Gigante herido
El que Microsoft, la empresa riquísima que domina por completo el mercado del software, haya intentado consolidar «un poder monopólico por medios anticompetitivos», para citar al juez federal estadounidense Thomas Penfield Jackson que hace poco falló en su contra, es una realidad bien conocida por las decenas de millones de usuarios de computadoras que se han visto virtualmente obligados a comprar sus productos para poder hacer funcionar sus aparatos. Lo que no es tan claro, en cambio, es que la agresividad de la cual ha hecho gala Microsoft en el curso de su trayectoria aún breve haya perjudicado tanto a los consumidores como afirma el Departamento de Justicia estadounidense. Si bien el sistema operativo desarrollado por la empresa tiene sus deficiencias y puede considerarse netamente inferior a otros desarrollados por rivales menos poderosos, por lo menos ha impedido que el ámbito de por sí novedoso de la informática y de la Internet degenerara en un caos plagado de centenares de sistemas incompatibles, reproduciendo de este modo en escala aún mayor las batallas costosísimas que se celebraron entre diversos fabricantes de videocaseteras antes del triunfo de lo que en adelante sería el sistema casi universal. Para las compañías innovadoras que tuvieron que plegarse a las normas fijadas por Microsoft, la hegemonía de Bill Gates ha sido negativa -¿qué duda cabe?- pero dadas las circunstancias, para los usuarios el dominio de una empresa determinada que ha sabido imponer sus propias reglas ha supuesto muchas ventajas.
Según el gobierno estadounidense, el fallo contra Microsoft, además de beneficiar a los consumidores, estimulará la «competencia y la innovación» en la industria que a su modo encarna la alta tecnología. Puede que a la larga tenga razón, pero la reacción inmediata del «mercado» pareció reflejar una pérdida repentina de confianza en casi todas las empresas relacionadas con la Internet, razón por la cual el índice Nasdaq, el que en las semanas anteriores al fallo había subido de forma vertiginosa, se desplomó en seguida, lo mismo que las acciones de la propia Microsoft, cuyo valor al terminar el día fue de 79.000 millones de dólares menos -más de la cuarta parte de nuestro producto bruto anual- de lo que había sido horas antes. En vista de las sumas involucradas, tales pérdidas deberían desatar un período de turbulencia bursátil decididamente más violento que los desencadenados por la devaluación de las monedas de países económicamente débiles como Tailandia, Rusia y Brasil, pero por ahora pocos creen estar en vísperas de un estallido financiero de consecuencias es de suponer devastadores.
De todos modos, tanto las cifras astronómicas que están en juego como la cantidad de empresas nuevas que luego de pocos años valen a juicio de los inversores más que la mayoría de las economías nacionales hacen pensar que no se trata de una mera burbuja especulativa sino del inicio naturalmente anárquico de un cambio económico y social de gran magnitud en el cual el papel de Gates, el fundador y jefe de Microsoft, es en cierta medida comparable con el de los «barones ladrones» de fines del siglo XIX. No es que el experto en software haya empleado matones para intimidar a sus rivales, es que ha aprovechado plenamente su posición dominante para obligarlos a servir a sus designios. De no haber sido Gates un estadounidense, siempre y cuando sus eventuales violaciones a la ley hubieran sido relativamente menores, hubiera podido contar con el apoyo de las autoridades nacionales, pero sucede que en los Estados Unidos la fe de la dirigencia política en las cualidades tonificantes de la competencia es aún más intensa que la voluntad de asegurar que las empresas más importantes amplíen su dominio en el resto del mundo. Así, pues, no se les ocurriría darles la clase de privilegios que suelen reclamar sus equivalentes argentinos sino que, por el contrario, se manifiestan resueltas a ponerlas en su lugar, obligándolas a competir aunque los costos en el corto plazo de tal actitud sean tan colosales que podrían provocar un colapso bursátil.
El que Microsoft, la empresa riquísima que domina por completo el mercado del software, haya intentado consolidar "un poder monopólico por medios anticompetitivos", para citar al juez federal estadounidense Thomas Penfield Jackson que hace poco falló en su contra, es una realidad bien conocida por las decenas de millones de usuarios de computadoras que se han visto virtualmente obligados a comprar sus productos para poder hacer funcionar sus aparatos. Lo que no es tan claro, en cambio, es que la agresividad de la cual ha hecho gala Microsoft en el curso de su trayectoria aún breve haya perjudicado tanto a los consumidores como afirma el Departamento de Justicia estadounidense. Si bien el sistema operativo desarrollado por la empresa tiene sus deficiencias y puede considerarse netamente inferior a otros desarrollados por rivales menos poderosos, por lo menos ha impedido que el ámbito de por sí novedoso de la informática y de la Internet degenerara en un caos plagado de centenares de sistemas incompatibles, reproduciendo de este modo en escala aún mayor las batallas costosísimas que se celebraron entre diversos fabricantes de videocaseteras antes del triunfo de lo que en adelante sería el sistema casi universal. Para las compañías innovadoras que tuvieron que plegarse a las normas fijadas por Microsoft, la hegemonía de Bill Gates ha sido negativa -¿qué duda cabe?- pero dadas las circunstancias, para los usuarios el dominio de una empresa determinada que ha sabido imponer sus propias reglas ha supuesto muchas ventajas.
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