¿Es un «duro»?

Redacción

Por Redacción

El flamante ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, el comisario Ramón Orestes Verón, tiene fama de ser un auténtico «duro», razón por la cual el gobernador Carlos Ruckauf lo eligió para suceder a otro personaje de reputación similar, el ex carapintada Aldo Rico, con la esperanza de reducir así los «costos políticos» que le supuso el espectáculo vergonzoso que acababa de brindar el despistado «héroe de las Malvinas». Es de esperar que en esta ocasión el gobernador haya acertado y que Verón resulte ser un duro de verdad y no meramente un violento locuaz que, como tantos otros de la misma especie, esté acostumbrado a ocultar su debilidad tras una fachada signada por la prepotencia insolente. Aunque a políticos como Ruckauf les cueste comprenderlo, dureza no es necesariamente sinónimo de truculencia y no es posible medirla según la cantidad de muertos en enfrentamientos en el haber de una persona determinada: según parece, Verón ha establecido una suerte de récord en este ámbito y es por eso que es considerado un hombre fuerte. Sin embargo, en el caso de Verón «dureza» debería significar la capacidad no sólo para mofarse de las amenazas físicas, sino también para resistirse a las muchas tentaciones que todo ministro de Seguridad bonaerense tiene que enfrentar. Se trata de cualidades que el encargado de velar por la seguridad de los habitantes de la provincia más poblada del país necesitará poseer en abundancia.

Es evidente que Ruckauf cree que una guerra exitosa contra la delincuencia en el distrito que gobierna le permitirá alcanzar la presidencia de la República en el 2003, pero a juzgar por lo que ha hecho hasta ahora, aún no se ha dado cuenta de los graves problemas que tendrá que superar. Si sólo fuera cuestión de privilegiar a la Policía, colmándola de nuevas facultades y estimulándola a «meterles bala» a los sospechosos, el cometido así supuesto no le resultaría demasiado difícil: en nuestro país, son muchos los que preferirían un orden autoritario a su juicio seguro al statu quo y que estarían más que dispuestos a cohonestar el «gatillo fácil» con tal de que todas las víctimas sean malhechores. Pero, desgraciadamente para Ruckauf y para los bonaerenses, el asunto dista de ser tan sencillo porque la Policía Bonaerense no es de fiar. Una proporción significante de los delitos perpetrados en la provincia ha sido obra de bandas policiales que, actuando solas o colaborando con criminales comunes, han robado bancos, se han apoderado de camiones y controlado redes de prostitución, de drogas y de juegos ilegales. Además, policías de la provincia se han visto involucrados en virtualmente todos los crímenes más notorios de los años últimos, entre ellos el atentado contra la sede de la AMIA y el asesinato del periodista José Luis Cabezas.

Para que Verón tenga éxito en su cometido tendrá que ser «duro» no sólo con los delincuentes -lo cual, obvio es decirlo, no requiere ninguna fuerza de carácter especial-, sino también con los corruptos de su propia institución. La reforma de la Policía intentada por el entonces gobernador Eduardo Duhalde no se inspiró en principios progresistas sino en la conciencia de que la «maldita policía» bonaerense no estaba en condiciones de combatir el delito. De todos modos, mientras que cualquier farsante podría granjearse la reputación de ser un luchador justiciero implacable ordenando a sus hombres disparar enseguida contra todo asaltante en potencia, tal estrategia, por llamarlo así, no presupone la fortaleza de carácter sino el desprecio por la vida ajena. En cambio, no vacilar en ordenar la detención inmediata de subordinados que violen la ley y de impulsar investigaciones destinadas a desenmascarar a ex compañeros sospechosos de corrupción sí requerirá mucho coraje moral. Mal que le pese a Ruckauf, si en los próximos meses los agentes bonaerenses se las arreglan para sembrar de cadáveres las calles de la provincia o de llenar las comisarías de sospechosos torturados, esto no querrá decir que Verón sea un «duro» sino, por el contrario, que sea ya un inconsciente, ya un débil que ni siquiera sea capaz de disciplinar a los uniformados.


El flamante ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, el comisario Ramón Orestes Verón, tiene fama de ser un auténtico "duro", razón por la cual el gobernador Carlos Ruckauf lo eligió para suceder a otro personaje de reputación similar, el ex carapintada Aldo Rico, con la esperanza de reducir así los "costos políticos" que le supuso el espectáculo vergonzoso que acababa de brindar el despistado "héroe de las Malvinas". Es de esperar que en esta ocasión el gobernador haya acertado y que Verón resulte ser un duro de verdad y no meramente un violento locuaz que, como tantos otros de la misma especie, esté acostumbrado a ocultar su debilidad tras una fachada signada por la prepotencia insolente. Aunque a políticos como Ruckauf les cueste comprenderlo, dureza no es necesariamente sinónimo de truculencia y no es posible medirla según la cantidad de muertos en enfrentamientos en el haber de una persona determinada: según parece, Verón ha establecido una suerte de récord en este ámbito y es por eso que es considerado un hombre fuerte. Sin embargo, en el caso de Verón "dureza" debería significar la capacidad no sólo para mofarse de las amenazas físicas, sino también para resistirse a las muchas tentaciones que todo ministro de Seguridad bonaerense tiene que enfrentar. Se trata de cualidades que el encargado de velar por la seguridad de los habitantes de la provincia más poblada del país necesitará poseer en abundancia.

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