Regreso indeseable
Los intentos de Menem de regresar al escenario político podrían resultar más exitosos de lo imaginado.
Si el ex presidente Carlos Menem fuera un personaje menos polémico, su intento de erigirse en la «alternativa» al gobierno aliancista tendría buenas posibilidades de concretarse porque, a diferencia de los demás caciques peronistas, a su modo representa una estrategia coherente.
Sin embargo, en su caso particular aquellos detalles -la corrupción galopante y el nepotismo sin límites que caracterizaban a su gobierno, la voluntad cínica de pactar con sindicalistas no meramente inescrupulosos sino también contrarios por instinto a su propio programa socioeconómico- que de tratarse de otros podrían considerarse «anecdóticos» son tan importantes que eclipsan los méritos auténticos de su gestión. Como presidente, Menem nunca dejó de manifestar su confianza en el porvenir del país. Afirmó una y otra vez que la Argentina sí lograría sustraerse a la crisis en la cual estaba hundida para convertirse en una de las naciones líderes. Puede argüirse que su triunfalismo se basaba sólo en ilusiones y que su gobierno no se preocupaba por la situación penosísima de millones de compatriotas, pero no cabe duda de que el estado de ánimo que consiguió generar posibilitó algunos avances muy positivos.
Obvio es decir que la actitud del presidente actual y de sus colaboradores es muy distinta. Menem no se equivocaba por completo cuando, en el transcurso de un acto celebrado en un teatro porteño destinado a relanzar su Fundación de Estudios para Argentina en Crecimiento, señaló que «con la crítica aviesa, de mala fe y malintencionada, consiguieron que la Argentina perdiera credibilidad».
Aunque dichas críticas fueran legítimas y formuladas de buena fe, el que el propio movimiento gobernante parezca convencido de que el país es «un desastre» y de que sus líderes no pueden hacer nada para mejorarlo por las presiones internacionales malignas, no sólo ha tenido consecuencias adversas en el exterior sino también en el seno del país mismo.
La pérdida de interés en el futuro de la Argentina por parte de los inversores extranjeros es lógica: ¿por qué arriesgarse trasladando su dinero a un país que según sus propios gobernantes está en medio de una crisis desesperante? Peor aún que el escepticismo de los mercados internacionales, empero, es la desmoralización de los habitantes del país mismo cuando, en lugar de contestar a eclesiásticos de visión apocalíptica diciéndoles que el gobierno ya está atenuando los males que acababan de denunciar, se limita a felicitar al más sombrío por su «santidad» y «sabiduría».
Los aliancistas parecen persuadidos de que su misión consiste en luchar contra el mundo no porque se crean capaces de imponerle sus propias tesis, sino porque quieren encabezar una retirada digna, demorando hasta el último momento el abandono de «conquistas» ya anticuadas. Donde los aliancistas sólo ven peligros, inmoralidad y miseria, los menemistas detectaban una multitud de oportunidades de toda clase. Pues bien: aun cuando el análisis aliancista del estado del mundo y de la Argentina resultara más realista que el menemista, el pesimismo derrotista que es el rasgo más notable de quienes dominan la coalición sólo serviría para asegurar que los costos para todos los argentinos, pero especialmente para los más pobres, de la globalización sean insoportables.
Así las cosas, al país le convendría que surgiera una oposición comprometida con el capitalismo moderno que se muestre resuelta a ofrecerle un porvenir que sea un tanto menos siniestro que el insinuado por el «ala política» de la Alianza, la cual parece regodearse de catástrofes por producirse, y por aquellos miembros del «ala económica» que hacen hincapié en lo negativo a fin de justificar la reducción del gasto público. Claro, por muchos motivos no le convendría en absoluto que la liderara ni Menem ni cualquier otro menemista actual aunque, a menos que los delarruistas consigan difundir un mensaje menos desalentador, los intentos del ex presidente de regresar al centro del escenario podrían resultar más exitosos de lo que cualquiera hubiera imaginado sólo un par de meses atrás.
Si el ex presidente Carlos Menem fuera un personaje menos polémico, su intento de erigirse en la "alternativa" al gobierno aliancista tendría buenas posibilidades de concretarse porque, a diferencia de los demás caciques peronistas, a su modo representa una estrategia coherente.
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