Grescas opositoras

Redacción

Por Redacción

Que los rivales del vicepresidente y precandidato presidencial Julio Cobos quieran privarlo de la popularidad que lo ha acompañado desde que su voto “no positivo” en el Senado cambió el panorama nacional puede entenderse. Al fin y al cabo, la política es así en todas partes. Pero acaso convendría que los más molestos por el protagonismo de Cobos, personajes como la jefa de Coalición Cívica-ARI, Elisa Carrió, y el ex titular de la UCR, Gerardo Morales, asumieran una actitud menos agresiva hacia el mendocino, ya que a esta altura deberían haberse dado cuenta de que sus intentos constantes de desprestigiarlo han causado más daño a la oposición centroizquierdista en su conjunto que al blanco de sus andanadas. Es en buena medida debido a la incapacidad evidente de la UCR y agrupaciones afines para brindar una impresión de coherencia interna que el clima político se ha hecho tan insalubre. Aunque hay un consenso en que, si bien el ciclo kirchnerista terminó hace más de un año, sería mejor que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner concluyera la gestión en la fecha establecida por la Constitución nacional, pocos confían en que el próximo gobierno resulte capaz de enfrentar con éxito la plétora de problemas graves que con toda seguridad heredará. Para tener alguna posibilidad de hacerlo, necesitaría contar con el respaldo de la mayor parte del arco opositor, pero a menos que los dirigentes de las diversas facciones aprendan a convivir, el gobierno próximo se verá hostigado no sólo por el kirchnerismo residual sino también por enemigos internos rencorosos, tal y como le sucedió al aliancista cuando Fernando de la Rúa ocupaba la Casa Rosada. Dadas las circunstancias, lo lógico sería que la UCR, cuya recuperación aparente se vio facilitada por la transformación imprevista del correligionario disidente Cobos en el político más popular del país, procurara aprovechar el golpe de suerte así supuesto. Aunque el líder actual del partido, Ernesto Sanz, parece dispuesto a aceptar que la situación en la que se encuentra Cobos, quien se las ha arreglado para ser a un tiempo vicepresidente de la Nación y el referente opositor más respetado, es ventajosa para el radicalismo, otros dirigentes, encabezados por Morales, quisieran obligarlo a renunciar a la vicepresidencia no porque les preocupe asuntos como la eventual ambigüedad institucional, sino porque no les gusta para nada que siga disfrutando de la aprobación de buena parte del electorado. Tal postura sería comprensible si otro radical estuviera en condiciones de reemplazar a Cobos como favorito para suceder a Cristina en la presidencia, pero por ahora no hay ninguna. De hundirse Cobos, pues, el radicalismo estaría entre las víctimas del naufragio. La antipatía que Elisa Carrió siente por Cobos es más comprensible, ya que la ex radical lidera una agrupación rival, pero sus ataques virulentos no le han servido para mucho más que convencer incluso a sus partidarios de que es demasiado arbitraria, y demasiado propensa a privilegiar sus prejuicios personales, como para desempeñar un papel que no sea el de una comentarista aguda. Por cierto, sus intentos de descalificar a Cobos por haber compartido la fórmula electoral ganadora con Cristina no han hecho mella en la popularidad del vicepresidente. Lo que sí ha hecho Carrió es ayudar a difundir la sensación de que la oposición es “una bolsa de gatos” cuyos integrantes están más interesados en herir a sus compañeros que en conformar una alternativa viable para un gobierno congénitamente miope que se agotó hace tiempo y que, desde entonces, está procurando desesperadamente reconciliarse con el resto de la sociedad. Es por supuesto normal y legítimo que quienes tienen dudas en cuanto a la idoneidad de Cobos prefieran que otro se erija en el representante principal del espacio político que ocupan, pero sería positivo que a veces dieran prioridad a temas más urgentes, empezando con el peligro planteado por la voluntad patente de los Kirchner de continuar aumentando el gasto público sin pensar en las consecuencias para el país de la orgía despilfarradora que, por motivos electoralistas, se han propuesto, y por el desprecio por las normas institucionales que es la característica más notable de la pareja santacruceña.


Que los rivales del vicepresidente y precandidato presidencial Julio Cobos quieran privarlo de la popularidad que lo ha acompañado desde que su voto “no positivo” en el Senado cambió el panorama nacional puede entenderse. Al fin y al cabo, la política es así en todas partes. Pero acaso convendría que los más molestos por el protagonismo de Cobos, personajes como la jefa de Coalición Cívica-ARI, Elisa Carrió, y el ex titular de la UCR, Gerardo Morales, asumieran una actitud menos agresiva hacia el mendocino, ya que a esta altura deberían haberse dado cuenta de que sus intentos constantes de desprestigiarlo han causado más daño a la oposición centroizquierdista en su conjunto que al blanco de sus andanadas. Es en buena medida debido a la incapacidad evidente de la UCR y agrupaciones afines para brindar una impresión de coherencia interna que el clima político se ha hecho tan insalubre. Aunque hay un consenso en que, si bien el ciclo kirchnerista terminó hace más de un año, sería mejor que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner concluyera la gestión en la fecha establecida por la Constitución nacional, pocos confían en que el próximo gobierno resulte capaz de enfrentar con éxito la plétora de problemas graves que con toda seguridad heredará. Para tener alguna posibilidad de hacerlo, necesitaría contar con el respaldo de la mayor parte del arco opositor, pero a menos que los dirigentes de las diversas facciones aprendan a convivir, el gobierno próximo se verá hostigado no sólo por el kirchnerismo residual sino también por enemigos internos rencorosos, tal y como le sucedió al aliancista cuando Fernando de la Rúa ocupaba la Casa Rosada. Dadas las circunstancias, lo lógico sería que la UCR, cuya recuperación aparente se vio facilitada por la transformación imprevista del correligionario disidente Cobos en el político más popular del país, procurara aprovechar el golpe de suerte así supuesto. Aunque el líder actual del partido, Ernesto Sanz, parece dispuesto a aceptar que la situación en la que se encuentra Cobos, quien se las ha arreglado para ser a un tiempo vicepresidente de la Nación y el referente opositor más respetado, es ventajosa para el radicalismo, otros dirigentes, encabezados por Morales, quisieran obligarlo a renunciar a la vicepresidencia no porque les preocupe asuntos como la eventual ambigüedad institucional, sino porque no les gusta para nada que siga disfrutando de la aprobación de buena parte del electorado. Tal postura sería comprensible si otro radical estuviera en condiciones de reemplazar a Cobos como favorito para suceder a Cristina en la presidencia, pero por ahora no hay ninguna. De hundirse Cobos, pues, el radicalismo estaría entre las víctimas del naufragio. La antipatía que Elisa Carrió siente por Cobos es más comprensible, ya que la ex radical lidera una agrupación rival, pero sus ataques virulentos no le han servido para mucho más que convencer incluso a sus partidarios de que es demasiado arbitraria, y demasiado propensa a privilegiar sus prejuicios personales, como para desempeñar un papel que no sea el de una comentarista aguda. Por cierto, sus intentos de descalificar a Cobos por haber compartido la fórmula electoral ganadora con Cristina no han hecho mella en la popularidad del vicepresidente. Lo que sí ha hecho Carrió es ayudar a difundir la sensación de que la oposición es “una bolsa de gatos” cuyos integrantes están más interesados en herir a sus compañeros que en conformar una alternativa viable para un gobierno congénitamente miope que se agotó hace tiempo y que, desde entonces, está procurando desesperadamente reconciliarse con el resto de la sociedad. Es por supuesto normal y legítimo que quienes tienen dudas en cuanto a la idoneidad de Cobos prefieran que otro se erija en el representante principal del espacio político que ocupan, pero sería positivo que a veces dieran prioridad a temas más urgentes, empezando con el peligro planteado por la voluntad patente de los Kirchner de continuar aumentando el gasto público sin pensar en las consecuencias para el país de la orgía despilfarradora que, por motivos electoralistas, se han propuesto, y por el desprecio por las normas institucionales que es la característica más notable de la pareja santacruceña.

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