día Perón se había encontrado con el poder. En junio del año siguiente llega a la Rosada. Y sentencia: “Pongo el espíritu de la justicia por encima del Poder Judicial. La Justicia, además de independiente, debe ser eficaz. Pero no puede ser eficaz si sus conceptos no marchan al compás del sentimiento público”. El mensaje es claro. Castrense, con economía de palabras. Ese sentimiento es el flamante peronismo. Nada por fuera de él a la hora de definir justicia. Semanas después, el peronismo clava en el Parlamento el juicio político a la Corte de Justicia de la Nación. Cinco miembros. Sólo uno no será blanco rentable de la depuración: Casares, peronista. La causa de enjuiciamiento es de neto corte político: las acordadas de la Corte de 1930 y de 1943, de “legitimación de los gobiernos de facto”. Y piruetas seguirá generando la historia de aquel tiempo: Perón mismo llegaba a presidente tras haber sido uno de los protagonistas más activos de aquel golpe militar y fascista del 43. Luego tomaría distancia. Pero había estado en el ajo. En agosto del 46, cuando el juicio a la Corte Suprema toma forma en el Parlamento, un abogado socialista, valiente, vanidoso y de apasionada oratoria, salta al ruedo. Usa bigotes engomados y tiene la sana costumbre de no devolver los libros que les prestan. También aficionado a las polleras y a batirse a duelo. Asume la defensa de uno de los miembros de la Corte, Antonio Sagarna. Su alegato es simbiosis de sólida argumentación técnica con dosis de filosofía del derecho. También emoción y épica. Denuncia las intenciones que conlleva el juicio. La obsecuencia de los parlamentarios del oficialismo. Apela a Gracín: “Toda escasez en materia de adulación al que manda es hidalguía y, al contrario, desperdicios de estima merecen castigo de desprecio”. Y remata el bigotudo: “Esto lo olvidan los cortesanos que tienen siempre a mano el incensario para adular a todos los gobiernos y que, como los legisladores de La Rioja de 1843, cambiaron el nombre de Famatina al cerro famoso para bautizarlo con el de cualquier mandón prepotente”. Y arremeterá el bigotudo: “Nuestro deber es afianzar la Justicia. Eliminar a los jueces por razones de pasión política sería absurdo e inmoral. Si eso sucediera llegaríamos a la conclusión de que la buena conducta de que habla el precepto constitucional es solamente obsecuencia. Buena conducta tratándose de un funcionario es, además del conjunto de circunstancias de carácter moral, la atención en el desempeño de su cargo, el cumplimiento de sus deberes y el mantenimiento de una activa conciencia ciudadana”. Por supuesto, ganaron los amanuenses, los cortesanos. La Corte fue peronista. Aquel bigotudo se llamó Alfredo Palacios.