Fujimori en apuros

Si bien la semidemocracia de los países andinos es denigrante, no es peor de lo que sería un colapso de las instituciones seguido por los militares.

Redacción

Por Redacción

Nadie duda de que el proceso electoral peruano estuvo viciado por una multitud de irregularidades de todo tipo, ni de que la segunda vuelta sin otro contendiente que el presidente Alberto Fujimori -que, claro está, fue reelegido- constituyó una farsa, pero esto no necesariamente quiere decir que el movimiento internacional que está organizándose contra el mandatario contribuya mucho a promover la democracia en aquellas partes de América Latina en las que corre peligro de morir asfixiada. Aunque es imposible saber si Fujimori hubiera triunfado sin los diversos fraudes perpetrados por sus partidarios, es evidente que sigue contando con el apoyo fervoroso de una proporción notable de sus compatriotas, lo cual le permitiría afirmarse víctima de una campaña antiperuana urdida por sus adversarios locales en combinación con intereses extranjeros, profundizando aún más así las divisiones de una sociedad ya rota. Además, de prosperar el plan de resistencia «pacífica» que ha propuesto quien fue su rival en la primera vuelta, Alejandro Toledo, el deterioro resultante podría ser tan grave que tendrían que transcurrir muchos años antes de que Perú pudiera reencontrarse con la «normalidad».

Desafortunadamente para Fujimori, el país cuyos representantes están encabezando la «campaña» contra su gobierno es el más poderoso de todos, Estados Unidos, el cual, para sorpresa de muchos, no ha vacilado en declarar «inválidas» las elecciones y por lo tanto «ilegítimo» el «régimen» resultante. Pero, por diversos motivos, son pocos los países latinoamericanos que se hayan mostrado dispuestos a ir tan lejos como la superpotencia, acaso porque en nuestra región son muchos los gobiernos que han caído en la tentación de manipular los procesos electorales, de suerte que si los demócratas auténticos asumieran una postura intransigente frente a las irregularidades, los que quedarían aislados no serían los autoritarios sino los genuinamente respetuosos de la voluntad popular.

Aunque en la mayoría de los países la consolidación de las instituciones democráticas se ha debido en buena parte a las presiones extranjeras, es claramente mejor que los distintos pueblos la crean una consecuencia de su propio compromiso con el orden político así supuesto. Es lo que ha sucedido aquí y es por eso que la democracia ha logrado echar raíces fuertes, estimulando cambios valiosos en todos los ámbitos de la vida nacional. En algunos otros países de la región, empero, tanto la democracia como el respeto automático por los derechos ajenos que presupone son plantas todavía exóticas que aún no han conseguido aclimatarse. Por eso, puede resultar contraproducente insistir en que maduren enseguida, sobre todo en aquellos lugares en los que es influyente la prédica de quienes insisten en que la democracia ha «fracasado» porque su llegada no se ha visto acompañada por mejoras económicas y sociales inmediatas.

De todos modos, parecería que Fujimori cuenta con un aliado muy significante en el tablero latinoamericano: Fernando Henrique Cardoso. A juicio del presidente brasileño, su colega peruano ha resultado ser un gobernante eficaz cuyas violaciones de la letra de la ley podrían atribuirse más a las circunstancias realmente difíciles propias de un país atrasado y muy pobre que a sus ambiciones mesiánicas personales. Asimismo, Cardoso sabe muy bien que en América Latina los resueltos a mantener sin cambios un statu quo signado por la injusticia y el estancamiento son duchos en el arte de aprovechar las oportunidades brindadas por la democracia para frustrar cualquier intento de innovar. Justificada o no la

actitud pragmática así supuesta, la oposición brasileña a los esfuerzos estadounidenses de obligar a Fujimori a dar un paso al costado, maniobra que podría desencadenar otro ciclo de golpes militares, que afectarán no sólo al Perú sino también a otros países de la región, puede entenderse, porque si bien la semidemocracia que está difundiéndose por el arco de países andinos es denigrante, no es peor de lo que sería un colapso de las instituciones civiles seguido por el regreso de los salvadores castrenses.


Nadie duda de que el proceso electoral peruano estuvo viciado por una multitud de irregularidades de todo tipo, ni de que la segunda vuelta sin otro contendiente que el presidente Alberto Fujimori -que, claro está, fue reelegido- constituyó una farsa, pero esto no necesariamente quiere decir que el movimiento internacional que está organizándose contra el mandatario contribuya mucho a promover la democracia en aquellas partes de América Latina en las que corre peligro de morir asfixiada. Aunque es imposible saber si Fujimori hubiera triunfado sin los diversos fraudes perpetrados por sus partidarios, es evidente que sigue contando con el apoyo fervoroso de una proporción notable de sus compatriotas, lo cual le permitiría afirmarse víctima de una campaña antiperuana urdida por sus adversarios locales en combinación con intereses extranjeros, profundizando aún más así las divisiones de una sociedad ya rota. Además, de prosperar el plan de resistencia "pacífica" que ha propuesto quien fue su rival en la primera vuelta, Alejandro Toledo, el deterioro resultante podría ser tan grave que tendrían que transcurrir muchos años antes de que Perú pudiera reencontrarse con la "normalidad".

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