Año perdido

Gracias a las muchas frustraciones que repartió el año 2000, una proporción grande de la ciudadanía ya entiende mucho mejor la magnitud de la crisis nacional.

Redacción

Por Redacción

Vivimos en una época dominada por economistas acostumbrados a medir lo que a su entender es el progreso con estadísticas sospechosamente precisas, de suerte que acaso sea lógico que tanto ellos como los demás hayan coincidido en que para América Latina los años ochenta fueron “la década perdida” porque en aquel lapso apenas aumentó el producto per cápita de la mayoría de los países. Del mismo modo, muchos, convencidos de que crecimiento macroeconómico es sinónimo de cambio, creerán que en la Argentina por lo menos el 2000 fue un “año perdido” en que, como acaba de anunciar el gobierno, el producto bruto se achicó el 0,2 por ciento. Sin embargo, desde el punto de vista de los preocupados por la evolución a largo plazo de las distintas sociedades, los períodos de estancamiento del producto global no suelen ser tan letárgicos como suponen los fascinados por los números. Por el contrario, pueden resultar más interesantes que los caracterizados por el crecimiento rápido porque en ellos se producen aquellos cambios culturales que más tarde dan pie ya a avances sostenibles, ya confirman que el deterioro será irremediable.

En los años ochenta, América Latina en su conjunto experimentó una revolución cultural en la que pueblos enteros abandonaron su fe en ideologías determinadas para abrazar otras. Como es natural, muchos políticos, intelectuales y clérigos aún están de luto por lo que llaman las “utopías” que tanto los habían entusiasmado antes, pasando por alto el hecho de que los esfuerzos por trasladarlas de la teoría al mundo real desembocaran en la guerra sucia, la miseria y el atraso generalizado, mientras que por ahora los frutos de la aplicación de fórmulas presuntamente primermundistas han sido decepcionantes. Con todo, es innegable que en aquella “década perdida” una tradición de siglos se agotó, lo cual posibilitó el comienzo de otra que no se ha consolidado todavía pero que parece destinada a imponerse a la larga.

Es innecesario decir que para la Argentina el 2000 resultó ser un año deprimente, uno en el que el “malhumor de la gente” se hizo sentir con fuerza aún mayor que en 1966, 1976 o en otros años que según cualquier criterio confesable fueron llamativamente más negros. En un lapso muy breve, la ciudadanía perdió confianza en el gobierno de la Alianza y en el presidente Fernando de la Rúa sin por eso sentirse atraída por la oferta peronista, descubrió que para que triunfara la “lucha contra la corrupción” con la cual tantos se habían comprometido sería necesario cambiar radicalmente muchas instituciones políticas y se dio cuenta de que las reformas económicas que había llevado a cabo el gobierno de Carlos Menem en la primera mitad de los años noventa no serían suficientes como para garantizar la prosperidad. Pero si bien muchos parecieron llegar a la conclusión de que dichos reveses constituían evidencia indiscutible de que el país nunca conseguiría funcionar, es probable que tal juicio resulte prematuro y que, lejos de señalar el fin del camino, la toma de conciencia así supuesta nos permita hacer frente a problemas profundos cuya importancia se había minimizado antes.

Para que mejoras de cualquier clase se concreten, es forzoso reconocer primero que realmente sean necesarias, pero hasta mediados del año pasado demasiados actuaron como si creyeran que la corrupción sistemática, la ineficiencia, los costos impresionantes de “la política”, el estado lamentable de tantas instituciones y la resistencia terca de casi todos los “dirigentes” a modificar idearios absurdamente anticuados, fueran temas meramente anecdóticos. Pues bien: a esta altura, pocos pensarán de manera tan ligera. Gracias a las muchas frustraciones que repartió el año 2000, una proporción con toda seguridad muy grande de la ciudadanía ya entiende mucho mejor la magnitud de la crisis nacional. Puede que pocos sepan cómo atenuarla, pero por primera vez en mucho tiempo tanto la población general como los jefes más lúcidos del gobierno parecen dar por descontado que es urgente emprender un programa de reformas ambiciosas, motivo por el cual sería razonable prever que los próximos años nos brinden muchas sorpresas políticas y económicas gratas que de haberse sentido la mayoría conforme con el statu quo no se hubieran producido.


Vivimos en una época dominada por economistas acostumbrados a medir lo que a su entender es el progreso con estadísticas sospechosamente precisas, de suerte que acaso sea lógico que tanto ellos como los demás hayan coincidido en que para América Latina los años ochenta fueron “la década perdida” porque en aquel lapso apenas aumentó el producto per cápita de la mayoría de los países. Del mismo modo, muchos, convencidos de que crecimiento macroeconómico es sinónimo de cambio, creerán que en la Argentina por lo menos el 2000 fue un “año perdido” en que, como acaba de anunciar el gobierno, el producto bruto se achicó el 0,2 por ciento. Sin embargo, desde el punto de vista de los preocupados por la evolución a largo plazo de las distintas sociedades, los períodos de estancamiento del producto global no suelen ser tan letárgicos como suponen los fascinados por los números. Por el contrario, pueden resultar más interesantes que los caracterizados por el crecimiento rápido porque en ellos se producen aquellos cambios culturales que más tarde dan pie ya a avances sostenibles, ya confirman que el deterioro será irremediable.

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