Investigan presunto grupo en Chubut de la Colonia Dignidad

La Interpol, la Side y la Policía civil chilena están en la pista.

Redacción

Por Redacción

La delegación argentina de Interpol, con el apoyo de la Secretaría de Inteligencia del Estado y de la policía civil chilena, estaría a punto de cerrar el cerco sobre un grupo de ciudadanos alemanes, integrantes de la Colonia Dignidad, que tendría su base de operaciones en los alrededores de Comodoro Rivadavia, en la provincia de Chubut.

El grupo, reducido en número pero con crecientes inversiones en la zona, está instalado en la Argentina desde mediados de 1997, y los policías de Santiago y Buenos Aires creen que sirvió de apoyo logístico a Paul Schäffer Schneider, el jefe de la Colonia, durante los casi ocho años que vivió clandestinamente en este país.

Según confió una alta fuente de Interpol a este diario, el dato del asentamiento patagónico fue proporcionado por la policía civil de Chile, y ratificado en las últimas semanas, tras los allanamientos realizados en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, que permitieron detener a tres colaboradores de Schäffer.

El líder de la Colonia Dignidad, un ex sargento nazi de 83 años y un ojo de vidrio, había sido apresado el 10 de marzo último en un country de Tortuguitas, en los alrededores de Buenos Aires, donde vivía sus días de prófugo de la Justicia chilena, que lo acusaba de la desaparición de personas durante la dictadura de Augusto Pinochet y de haber cometido abusos sexuales contra 27 menores.

«La detención de Schäffer no significa el fin de la Colonia Dignidad», dijo a este diario Luis Henríquez, ex subdirector de Investigaciones y ex jefe de Inteligencia de la policía civil de Chile. Para Henríquez, un policía considerado como la máxima autoridad internacional sobre la colonia, los secretos del enclave alemán de Parral, 320 kilómetros al sur de Santiago, sólo podrán revelarse si el anciano acepta contar la historia verdadera, oculta y enigmátic del asentamiento.

 

Un sargento predicador

 

La Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad fue fundada en Chile en los últimos días de 1961 por un grupo de inmigrantes alemanes que obedecían a un hombre taciturno y tuerto, Paul Schäffer Schneider, que había nacido en Siegburg, cerca de Bonn, en 1921, y había sido sargento del ejército de su país en los últimos días de la guerra.

Schäffer, por entonces, se presentaba como psicólogo y ejercía sobre el grupo un liderazgo basado en sus presuntas condiciones de predicador. Con una Biblia en la mano y una Walther PPK en la cintura, había conseguido que el gobierno del presidente Jorge Alessandri le otorgara personería jurídica y eximición de impuestos, y en setiembre de 1961 se había instalado en un fundo de la VIII Región, al pie de la cordillera, para ayudar a los huérfanos del terremoto de 1960 que había dejado en Chile 5.700 muertos y tres millones de personas sin hogar.

El sargento Schäffer, a quien sus acólitos llamaban «doctor», formaba parte de una secta religiosa, la Private Social Mission, que había sido fundada en Alemania en los primeros años de la posguerra. Los que llegaron con él a Chile eran ex combatientes de los ejércitos del Tercer Reich, viudas de soldados y oficiales muertos durante la guerra, y niños de entre seis y doce años.

Aunque había sido expulsado de todas las congregaciones que integró, los antecedentes de Schäffer no despertaron sospechas a las autoridades chilenas. En Alemania se lo acusaba de abuso de menores y apropiación ilícita de los hijos de las parejas que formaba, y las imputaciones le habían valido dos pedidos de captura.

Con ese pasado a cuestas, el «doctor» y sus seguidores se instalaron en el fundo de la cordillera a leer la Biblia rodeados de niños, y comenzaron a convertir el páramo en un vergel, y a transformar los cerros áridos en bosques de pinos. Pero la vida en la Colonia, según se sabría después, no era tan apacible y bucólica como parecía.

 

Primera alarm  

El primer capítulo de esta saga sin fin ocurrió en marzo de 1966, cuando un muchacho rubio que apenas hablaba español llegó al Departamento de Extranjería de la Policía de Investigaciones de Santiago, y le dijo al prefecto Hugo Villegas Garín: «Soy un fugitivo de la Colonia Dignidad».

El muchacho se llamaba Wolfgang Müller, tenía vein

tiún años, y la que contó fue una historia de violaciones y abuso de menores que tenía por protagonistas a Paul Schäffer y a los habitantes de esa extraña colonia.

Según Müller, allí la gente trabajaba desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche y estaban prohibidas las relaciones sexuales excepto para el jefe, quien bañaba personalmente a los niños. El fugitivo dijo que a los más díscolos se los vestía de rojo durante el día y de blanco por las noches, para que fueran fácilmente distinguibles; que estaba prohibido hablar; que se castigaba o premiaba a los colonos reduciéndoles o aumentándoles las raciones de comida, y que los trabajadores no percibían sueldo.

«El Tío» Schäffer, como lo llamaba, lo había violado por primera vez a las seis horas de conocerlo, y su propia madre había desaparecido en el interior de la Colonia, donde la habían juzgado por loca. El había intentado dos fugas antes de ésa, dijo, pero las dos veces había sido recapturado por brigadas punitivas que salían de Dignidad a rastrear a los internos que se escapaban.

El policía Villegas Garín recordaría así su investigación del caso: «Cuando escuché el testimonio del muchacho, viajé a la Colonia para interrogar a Schäffer. Me recibió en un salón, con una pistola Walther al cinto y doce guardaespaldas. Negó las acusaciones, me dijo que Müller era sólo un rebelde que no se ajustaba a la disciplina, y cuando le pedí más precisiones me dijo que no entendía el castellano, y no habló más».

Como un indicio de lo que vendría, el affaire Müller tuvo un final asombroso: mientras Schäffer fue absuelto de las imputaciones, él fue condenado a cinco años de cárcel por robar la mula que usó para huir, y que dejó en una estación de servicio con un cartel en el apero que decía: «Propiedad de Colonia Dignidad».

Aunque entonces nadie podía imaginarlo, ya había empezado a funcionar una red de protección que dos años más tarde, en 1968, adquiriría status judicial: una comisión investigadora, encargada de indagar sobre las fugas de Müller y otras que le siguieron, rechazó todas las acusaciones que se habían hecho contra la Colonia, y concluyó que Dignidad «cumple cabalmente sus objetivos benéficos, y su organización de vida y trabajo no vulnera en forma alguna la ley, l moral o las buenas costumbres».

Tres años antes de que estallara el escándalo, los alemanes habían creado un hospital ambulante y una escuela pública, y conectado los primeros teléfonos en la región. Los chilenos pobres de la zona los veían como sus benefactores.

 

Protección infranqueable

Hasta hoy, el aspecto más curioso que presenta la Colonia Dignidad, es su capacidad para sobrevivir a un estado de sospecha que ya lleva cuarenta y cuatro años o, medido en tiempos políticos, sei presidencias constitucionales y una dictadura militar. Fundada durante la gestión de Alessandri, se mantuvo a flote durante los gobiernos de Eduardo Frei padre, Salvador Allende, Augusto Pinochet, Patricio Aylwin, Eduardo Frei hijo y el actual presidente, Ricardo Lagos.

Las razones de la supervivencia, aunque tuvo épocas más apacibles que otras, tal vez sean que la Colonia buscó y obtuvo la protección del Ejército chileno.

Se dice que cuando el general Manuel Contreras, hombre fuerte de la policía política pinochetista, llegaba al fundo, la orquesta del campamento tocaba para él la «Marcha triunfal» de «Aída».

Los testimonios de ex presos políticos coinciden en afirmar que allí torturaban chilenos dirigidos por alemanes, y un ex represor arrepentido confesó en 1977, pocos días antes de ser asesinado, que en aquel momento había en Dignidad ciento doce «desaparecidos». Cuando Amnesty y la Vicaría de Solidaridad publicaron sus denuncias, los habitantes de Dignidad se indignaron y los demandaron por calumnias e injurias ante un tribunal de Bonn.

 

Bajo siete llave  

Aunque un juez había pedido su captura, que recién se efectivizó hace poco más de un mes en Buenos Aires, para la Justicia chilena Paul Schäffer estaba muerto desde 1985. Así lo aseguraba, al menos, un certificado de defunción firmado por el doctor Harmut Hopp, el médico de la Colonia. La búsqueda era por las acusaciones de abusos deshonestos que pesan sobre él. Lo curioso es que las acusaciones continuaron después de su presunta muerte, porque Schäffer seguía de lo más vivo. Quienes lo acusaron la última vez fueron Tobías Müller, de 24 años, y Zalo Luna, de 18, fugados de Dignidad a mediados de julio de 1997. Con una orden de detención y asistido por doscientos efectivos que llegaron en camiones, tanquetas y jeeps, el juez allanó nueve veces Colonia Dignidad a lo largo de un año y medio, pero nunca obtuvo resultados. Las filmaciones de los procedimientos hechas por la televisión chilena tal vez puedan explicar el fracaso: en ellas se ve cómo los policías se cuadraban ante los dirigentes de Dignidad en el portón del predio, y cómo, para estupefacción del juez, pedían permiso para realizar el allanamiento.

En la última requisa, el juez y sus asistentes recorrieron a pie algunos edificios del interior del fundo, se arriesgaron veinte metros por un túnel que acababa en una puerta blindada e infranqueable, escucharon las explicaciones de que Schäffer no estaba allí, y regresaron a Santiago con las manos vacías.

Antes, tuvieron que sortear a los niños acostados en el suelo, que impedían avanzar a los vehículos policiales, y a los colonos uniformemente vestidos de gris, que les gritaban y los insultaban en la cara. Hoy, con Schäffer detenido y enjuiciado en Santiago, las investigaciones sobre Colonia Dignidad parecen haber entrado en un proceso de aceleración.

Un grupo de arqueólogos, por orden judicial, han comenzado a hacer excavaciones dentro del predio y hallado restos de automóviles que podrían haber pertenecido a personas desaparecidas durante la dictadura militar.

Pero apenas si es más de lo mismo, porque el misterio es todo lo demás: los negocios de la Colonia con el pinochetismo, las sospechas de que allí aún se fabriquen armas, los rumores sobre experimentación genética, el mito de que haya sido un refugio de viejos nazis.

Y tal vez el único que pueda disipar las dudas sea Paul Schäffer, ese hombre anciano y tuerto detenido en un country cerca de Buenos Aires que, en el apogeo de su poder, solía andar con una Biblia en la mano y una pistola en la cintura, decidiendo sobre la sexualidad, la vida y la fe del cortejo de sus acólitos.

 

Jorge Camarassa

Nota asociada: Los contactos con los militares «Preparados para resistir un ataque»  

Nota asociada: Los contactos con los militares «Preparados para resistir un ataque»  


La delegación argentina de Interpol, con el apoyo de la Secretaría de Inteligencia del Estado y de la policía civil chilena, estaría a punto de cerrar el cerco sobre un grupo de ciudadanos alemanes, integrantes de la Colonia Dignidad, que tendría su base de operaciones en los alrededores de Comodoro Rivadavia, en la provincia de Chubut.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora