36 horas perdidas

Moyano y sus amigos están festejando el éxito de su paro. Pero de anotarse más victorias de esta clase, el país se hundirá.

Por Redacción

La economía argentina ya estaba parada antes de que los sindicalistas peronistas decidieran organizar una huelga general de un día y medio. Si bien su combatividad reciente se debe más que nada a su deseo de seguir manejando las obras sociales, o sea, su «caja negra», se atribuyeron el propósito de obligar al presidente Fernando de la Rúa a cambiar por completo el «modelo» capitalista vigente. Tal aspiración tendría cierto sentido si los sindicalistas tuvieran en mente una alternativa viable, pero ocurre que sus propuestas son suicidas: según el más agresivo, el camionero Hugo Moyano, lo que debería hacer el gobierno es aumentar el gasto público pero reducir los impuestos, poner fin a la apertura comercial, romper con el FMI y, claro está, rehusar pagar la deuda externa. Como quiera que ningún partido significante tiene la más mínima intención de comprometerse con un recetario tan estúpido, aun cuando los sindicalistas creyeran con sinceridad en la existencia de un «modelo» mejor y en la posibilidad de concretarlo, estarían tratando de aprovechar su capacidad para intimidar a las autoridades constitucionalmente legítimas del país, emulando así a las bandas terroristas y militares golpistas del pasado no muy lejano que a través de sus acciones también se mostraban convencidas de que su voluntad de hacer uso de su poder destructivo les daba el derecho a pasar por encima de las instituciones democráticas. Todos los paros generales, a diferencia de los sectoriales, son políticos por antonomasia, razón por la cual los comunistas siempre los consideraron el arma revolucionaria más poderosa de todas.

Con optimismo, algunos operadores aliancistas han hecho saber que en su opinión el paro de 36 horas sirvió de válvula de escape, brindando a los desesperados una oportunidad para desahogarse. De ser así, habría sido el único beneficio concebible que podrían haber arrojado los sucesos de la semana agitada que acaba de terminar. Por cierto, lo demás ha sido pura pérdida. Muchos inversores en potencia, algunos extranjeros pero otros argentinos, habrán decidido no arriesgarse luego de haber visto por televisión escenas protagonizadas por turbas enfurecidas o de haber leído en los diarios las declaraciones demagógicas formuladas por los responsables del paro. Para colmo, nunca hubo posibilidad alguna de que a raíz del cese de la paralización del país el gobierno aliancista intentara una estrategia más igualitaria que la supuesta por el «rumbo» actual: por el contrario, tendrá que esforzarse aún más por congraciarse con los mercados financieros. Asimismo, puesto que incluso una dosis modesta de distribucionismo precisaría de un Estado nacional mucho más eficaz que el existente, antes de emprenderla cualquier gobierno tendría que debilitar a los sindicalistas tradicionales que, huelga decirlo, están resueltos a frustrar toda medida destinada a producir las reformas necesarias.

Que el país está mal es innegable. También lo es que a partir de fines de los años ochenta más de la mitad de la población ha visto caer su nivel de vida y que millones están experimentando penurias similares a las habituales en zonas atrasadas de Africa, Asia y Rusia. Salir del pozo así supuesto no será nada fácil. A menos que la Argentina se haya resignado a convertirse en otro Estado fracasado, una suerte de Somalia sudamericana, tarde o temprano tendrá que contar con un gobierno que posea el vigor y la lucidez imprescindibles para atacar frontalmente las causas de la decadencia: una administración pública criminalmente ineficaz, una clase política corrupta e inepta que es plenamente merecedora del calificativo escatológico que le dedicó uno de sus integrantes, Eduardo Duhalde; un sistema educativo precario, evasores impositivos que deberían estar entre rejas, empresarios acostumbrados a nutrirse directa o indirectamente de los aportes de los contribuyentes y así, largamente, por el estilo. ¿Lo entienden Moyano y sus amigos? Claro que no. Lejos de estar en condiciones de ofrecer soluciones, conforman una parte muy importante del problema. En la actualidad, están festejando el éxito de su paro, pero sucede que de anotarse muchos más éxitos de esta clase el país se hundirá.