Agujero negro
De no haber sido por el espectáculo brindado por Domingo Cavallo, quien se las ingenió para transformar un resultado bastante bueno en una derrota penosa, la mayoría hubiera coincidido en que lo más llamativo de la elección porteña fue la cosecha asombrosamente magra conseguida por el Partido Justicialista cuyo candidato, Raúl Granillo Ocampo, tuvo que conformarse con el 1,69% de los votos, lo cual le permitió aventajar por un margen escaso a la candidata «humanista ecológica» Lía Méndez, pero lo dejó detrás de Antonio Cartañá, Patricia Walsh y la actriz Irma Roy, todas figuras menores de la política no sólo nacional sino también municipal. Aunque se agregara el 4,58% logrado por Irma Roy -quien representaba el peronismo nostálgico- al anotado por Granillo Ocampo, el total seguiría siendo escuálido para lo que es el principal movimiento político del país. Es que en la Capital Federal, el peronismo ha degenerado en un movimiento casi marginal debido en buena medida a la calidad espantosa de sus dirigentes, de los cuales casi todos son considerados tan «impresentables» que el líder del PJ, Carlos Menem, no tuvo problemas para nominar a dedo al riojano cuya humillación previsible acaba de producirse.
Aunque la Capital siempre ha sido un distrito «difícil» para el peronismo, movimiento cuyos baluartes han estado en el cinturón fabril que la rodea, antes de estas elecciones ocupó una posición que era al menos respetable, mientras que durante los próximos años tendrá que hacer frente al hecho de que para los porteños sólo se trata de un minipartido más. Felizmente para los compañeros, la ciudad de Buenos Aires es muy distinta del resto del país por ostentar un nivel de ingresos que es decididamente más elevado, pero esto quiere decir que el peronismo podría considerarse un fenómeno íntimamente relacionado con el atraso y la pobreza que, de lograr el país crecer de forma sostenida en los próximos lustros, propendería a desaparecer. En cierto modo, esto es precisamente lo que ha estado sucediendo en los años últimos. Si bien el presidente Carlos Menem no titubeó en desechar el bagaje «ideológico» del peronismo, por una mezcla de cálculo astuto e instinto permaneció leal al estilo populista del movimiento, y otros dirigentes, entre ellos muchos gobernadores, lo han emulado. Gracias a ellos, el PJ sigue constituyendo una maquinaria formidable en la mayor parte del país, pero los vínculos no personales del partido así denominado con el peronismo tal como lo conocimos antes de 1989 se han hecho muy tenues.
Pues bien, ¿es concebible que siga prosperando un gran partido nacional sin representantes significantes en la Capital en un país tan centralizado, para no decir unitario, como la Argentina? En teoría, el PJ podría continuar ganando elecciones como lo ha hecho en tantas ocasiones en el pasado, pero en realidad sorprendería que su ausencia en el lugar en el cual se concentran las empresas mediáticas más influyentes, las grandes empresas, los ministerios nacionales y las instituciones parlamentarias no incidieran profundamente en la evolución del movimiento. Lo reconozcan o no los «caciques» peronistas del interior, el PJ se ha visto abandonado casi por completo por la intelectualidad que tanto contribuyó al retorno triunfal -pero también catastrófico- al gobierno de Juan Domingo Perón en 1973, lo cual, como es natural, ha influido mucho en la actitud de una generación de jóvenes que debería estar preparándose para tomar el relevo de los líderes ya establecidos. En los medios gráficos, televisivos y radiales, el peronismo posee pocos amigos. No ha dejado de ofrecer a políticos ambiciosos una flota de vehículos muy útiles que podrían llevarlos a la cima del poder, pero para sobrevivir un movimiento necesita representar algo más que los intereses personales de sus propios dirigentes, motivo por el cual no es del todo ridículo sospechar que lo que acaba de sucederle al PJ en la ciudad de Buenos Aires podría repetirse en muchas otras jurisdicciones hasta que lo único que quede sea una colección de fragmentos de importancia meramente local.
De no haber sido por el espectáculo brindado por Domingo Cavallo, quien se las ingenió para transformar un resultado bastante bueno en una derrota penosa, la mayoría hubiera coincidido en que lo más llamativo de la elección porteña fue la cosecha asombrosamente magra conseguida por el Partido Justicialista cuyo candidato, Raúl Granillo Ocampo, tuvo que conformarse con el 1,69% de los votos, lo cual le permitió aventajar por un margen escaso a la candidata "humanista ecológica" Lía Méndez, pero lo dejó detrás de Antonio Cartañá, Patricia Walsh y la actriz Irma Roy, todas figuras menores de la política no sólo nacional sino también municipal. Aunque se agregara el 4,58% logrado por Irma Roy -quien representaba el peronismo nostálgico- al anotado por Granillo Ocampo, el total seguiría siendo escuálido para lo que es el principal movimiento político del país. Es que en la Capital Federal, el peronismo ha degenerado en un movimiento casi marginal debido en buena medida a la calidad espantosa de sus dirigentes, de los cuales casi todos son considerados tan "impresentables" que el líder del PJ, Carlos Menem, no tuvo problemas para nominar a dedo al riojano cuya humillación previsible acaba de producirse.
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