En canoa, Monika y Gustavo hicieron 1.270 kms desde Bariloche a Viedma
Remaron 37 días por los ríos Limay y Negro para promover los viajes alternativos. Ahora, Monika y Gustavo dicen que harán una guía gratuita: ¿vos la consultarías para hacer un aventura igual a la de ellos?
Cómo fue el tramo Choele Choel-Viedma
Estábamos preparados para realizar el tramo hasta la ciudad de Viedma. Desde la salida de Bariloche fuimos tomando experiencia, nos sentíamos más seguros y podíamos disfrutar lo que sucedía durante el viaje. Ya maniobrábamos la canoa con rapidez y nos anticipábamos a las situaciones de riesgo. Pero no había que relajarse, la fuerza del río y las condiciones de la naturaleza te pueden jugar una mala pasada cuando menos te lo esperas. Nos quedó grabado antes de llegar a Choele, cuando a punto estuvimos de caer en las piedras del Azud sumergido del canal de riego a la altura de Luis Beltrán.
En el tramo desde Choele Choel hasta Viedma teníamos que estar atentos y seguir las recomendaciones. Muchos nos hablaban de islas y de cientos de bifurcaciones que podían hacer que derives en un arroyo con poca profundidad y no navegable. Seguir siempre el curso del río principal fue una de las recomendaciones más recibidas. Otras eran la de tener atención con los jabalíes, que están considerados plaga en la zona. Son muy territoriales y hay que mirar dónde se va a instalar la carpa para pasar la noche.
Con la información reunida, esperábamos afrontar un trayecto dónde encontraríamos pocos pobladores, muchos animales y una navegación zigzagueante en forma de laberinto. Antes de salir cargamos 16 litros de agua potable, fideos, verduras, avena y algunas galletas más para reponer nuestro stock. Calculábamos unos ocho días más hasta Viedma y era muy probable no encontrar otra oportunidad dónde recargar mercadería. La única opción podía ser Conesa, pero debíamos desviarnos en un brazo del río y no estábamos seguros de encontrarlo.
Empezamos a remar a las 17 desde Choele. El río era cada vez más ancho y la correntada más lenta. Aprovechamos casi hasta que cayó el sol y encontramos una isla muy pequeña, con apenas lugar para armar el campamento, estacionar la canoa y encontrar leña para cocinar.
Al día siguiente continuamos con la rutina de la vida en el río, despertar a las 7:30, comenzar a remar a las 9 tomar unos mates a las 11, pero esta vez los disfrutábamos arriba de la canoa para aprovechar la corriente del río y seguir avanzando, almorzar a las 14 y seguir remando desde las 17 hasta las 20.
Esta vez la lluvia nos obligó a interrumpir la navegación por un rato y salimos en busca de refugio. Pero sólo fue un momento y apenas era la segunda vez que teníamos lluvia en todo el recorrido. Incluso lo disfrutamos ya que no teníamos que sufrir el sol constante de la época.
Más adelante vimos los primeros jabalíes que nadaban de orilla a orilla. No sabíamos que nadaban y menos podíamos pensar que cruzan el río ancho y correntoso con absoluta facilidad. Eran más de 20 y con algunas crías. A partir de ese momento nos dimos cuenta de que podíamos encontrarlos en cualquier isla del río.
Ya no contábamos con señal del teléfono celular. No podíamos dar aviso de nuestra posición a Prefectura Naval y nos inquietaba un poco por el temor a que se preocupen.
A medida que avanzábamos comenzamos a ver más jabalíes, nutrias y colonias de loros barranqueros en los pequeños acantilados, pero seguíamos sin ver ñandúes. Monina los buscaba todo el día. Eran tantas sus ganas de verlos que alguna sombra de arbusto en la costa del río con forma de ñandú hacía que ella deje de remar y buscara la cámara de fotos… luego llegaba la desilusión de darse cuenta de que el arbusto no comenzaría a escapar corriendo con sus largas patas.
El paisaje era espectacular, con muchos contrastes. Algunas zonas con la costa árida, otras con mucha vegetación y humedad, pequeños acantilados que se forman en alguna curva del río dónde el agua “come” el terreno. Eso sí, muy pocos pobladores. Encontramos la toma de agua de un canal de riego, y ahí el encargado de controlar la represa nos recargó nuestras botellas de agua potable, que ya estaban a punto de vaciarse.
Seguimos acampando en lugares pintorescos. Era realmente un lujo el poder armar campamento en cualquier rincón del río Negro, ver ahí la puesta del sol y preparar la cena al fuego de la leña obtenida en el lugar. La pesca seguía siendo muy buena. Las carpas no se hacían esperar nunca más de diez minutos.
Al fin llegamos al puente en las inmediaciones de Conesa, nos desviamos por el arroyo y encontramos el pueblo. En su nuevo balneario descansamos un largo rato, bebimos una gran cantidad de mate tereré para hidratarnos y soportar el calor, y luego conocimos gente que se había acercado curiosa a observar la canoa cargada de cosas. Fue tan amable y cálida esa gente que nos dio muchas ganas de quedarnos, aunque decidimos seguir navegando un poco más, ya que era 24 de diciembre y todos se preparaban para pasar la noche de Navidad. Para nosotros fue una noche más, siendo la única novedad en nuestra cena de campamento el pollo, que habíamos comprado en el pueblo. Acampamos en la unión del arroyo con el río Negro a la salida de Conesa, un lugar digno de un cuadro, recomendación de Sergio, un amable poblador local.
La travesía continuó como cada día. A medida que avanzábamos la corriente del río era mas lenta, teniendo que ser mas constantes al momento de remar. Una mañana tranquila en dónde solo se escuchaba el ruido de los pájaros y el remo entrando al agua observo una inusual figura en la costa del río, que de repente se mueve lentamente. ñandúes! Para la gente de la zona es habitual avistarlos, para Monika fue la emoción total. Pudimos tener un buen contacto por el acercamiento silencioso sobre la canoa. Luego bajamos en la costa, Monika cámara de fotos en mano salió caminando entre vacas y toros que miraban sorprendidos. Sacó fotos, se quedó mirando cómo se alejaban y continuó su viaje feliz. Luego, para redondear un día perfecto de avistaje de animales tuvimos la suerte de encontrarnos una docena de jabalíes. Fue un momento tenso porque el río tenía en ese lugar muy poca profundidad y todos estaban en el agua, así que tuvimos que navegar entre ellos. Paramos de remar y nos dejamos llevar por la corriente. Al principio permanecieron quietos mirándonos fijamente, pero luego comenzaron a correr a nuestra par hasta un lugar con más profundidad de agua y empezaron a nadar hasta llegar a la costa.
Esa tarde terminó a la altura de Guardia Mitre, cuando un fuerte viento hizo que de repente en una recta larga del río se levantaran olas peligrosas para nuestra canoa. Los balseros nos dejaron acampar en su predio y pudimos pasar ahí la noche. Menos mal.
Ya nos quedaba poco para llegar, vimos más ñandúes y en el agua comenzaban a saltar “lisas”, que nos indicaba que estábamos acercando al mar. Ya en el último día de campamento antes de llegar a destino, mientras preparábamos la avena para el desayuno, apareció el dueño del campo, escopeta, facón y walkie talkie en mano pensando que éramos ladrones de ovejas, pero al ver nuestro equipaje y al escuchar el acento extranjero de Monika rápidamente se percató de que éramos viajeros. Nos comentó que en los últimos días le habían robado tres corderos unas personas que aparentemente se acercaban a la zona de las islas en un gomón y que por eso estaba muy atento. Al final nos terminó contando lo lindo que es la vida en la Patagonia, que no lo cambiaría por nada y que en esa zona siente tenerlo todo.
El día 28 era probablemente el último día de la travesía. Aún nos quedaban unos 50 km y las ganas de llegar hizo que parecieran 100 km. Poca correntada, viento en contra, calor. Remamos realmente duro para intentar llegar antes de que anochezca. Vimos un lobo marino nadando que nos hizo sentir aún mas cerca, pero no fue hasta las 20:30 que pudimos llegar a la curva esperada, dónde se visualiza el puente nuevo que une Carmen de Patagones con Viedma. Llegamos!… Pero no se había acabado la aventura. No había camping en la zona y no teníamos lugar para dormir. La gente del club náutico Luis Piedra Buena y sobre todo Marcelo, un tipo que se le caía la amabilidad de los bolsillos se movilizaron para ayudarnos a buscar, hasta que nos indicaron un lugar para armar la carpa.
Al día siguiente varias personas sabían que estábamos ahí, y algunos se involucraron en ayudarnos.
Prefectura Naval nos recibió y felicitó por haber finalizado la aventura. Miguel y Alexandra nos invitaron a su casa a cenar un riquísimo salmón y corvina a la parrilla y a dormir. El destino hizo que la canoa terminara su recorrido en la náutica de Javier Correa. Nuestra canoa, una campeona, en manos de un genio del remo nacional, que nos ofreció un espacio para guardarla y ayudarnos a venderla.
Para redondear, a último momento pudimos encontrar ómnibus para ir a pasar las fiestas con la familia. ¡Nada pudo haber salido mejor!
De esta experiencia ahora queremos hacer una guía gratuita impresa para que esté a mano de todos, indicando recomendaciones, zonas de peligro, trámites y lugares que no hay que perderse de visitar. Seguramente contaremos con el auspicio de empresas y comercios que desarrollan actividades en la zona. Queremos alentar a todos a realizar toda o una parte de la travesía. Al principio pondremos la información en www.guiadelmochilero.com pero también los invitamos a seguirnos en facebook.com/slowbackpackers.
El viaje fue una experiencia inolvidable para el resto de nuestras vidas.
Gustavo Iñigo
slowbackpackers@gmail.com