La corrupción triunfante

Redacción

Por Redacción

Abril está resultando ser un mes espléndido para los corruptos, los cuales se cuentan por millares y pueden ser encontrados en virtualmente todos los partidos políticos y reparticiones públicas del país, debido al resquebrajamiento de la «imagen» de la ministra de Desarrollo Social, Graciela Fernández Meijide. No bien sobrevivió a duras penas al «affaire» protagonizado por su cuñado, Angel Tonietto, la frepasista tuvo que defenderse contra la acusación de haber favorecido a su ex profesor de tenis, Eduardo Wetzel, colocándolo como asesor en la Secretaría de Deportes. Por tratarse de un profesional competente en un puesto que es relativamente humilde, esta segunda denuncia no tuvo un impacto tan significante como la primera, pero aun así no cabe duda de que Fernández Meijide, una política considerada honesta, ha quedado malherida por ambos episodios y que por lo tanto no le será nada fácil enfrentar a los auténticamente corruptos que pululan en todos los ámbitos relacionados con el gasto social.

Otros dirigentes, entre ellos el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, han atribuido las dificultades de Fernández Mejide a su propia impericia política, dando a entender que ellos no hubieran cometido los mismos errores, pero la responsabilidad por no haber previsto que las relaciones personales de la ministra con un interventor en el PAMI e incluso con un tenista está compartida por los demás líderes de la Alianza, los cuales, sobre la base de su experiencia, deberían haberle advertido sobre la necesidad de evitar toda sospecha de nepotismo. Sin embargo, por deferencia hacia el presidente Fernando de la Rúa, se abstuvieron de hacerlo, reduciendo así la posibilidad de que por fin un gobierno nacional atinara a tomar medidas capaces de hacer mella en la cultura de la corrupción imperante.

Los corruptos, lo mismo que los violadores de los derechos humanos, son duchos en el arte de comprometer a sus adversarios. No tienen que comprarlos. Les es suficiente privarlos de autoridad moral mostrando que ellos también son culpables de los mismos pecados que condenan. Aunque sería absurdo comparar los achacados a Fernández Meijide con los robos fabulosos perpetrados por otros, cuando es cuestión de la corrupción ni los medios de difusión ni la opinión pública tienen la costumbre de discriminar: en términos mediáticos, por decirlo así, el presunto tráfico de influencias por parte del cuñado de la ministra es tan malo como el caso IBM, la aeropista de Anillaco y el regalo por parte de algunos empresarios italianos de una Ferrari que aceptó gozosamente el entonces presidente Carlos Menem. En efecto, el intento de algunos de bautizar a Tonietto «el Yoma de la Alianza» -como si fuera legítimo equiparar la recategorización de un hogar de ancianos con los muchos negocios vinculados con diversos integrantes de la familia política del ex presidente- basta de por sí como para evidenciar los perjuicios que podría ocasionar un lapso a primera vista sin demasiada importancia.

Puede comprenderse la saña destructiva de la cual tantos han hecho gala, ya atacando a la ministra por nepotismo -vicio que pocos se han animado a atribuir al presidente De la Rúa-, ya regodeándose con su humillación, pero las implicancias de la actitud así exteriorizada son preocupantes. Una sociedad dominada por el cinismo, por justificado que éste sea, una en que los más están íntimamente convencidos de que en el fondo todos los políticos son iguales, nunca podrá reaccionar contra los males que la están debilitando. Tal como están las cosas, la lucha contra la corrupción no podrá iniciarse en serio hasta que surja un gobierno conformado exclusivamente por puritanos intachables resueltos a mantener a raya a todos sus parientes, conocidos y, obvio es decirlo, políticos de trayectoria cuestionable, eliminando de este modo el riesgo de que un integrante se vea convertido en blanco de denuncias hirientes. Por desgracia, la posibilidad de que esto suceda es mínima, de modo que la tarea de acorralar a los muy corruptos tendrá que ser desempeñada por los relativamente menos corruptos, realidad que por razones evidentes no es del todo prometedora.


Abril está resultando ser un mes espléndido para los corruptos, los cuales se cuentan por millares y pueden ser encontrados en virtualmente todos los partidos políticos y reparticiones públicas del país, debido al resquebrajamiento de la "imagen" de la ministra de Desarrollo Social, Graciela Fernández Meijide. No bien sobrevivió a duras penas al "affaire" protagonizado por su cuñado, Angel Tonietto, la frepasista tuvo que defenderse contra la acusación de haber favorecido a su ex profesor de tenis, Eduardo Wetzel, colocándolo como asesor en la Secretaría de Deportes. Por tratarse de un profesional competente en un puesto que es relativamente humilde, esta segunda denuncia no tuvo un impacto tan significante como la primera, pero aun así no cabe duda de que Fernández Meijide, una política considerada honesta, ha quedado malherida por ambos episodios y que por lo tanto no le será nada fácil enfrentar a los auténticamente corruptos que pululan en todos los ámbitos relacionados con el gasto social.

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