Rotas cadenas

Zapala

Sordos ruidos oír se escuchan reclamando por la Libertad, así con mayúscula. Es muy curioso porque aun los que rechazan esos clamores admiten que las restricciones significan alguna disminución a la “libertad”. Es una idea que solamente puede tener algún anarco-capitalista como Milei, o algún otro negador de la realidad evidente.


La confusión no es menor. Restringir la libertad es impedir que se haga algo lícito. Lo lícito, en cualquier lugar del mundo, es aquello que no causa perjuicio. Así de simple. El detalle déjeselo a los jueces o a los abogados de la matrícula: eso estudiaron y de eso viven.


Y dicho esto, solamente dos cosas más. Prohibir lo ilícito, no es limitar la libertad. Arriesgar la salud de los demás y aún la propia, no es lícito: causa daño porque hasta el que se enferma a sí mismo, también causa perjuicio a los demás. Ocupará servicios de salud públicos o privados, pero que no pueden despilfarrarse en estas condiciones.


Pero además, regular no es prohibir. Eso es lo que ocurre con reglamentar –además transitoriamente– horarios, recorridos, determinadas actividades. La diferencia es también simple y evidente. De lo contrario, hasta las normas de tránsito afectarían la libertad. En efecto, está prohibido circular a contramano o a exceso de velocidad o estacionar donde a cualquiera se le dé la gana.


Si lo quiere en términos jurídicos, se trata de restricciones al dominio o de servidumbres, en el antiguo lenguaje del derecho romano. Pero sin recurrir a sabinianos y proculeyanos, la realidad nos dice que para convivir hay que respetar ciertas reglas.


Y para vivir también, sobre todo en tiempos de pandemia.


Julián A. Álvarez
DNI 7.574.027


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