La imagen presidencial
A De la Rúa le convendría reconocer que, por simpáticos que sean sus parientes y sus amigos, la presidencia no es un bien de familia.
Antes de ser elegido candidato presidencial de la Alianza, Fernando de la Rúa fue considerado un político gris, si bien aplicado y honesto según las normas de su oficio, pero en cuanto se convirtió en la alternativa a Carlos Menem o Eduardo Duhalde la ciudadanía, en un arranque de creatividad colectiva, decidió atribuirle cualidades un tanto más interesantes, de ahí su sorprendente popularidad durante los meses iniciales de su gestión. Desgraciadamente para el presidente, empero, en las semanas últimas la mayoría ha abandonado la ilusión de que detrás de la máscara aburrida del De la Rúa prealiancista se había ocultado un estadista de fuste que sería más que capaz de reactivar la economía y combatir la corrupción.
Según las encuestas más recientes, la imagen positiva de De la Rúa apenas supera el 20%, el cual es muy inferior al casi 25% de Menem, al 43,5% de Carlos «Chacho» Alvarez y al 54,9% que ostenta la figura nada tranquilizante del movedizo gobernador bonaerense Carlos Ruckauf. Igualmente ominoso desde el punto de vista tanto del presidente como del país, es el hecho de que se haya visto transformado en blanco de un sinnúmero de chistes crueles alusivos no sólo a su afición exagerada al nepotismo, sino también a su extrema debilidad. Dicho de otro modo, De la Rúa ya se las ha arreglado para dotarse de una imagen llamativamente peor a aquélla de su correligionario y comprovinciano Arturo Illia en vísperas del golpe de Estado de 1966. Puede que los juicios registrados por los encuestadores resulten ser efímeros por basarse sólo en los acontecimientos de las semanas anteriores, pero dadas las circunstancias sería asombroso que De la Rúa revierta por completo el bajón que ha experimentado a causa del muy torpe intento de «delarruizar» el gabinete que fue seguido horas después por la renuncia intempestiva de Alvarez.
Aunque el golpismo que puso fin a la gestión de Illia se ha visto consignado al pasado, el que el presidente de la República sea tratado con desprecio indisimulado por sectores cada vez más amplios no puede considerarse meramente anecdótico. Como subrayaron los aliancistas antes de las elecciones del año pasado, es fundamental que el presidente merezca el respeto incluso de sus adversarios, para no hablar de la opinión pública. Por lo tanto, es de esperar que De la Rúa consiga mejorar su imagen en las semanas próximas, porque de otro modo no le será posible recuperar la autoridad que necesitará para poder gobernar con un mínimo de solvencia. Si no logra hacerlo, todos los muchos grupos disconformes que se dan en el país procurarán aprovechar su debilidad, con consecuencias sin duda muy negativas para el conjunto.
No se trata de una tarea que De la Rúa pueda delegar a una agencia de publicidad: a esta altura, cualquier aviso destinado a hacer creer que a pesar de las apariencias es un gran hombre resultaría contraproducente. Tampoco es cuestión de formular anuncios alentadores. Para salir del pozo en el cual se ha metido, De la Rúa y sus colaboradores más inmediatos tendrán que clarificar sus propias ideas sobre lo que se proponen hacer en los tres años que según el cronograma político les quedan en el poder para entonces ponerse a concretarlas con vigor. Asimismo, a De la Rúa le convendría reconocer que, por simpáticos que sean sus parientes y sus amigos de muchos años, la presidencia no es un bien de familia sino un cargo que pertenece a todos los ciudadanos del país, para entonces actuar en consecuencia. De lo contrario, su gestión se hará cada vez más trabajosa y cada vez menos eficaz, lo cual serviría para que surjan fuerzas opositoras por ahora meramente latentes que terminarían provocando una crisis decididamente más peligrosa que la actual. Lo entienda o no, la imagen presidencial es un factor sumamente importante que incide en la conducta y en las actitudes de millones de personas. A la larga, puede significar la diferencia entre la tranquilidad relativa propia de una sociedad que esté resuelta a hacer frente a sus muchos problemas, y un clima anárquico signado por la irresponsabilidad generalizada característica de una que ha hecho de la oposición al gobierno de turno su causa principal.
Antes de ser elegido candidato presidencial de la Alianza, Fernando de la Rúa fue considerado un político gris, si bien aplicado y honesto según las normas de su oficio, pero en cuanto se convirtió en la alternativa a Carlos Menem o Eduardo Duhalde la ciudadanía, en un arranque de creatividad colectiva, decidió atribuirle cualidades un tanto más interesantes, de ahí su sorprendente popularidad durante los meses iniciales de su gestión. Desgraciadamente para el presidente, empero, en las semanas últimas la mayoría ha abandonado la ilusión de que detrás de la máscara aburrida del De la Rúa prealiancista se había ocultado un estadista de fuste que sería más que capaz de reactivar la economía y combatir la corrupción.
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