Los usos de una emergencia climática

James Neilson

A los autoritarios les encantan las emergencias. Una vez declaradas, pueden tomar virtualmente cualquier medida bajo el pretexto de que la situación lo exige. Es lo que ha sucedido en China donde la dictadura ha puesto en cuarentena a una veintena de ciudades, con más de 50 millones de personas adentro, en un esfuerzo por contener la difusión de un virus que, a juzgar por los datos que se han hecho públicos, es menos peligroso que muchos otros con los cuales el mundo se ha acostumbrado a convivir.


Aunque ha sido excepcional la reacción draconiana del régimen chino frente a una amenaza que no parece ser muy grave, el ejemplo así brindado podría hacer escuela en una época en que abundan quienes se afirman convencidos de que el planeta corre el riesgo de incinerarse a menos que los gobiernos hagan cuanto resulte necesario para frenar el cambio climático.


Dicen que si no dejamos de quemar carbón y petróleo, de comer carne procedente de bovinos flatulentos, talar árboles y hacer muchas otras cosas igualmente nocivas, las temperaturas seguirán trepando, lo que tendría consecuencias catastróficas para centenares de millones de personas. En la reunión que se celebró hace poco en Davos, en que la jovencita Greta Thunberg fue la estrella, los multimillonarios y políticos coincidieron, con satisfacción evidente, en que ha llegado la hora de actuar porque la emergencia es bien real.


Puede que lo sea, pero quienes están reclamando medidas urgentes hablan como si creyeran que ellos mismos no sufrirían inconvenientes, que los cambios propuestos no tendrían que afectar a profesores universitarios, dueños de empresas de alta tecnología fabulosamente lucrativas, intelectuales progres y otros de mentalidad parecida, sino solo a los involucrados en industrias contaminantes, comenzando con las extractivas. No les preocupa la posibilidad de que, en los países democráticos, los condenados a pagar el precio de la gran transformación que les parece imprescindible se nieguen a resignarse mansamente al destino que les han reservado.


Con optimismo desbordante, insisten en que sería fácil reemplazar la economía que depende de combustibles fósiles por otra más limpia y, es de suponer, climáticamente neutral, basada en fuentes renovables como el viento, el sol y las mareas.


Otra alternativa, acaso la única práctica, consistiría en la energía nuclear, pero por diversos motivos no les gusta. Sea como fuere, aunque es factible que, andando el tiempo, resulte realista el sueño de un mundo liberado del carbón, no lo es que la transición añorada se produzca con la rapidez que, conforme a los más angustiados, sería precisa para impedir lo peor.


Aunque los militantes anticarbónicos suelen suponerse progresistas, lo que están pidiendo es la madre de todos los ajustes, uno que tendría un impacto devastador en los sectores de menos recursos. Además de querer obligar a la gente a soportar tarifazos energéticos hasta que se haya reducido el costo de los sustitutos innocuos que les parecen recomendables, les gustaría ver reemplazados por eléctricos los autos que consumen nafta y clausuradas industrias enteras. No pueden sino estar a favor de más desindustrialización a pesar de que el fenómeno ya haya provocado estragos en muchas comunidades.


Aunque los militantes anticarbónicos suelen suponerse progresistas, lo que están pidiendo es la madre de todos los ajustes, uno que tendría un impacto devastador en los sectores de menos recursos.



Es por tal razón que el entusiasmo verde de los asistentes al foro de Davos y otros miembros de la elite internacional motiva sospechas entre quienes la toman por una maniobra ensayada por los asustados por el alzamiento populista contra el orden establecido. En opinión de tales escépticos, se trata de una forma de atribuir el malestar mayoritario a la incapacidad de entender que el mundo se enfrenta a una emergencia climática y que por lo tanto es deber de todos conformarse con mucho menos.


Estará de acuerdo el presidente francés Emmanuel Macron; su intento de aplicar, en octubre de 2018, un impuesto verde al diesel y la gasolina enfureció hasta tal punto a los habitantes de las zonas rurales de su país que, vestidos de chalecos amarillos, protagonizarían una rebelión violenta que aún no se ha apagado por completo. Si bien en otros países la reacción ciudadana ante iniciativas similares ha sido menos combativa, muchos gobiernos, aleccionados por lo ocurrido en Francia, son conscientes de que escasean los dispuestos a luchar contra el cambio climático si hacerlo significa sacrificar sus intereses personales.


Tal vez lo harían si “las elites” modificaran radicalmente su estilo de vida al, entre otras cosas, abstenerse de dejar “huellas de carbón” por todas partes al viajar en aviones privados a reuniones en lugares turísticos, pero hasta que ello suceda se resistirán a tomar en serio las advertencias apocalípticas de quienes les dicen que el final del mundo está cerca.


James Neilson

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora