El gran culpable

Redacción

Por Redacción

No carece de cierta lógica el planteo que usó el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez para quedar mejor con los cipoleños luego de haber sido recibido por ellos con bolsas llenas de estiércol. Según el frepasista, la culpa de sus males es del FMI por haber avalado las políticas del gobierno anterior que, conforme a la retórica delarruista, fue el responsable máximo del hecho de que la Argentina no posea una economía tan rica como las de Europa occidental. Claro, lo que no dice Alvarez es que de haber actuado el FMI con mayor severidad, insistiendo en que los ministros de Economía del presidente Carlos Menem aplicaran medidas contundentes destinadas a sanear de una vez y para todas las cuentas nacionales, los más indignados por tamaño asalto a los bolsillos del pueblo hubieran sido precisamente los líderes del Frepaso y sus aliados radicales. Es que, lo mismo que todos los gobiernos de los años últimos, la actitud del encabezado por Fernando de la Rúa frente al Fondo es decididamente ambigua: quiere que le manifieste más comprensión, aprobando políticas flexibles que le permitan «invertir» más en programas sociales, pero después se queja amargamente al descubrir que no resultan suficientes como para poner fin a la crisis fiscal crónica.

Otra crítica que se suele dirigir contra el FMI tiene que ver con la «falta de imaginación» de sus exigencias, todas las cuales parecen basarse en el principio antipático de que los gobiernos no pueden darse el lujo de gastar mucho más de lo que la economía nacional está en condiciones de soportar. Por «falta de imaginación», quienes hablan así -los más elocuentes cuando aluden a este tema siempre son los más ignorantes- quieren decir que les molesta mucho la incapacidad de los técnicos del Fondo para encontrar pretextos inobjetables para entregarles grandes cantidades de dinero fresco. Es posible que tengan razón en cuanto al escaso interés del Fondo por probar recetas novedosas, pero por ahora cuando menos los mejores cerebros de la Alianza no se las han ingeniado para confeccionar ninguna que sea viable: si lograran hacerlo, los primeros en felicitarlos serían los mandamás del FMI, que a esta altura deberían de sentirse hartos de ser tratados como una banda de imbéciles incompetentes. Sin embargo, a partir del estallido hiperinflacionario, fruto de un superávit de planes «imaginativos», el único ministro de Economía que se mostró dispuesto a pasar por alto los consejos del Fondo ha sido Domingo Cavallo, pero si bien la Alianza se ha reconciliado con la heterodoxia que posibilitó el plan de Convertibilidad, no le gusta demasiado porque la obliga a mantener bien equilibradas las cuentas públicas.

A pesar de que en un momento difícil Alvarez ha probado ser tan propenso como el que más a aprovechar la existencia del FMI para no tener que seguir contestando preguntas fastidiosas, por lo menos parece plenamente consciente de que al gobierno no le serviría para nada emprender una aventura en nombre de la «imaginación» sesentista o de la sensibilidad social. Por eso, subraya la necesidad de mejorar el riesgo-país actuando con sobriedad a fin de atraer inversiones, de poner orden en las cuentas y de hacer hincapié en la importancia de aumentar la productividad, la cual, desde luego, es la única fórmula que podría arrojar beneficios. No se trata de un programa macroeconómico muy emocionante pero, dadas las circunstancias, es la única que a la larga podría estimular mejoras genuinas. Con todo, sería positivo que Alvarez y otros líderes gubernamentales, además de las figuras más influyentes de la Alianza, asumieran con mayor entusiasmo las implicancias de lo que están haciendo. Al igual que tantos peronistas en el curso de la larga gestión de Menem, muchos oficialistas parecen creerse constreñidos a convencer a la ciudadanía de que ellos mismos no aprueban en absoluto la política económica de su gobierno, pero que no les queda otra alternativa que continuar por un rumbo a su juicio equivocado sin otro mérito que el de mantener contentos a los perversos técnicos fondomonetaristas.


No carece de cierta lógica el planteo que usó el vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez para quedar mejor con los cipoleños luego de haber sido recibido por ellos con bolsas llenas de estiércol. Según el frepasista, la culpa de sus males es del FMI por haber avalado las políticas del gobierno anterior que, conforme a la retórica delarruista, fue el responsable máximo del hecho de que la Argentina no posea una economía tan rica como las de Europa occidental. Claro, lo que no dice Alvarez es que de haber actuado el FMI con mayor severidad, insistiendo en que los ministros de Economía del presidente Carlos Menem aplicaran medidas contundentes destinadas a sanear de una vez y para todas las cuentas nacionales, los más indignados por tamaño asalto a los bolsillos del pueblo hubieran sido precisamente los líderes del Frepaso y sus aliados radicales. Es que, lo mismo que todos los gobiernos de los años últimos, la actitud del encabezado por Fernando de la Rúa frente al Fondo es decididamente ambigua: quiere que le manifieste más comprensión, aprobando políticas flexibles que le permitan "invertir" más en programas sociales, pero después se queja amargamente al descubrir que no resultan suficientes como para poner fin a la crisis fiscal crónica.

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