Sin máscara

Redacción

Por Redacción

Era de prever que la furia retórica en pro de la mano dura policial del gobernador bonaerense Carlos Ruckauf no resultara suficiente como para amedrentar a los delincuentes que operan en su provincia, los cuales han estado tan activos últimamente que incluso el reemplazante de Aldo Rico como ministro de Seguridad, el comisario Ramón Oreste Verón, se ha visto constreñido a manifestar su desconcierto. También lo era que frente a la falta de resultados inmediatos Ruckauf intentara culpar a la Alianza por la frustración que siente, atribuyéndole la presunta debilidad de las leyes heredadas de los tiempos del gobernador Eduardo Duhalde. Con todo, sorprendió que, basándose en que un cuidacoches de la playa de estacionamiento de la Cámara de Diputados provincial detenido por transportar 82 kilos de cocaína, Luis Oroza Aramayo, quien fue nombrado por aliancistas, el gobernador los haya acusado a éstos de ser los presuntos capos del «narcopoder en la Argentina». Como Ruckauf debería saber muy bien, de aplicarse sistemáticamente los severos principios así supuestos, uno tendría que llegar a la conclusión de que todos los partidos políticos del país son bandas criminales porque serían directamente responsables por todos los delitos de quienes dicen ser militantes, pero, felizmente para el PJ, pocos estarían preparados para ir a tal extremo, motivo por el cual la Alianza no pensó en aprovechar el hecho de que los asesinos del periodista José Luis Cabezas estaban estrechamente vinculados con el peronismo.

Según Ruckauf, el «narcopoder» -o sea, en su léxico particular, la Alianza- está detrás de la resistencia de los legisladores bonaerenses a facilitarle las leyes que, asegura, le permitirían «tratar a los delincuentes con toda la dureza y la violencia necesarias», dando a entender así que sólo a un criminal se le ocurriría oponerse a sus planteos. Claro, de ser igualmente inescrupulosos, los aliancistas podrían contestarle afirmando que la razón por la cual quiere colmar a la Policía local de poderes y llenar cárceles ya superpobladas consiste en su deseo de garantizarles a la «maldita policía» y a los hombres del Servicio Penitenciario el monopolio de la delincuencia, pero por fortuna ni el Frepaso ni la UCR se han mostrado dispuestos a imitar al gobernador proponiendo tesis tan delirantes, lo cual es una suerte porque si todos los dirigentes bonaerenses se pusieran a hablar como el gobernador la provincia, pronto se transformaría en un aquelarre.

Huelga decir que la propensión de Ruckauf a atribuir a sus adversarios propósitos criminales es otro síntoma de la mentalidad totalitaria de quien fuera ex vicepresidente de la Nación. Mientras que para los demócratas es natural acusar a sus oponentes de cometer errores gravísimos sin por eso echar dudas sobre su buena fe, los totalitarios se caracterizan por su incapacidad para reconocer que el disenso no necesariamente equivale a subversión o peor. A Ruckauf le resulta casi imposible comprender este principio sencillo, de ahí sus embestidas histéricas, atiborradas de acusaciones inverosímiles e insinuaciones denigrantes, contra la oposición provincial. Quiere hacer creer al electorado que si no fuera por el amor de los aliancistas por los delincuentes su provincia, ya sería una isla de convivencia pacífica en un mundo entregado a la violencia, pero a juzgar por la evolución de las encuestas de opinión, los bonaerenses -quienes tienen motivos de sobra para no confiar en la policía- ya no sienten tanto entusiasmo por las «soluciones» simplistas que les está ofreciendo el gobernador. Asimismo, aunque para un político tener fama de ser un «duro» reacio a respetar los derechos legales de los sospechosos no necesariamente constituye una desventaja hoy en día, cuando el así calificado cae con frecuencia excesiva en el ridículo, como en efecto ha hecho Ruckauf gracias primero a la conducta entre truculenta y bufonesca de Rico y ahora al acusar a los aliancistas de ser cómplices del narcotráfico, tanto los ciudadanos como los delincuentes no tardarán en llegar a la conclusión de que la «dureza» es meramente verbal.


Era de prever que la furia retórica en pro de la mano dura policial del gobernador bonaerense Carlos Ruckauf no resultara suficiente como para amedrentar a los delincuentes que operan en su provincia, los cuales han estado tan activos últimamente que incluso el reemplazante de Aldo Rico como ministro de Seguridad, el comisario Ramón Oreste Verón, se ha visto constreñido a manifestar su desconcierto. También lo era que frente a la falta de resultados inmediatos Ruckauf intentara culpar a la Alianza por la frustración que siente, atribuyéndole la presunta debilidad de las leyes heredadas de los tiempos del gobernador Eduardo Duhalde. Con todo, sorprendió que, basándose en que un cuidacoches de la playa de estacionamiento de la Cámara de Diputados provincial detenido por transportar 82 kilos de cocaína, Luis Oroza Aramayo, quien fue nombrado por aliancistas, el gobernador los haya acusado a éstos de ser los presuntos capos del "narcopoder en la Argentina". Como Ruckauf debería saber muy bien, de aplicarse sistemáticamente los severos principios así supuestos, uno tendría que llegar a la conclusión de que todos los partidos políticos del país son bandas criminales porque serían directamente responsables por todos los delitos de quienes dicen ser militantes, pero, felizmente para el PJ, pocos estarían preparados para ir a tal extremo, motivo por el cual la Alianza no pensó en aprovechar el hecho de que los asesinos del periodista José Luis Cabezas estaban estrechamente vinculados con el peronismo.

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