Paciencia limitada

Si algunos políticos no cambian su actitud, el país volverá al estado en que se encontraba antes de lograr el blindaje.

Redacción

Por Redacción

Aunque en su reunión del 12 de enero los directores del Fondo Monetario Internacional aprobaron aquel “blindaje financiero” de casi 40.000 millones de dólares destinado a salvarnos del colapso, algunos no intentaron ocultar su preocupación por el “riesgo moral” que supone, o sea, del peligro de que la clase dirigente local se acostumbre a la idea de que en los momentos difíciles siempre podrá depender de la buena voluntad del resto del mundo y que por lo tanto siga aferrada al statu quo, resistiéndose a tomar las medidas necesarias para que la economía se haga más productiva. Las dudas de los directores del FMI en cuanto al interés de los políticos criollos en mejorar el desempeño económico del país son lógicas. Mientras que el año pasado la mayoría estaba demasiado obsesionada con sus internas y con sus traumas ideológicos particulares como para sentirse alarmada por el abismo que se abría frente al país, razón por la cual reaccionó ante la llegada del blindaje con indiferencia evidente, durante las primeras semanas del 2001 muchos se han dedicado a buscar pretextos para oponerse a los esfuerzos del gobierno por cumplir con el programa económico acordado con el FMI y las instituciones que aportaron el dinero. Puede que la actitud de estos políticos les reporte algunas ventajas políticas personales, pero si logran jaquear al gobierno las consecuencias para el país serán con toda seguridad nefastas.

En el curso de la reunión celebrada por el FMI, los representantes de Alemania, Francia, los Estados Unidos y otros países avanzados manifestaron su inquietud en cuanto a los efectos globales del salvataje. Dijeron temer que a la larga el megapréstamo sólo sirva para adormecer a la clase política, en vez de estimularla a emprender un gran esfuerzo por sanear la economía eliminando los muchos obstáculos que le impiden crecer a un ritmo aceptable. A juzgar por la conducta reciente de muchos radicales y casi todos los frepasistas y peronistas, los europeos que desconfían en la capacidad de nuestros dirigentes tienen motivos de sobra para sospechar que el país está por echar a perder la oportunidad que el FMI le ha brindado. Como era de prever, estos políticos se las han arreglado para convencerse de que gracias al blindaje no les será necesario comprometerse con cambios antipáticos en lo que es, al fin y al cabo, un año electoral. A menos que modifiquen su actitud, el país no tardará en encontrarse nuevamente donde estuvo en setiembre pasado, pero con la diferencia de que en la próxima ocasión, como han estado advirtiéndole los funcionarios fondomonetaristas y otros, nadie en sus cabales estaría dispuesto a prestarle un solo centavo.

Buena parte de la ciudadanía coincide con los dirigentes extranjeros en que nuestra clase política no es de fiar aunque, claro está, sus críticas tienen más que ver con la corrupción endémica, el despilfarro, el corporativismo egoísta, la inoperancia administrativa y la falta de “imaginación” que en su opinión la caracterizan, que con su negativa a apoyar con el vigor preciso un programa económico que muchos han denunciado reiteradamente por “neoliberal”. Sin embargo, la contradicción así supuesta es sólo aparente. En última instancia, lo que tanto los funcionarios de los países desarrollados, incluyendo a los gobernados por socialistas, como los integrantes de una clase media empobrecida y confundida critican es el escaso compromiso del grueso de los políticos con el bienestar del conjunto. Son irresponsables por instinto. Más interesados en repartir “espacios de poder”, en proteger a sus respectivas clientelas y en tener acceso a “cajas” repletas de dinero, muchos “dirigentes” parecen creer que el modelo económico existente ya es tan exageradamente capitalista que, lejos de intentar sanearlo para que funcione mejor, deberían tratar de devolverlo a su estado premenemista y que, de todos modos, la manera más eficaz de defender a “la gente” consistiría en frustrar todas las reformas impulsadas por el gobierno del presidente Fernando de la Rúa. Desde luego, de imponerse dicha actitud, el brote de optimismo con el cual el año ha comenzado se verá seguido por una nueva crisis más severa que la anterior, de la cual el país tenga que salir con sus propios recursos porque nadie quisiera darle una mano.


Aunque en su reunión del 12 de enero los directores del Fondo Monetario Internacional aprobaron aquel “blindaje financiero” de casi 40.000 millones de dólares destinado a salvarnos del colapso, algunos no intentaron ocultar su preocupación por el “riesgo moral” que supone, o sea, del peligro de que la clase dirigente local se acostumbre a la idea de que en los momentos difíciles siempre podrá depender de la buena voluntad del resto del mundo y que por lo tanto siga aferrada al statu quo, resistiéndose a tomar las medidas necesarias para que la economía se haga más productiva. Las dudas de los directores del FMI en cuanto al interés de los políticos criollos en mejorar el desempeño económico del país son lógicas. Mientras que el año pasado la mayoría estaba demasiado obsesionada con sus internas y con sus traumas ideológicos particulares como para sentirse alarmada por el abismo que se abría frente al país, razón por la cual reaccionó ante la llegada del blindaje con indiferencia evidente, durante las primeras semanas del 2001 muchos se han dedicado a buscar pretextos para oponerse a los esfuerzos del gobierno por cumplir con el programa económico acordado con el FMI y las instituciones que aportaron el dinero. Puede que la actitud de estos políticos les reporte algunas ventajas políticas personales, pero si logran jaquear al gobierno las consecuencias para el país serán con toda seguridad nefastas.

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