Tienen razón… pero
«Están en lo cierto todas aquellas sindicalistas, políticas y otras que están señalando con pasión que por diversas razones las mujeres merecen poder jubilarse antes que los hombres y que por lo tanto se oponen al proyecto oficial para aumentar su edad jubilatoria a 65 años. Aunque las mujeres viven más que los miembros del «sexo fuerte», suelen ganar menos por igual trabajo, tienen que enfrentarse con una multitud de barreras laborales tácitas y al volver a la casa muchas han de cumplir una gama de tareas domésticas, las que a menudo incluyen las supuestas por el tener que cuidar a sus propios padres. Así las cosas, son comprensibles sus protestas contra lo que muchas consideran una maniobra destinada a privarlas de una «conquista» valiosa, incluso en nuestro país, donde la realidad jubilatoria dista de coincidir con lo que efectivamente se da. Pero, claro está, no se trata de lo que puedan merecer las mujeres sino de lo que resulte posible. Por «injusta» que les parezca la medida, es claramente necesaria porque tanto aquí como en los demás países el crecimiento rápido de la población «pasiva», de la cual las mujeres constituyen la mayoría por un margen muy significante, ha hecho inviables casi todos los esquemas previsionales existentes, los cuales, por motivos políticos, siguen asemejándose mucho al tradicional que fue ideado a fines del siglo XIX cuando la realidad demográfica era llamativamente distinta de la actual: en aquel entonces, la expectativa de vida era de veinte años menos de lo que es en la actualidad y en consecuencia eran pocos los jubilados.
He aquí la causa básica de las reformas que, tanto en nuestro país como en virtualmente todos los otros, dirigentes políticos y sindicales propenden a atribuir a la saña neoliberal o a la influencia a su juicio inhumana del Fondo Monetario Internacional. De no haber tenido tanto éxito la ciencia médica y los servicios sociales, viviríamos mucho menos de suerte que los fondos previsionales privados o públicos podrían continuar funcionando como antes. Sin embargo, escasean los dispuestos a tomar en cuenta este factor evidente. Los «dirigentes», lejos de esforzarse por hacer entender a los demás que el perfil demográfico del país se ha modificado drásticamente en las décadas últimas y que en consecuencia es preciso adaptar el sistema previsional a la nueva realidad, han preferido ya aprovechar los sentimientos de la gente, estimulando las protestas, ya hablar de temas menos urticantes.
Mal que bien, los sistemas previsionales funcionan no sólo según los deseos, razonables o no, de los jubilados o pensionados, sino también conforme a los ingresos, sin los cuales no habrá jubilación alguna. Al gobierno le corresponde intentar asegurar que a la larga las dos variables coincidan. Si pudiera aumentar muchísimo los aportes a los fondos, le sería dado hacer subir el monto de las jubilaciones pero, como todos sabemos, una parte muy importante de la población se resiste a contribuir al sistema, lo cual no le deja otra alternativa que la de procurar reducir la cantidad de beneficiarios. Una forma de lograrlo consistiría en no dar nada a quienes no han aportado durante su vida laboral, pero si bien muchos se han visto excluidos de esta manera, no se trata de una política que la sociedad estaría preparada para formalizar.
Otra forma, quizás la única, será ir elevando poco a poco la edad jubilatoria a fin de restaurar el equilibrio perdido. En la actualidad, se mantiene la edad tradicional de 65 años, pero es de prever que ésta pronto sea aumentada a 70 años o más. Para que este cambio resulte menos ingrato, convendría que se produjera una especie de ajuste cultural que sirviera para redefinir palabras clave como «juventud», «madurez», «vejez», etc., estirando las sucesivas etapas de la vida para que se adecuen mejor a las transformaciones espectaculares que ya se han consumado y que, según los científicos, continuarán produciéndose en las próximas décadas, para satisfacción de todos salvo los encargados de impedir que los esquemas previsionales de la mayoría de los países se desmoronen por completo.
"Están en lo cierto todas aquellas sindicalistas, políticas y otras que están señalando con pasión que por diversas razones las mujeres merecen poder jubilarse antes que los hombres y que por lo tanto se oponen al proyecto oficial para aumentar su edad jubilatoria a 65 años. Aunque las mujeres viven más que los miembros del "sexo fuerte", suelen ganar menos por igual trabajo, tienen que enfrentarse con una multitud de barreras laborales tácitas y al volver a la casa muchas han de cumplir una gama de tareas domésticas, las que a menudo incluyen las supuestas por el tener que cuidar a sus propios padres. Así las cosas, son comprensibles sus protestas contra lo que muchas consideran una maniobra destinada a privarlas de una "conquista" valiosa, incluso en nuestro país, donde la realidad jubilatoria dista de coincidir con lo que efectivamente se da. Pero, claro está, no se trata de lo que puedan merecer las mujeres sino de lo que resulte posible. Por "injusta" que les parezca la medida, es claramente necesaria porque tanto aquí como en los demás países el crecimiento rápido de la población "pasiva", de la cual las mujeres constituyen la mayoría por un margen muy significante, ha hecho inviables casi todos los esquemas previsionales existentes, los cuales, por motivos políticos, siguen asemejándose mucho al tradicional que fue ideado a fines del siglo XIX cuando la realidad demográfica era llamativamente distinta de la actual: en aquel entonces, la expectativa de vida era de veinte años menos de lo que es en la actualidad y en consecuencia eran pocos los jubilados.
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