Liderazgo mediático
Todo político que se precie sabe que, frente a un desastre de cualquier tipo, le conviene ponerse a la cabeza de los esfuerzos por minimizar sus efectos. Aun cuando su propia presencia, y la de otros funcionarios y de los equipos periodísticos convocados para informar al público de sus proezas, sólo sirva para estorbar a quienes cumplen tareas prácticas y por lo tanto hacer todavía más difícil la situación de los damnificados, no será de su interés correr el riesgo de dar una impresión de indiferencia o incapacidad, entregando así a sus adversarios pretextos para atacarlo. Parecería que el jefe del Gobierno porteño, Mauricio Macri, se ha permitido olvidar esta verdad sencilla. No fue su culpa que la ciudad que administra se haya inundado dos veces en pocos días y que la infraestructura penosamente anticuada haya mostrado nuevamente sus muchas deficiencias, pero por ser un político preocupado por su propia imagen era de suponer que procuraría aprovechar lo ocurrido desempeñando el papel de rescatista en jefe y, cuando no, de vecino solidario. Sin embargo, para desconcierto de sus colaboradores, Macri optó por no interrumpir sus vacaciones en Córdoba, regalando de este modo a los resueltos a debilitarlo una oportunidad para hacer gala de la indignación que dicen sentir por su actitud prescindente. Sucede que cuando de la política se trata, las apariencias suelen influir mucho más que la mera realidad. Lo descubrió el en aquel entonces presidente norteamericano George W. Bush cuando el huracán Katrina devastó la ciudad de Nueva Orleans: aunque los responsables de enfrentar el desastre eran las autoridades del Estado de Louisiana, Bush tuvo que pagar los costos políticos no sólo de los daños provocados sino también de los supuestos por los problemas sociales de una jurisdicción que está entre las más atribuladas de su país. Asimismo, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, se anotó algunos puntos de popularidad por haber visitado Haití poco después del terremoto, mientras que quien en teoría es su equivalente europea, Catherine Ashton, fue criticada con dureza por no haberla emulado aunque, como señaló, en términos prácticos tal gesto no hubiera servido para nada. En la actualidad, los dirigentes políticos tienen que ser capaces de asegurarle a la gente que, pase lo que pasare, estarán a la altura de sus responsabilidades, incluyendo a las simbólicas. Ninguna sociedad puede funcionar bien a menos que la mayoría confíe en que quienes ocupan puestos jerárquicos están en condiciones de manejar las variables básicas o que, cuando resulta evidente que no lo están, que son más capaces que otros de encargarse de la recuperación. Por lo demás, un dirigente ambicioso como Macri no puede darse el lujo de parecer insensible. Uno de sus antecesores, Aníbal Ibarra, se hundió al difundir la impresión de que en verdad no se había sentido conmovido por la tragedia de Cromañón y que lo único que le importaba era su eventual impacto político. Otro que pagó un precio político por su pasividad en aquella ocasión fue el presidente Néstor Kirchner, aunque tendría que transcurrir cierto tiempo antes de que su negativa a reaccionar se viera agregada a la lista de razones por las que cayeron precipitadamente sus índices de popularidad. Por injusto que les parezca a personas como Macri, tanto aquí como en cualquier parte del mundo, ser un presidenciable es un trabajo de tiempo completo. Un político ambicioso siempre tiene que desempeñar el rol de líder, aun cuando hacerlo lo obligue a interrumpir sus vacaciones, emprender tareas que sepa inútiles y tomar muy en serio los problemas de la gente, aunque sea consciente de que no le será dado solucionarlos. Si bien las inundaciones que millones de porteños tuvieron que soportar constituyeron un desastre menor en comparación con los sufridos por otras grandes ciudades en los años últimos, el que Macri apenas haya intentado hacer pensar que haría cuanto resultara necesario para ayudar a los afectados y asegurar que en el futuro los estragos causados por un nuevo diluvio fueran más manejables lo ha perjudicado mucho al plantear dudas en cuanto a su capacidad para gobernar el país luego del fin definitivo de la etapa protagonizada por los Kirchner.
Todo político que se precie sabe que, frente a un desastre de cualquier tipo, le conviene ponerse a la cabeza de los esfuerzos por minimizar sus efectos. Aun cuando su propia presencia, y la de otros funcionarios y de los equipos periodísticos convocados para informar al público de sus proezas, sólo sirva para estorbar a quienes cumplen tareas prácticas y por lo tanto hacer todavía más difícil la situación de los damnificados, no será de su interés correr el riesgo de dar una impresión de indiferencia o incapacidad, entregando así a sus adversarios pretextos para atacarlo. Parecería que el jefe del Gobierno porteño, Mauricio Macri, se ha permitido olvidar esta verdad sencilla. No fue su culpa que la ciudad que administra se haya inundado dos veces en pocos días y que la infraestructura penosamente anticuada haya mostrado nuevamente sus muchas deficiencias, pero por ser un político preocupado por su propia imagen era de suponer que procuraría aprovechar lo ocurrido desempeñando el papel de rescatista en jefe y, cuando no, de vecino solidario. Sin embargo, para desconcierto de sus colaboradores, Macri optó por no interrumpir sus vacaciones en Córdoba, regalando de este modo a los resueltos a debilitarlo una oportunidad para hacer gala de la indignación que dicen sentir por su actitud prescindente. Sucede que cuando de la política se trata, las apariencias suelen influir mucho más que la mera realidad. Lo descubrió el en aquel entonces presidente norteamericano George W. Bush cuando el huracán Katrina devastó la ciudad de Nueva Orleans: aunque los responsables de enfrentar el desastre eran las autoridades del Estado de Louisiana, Bush tuvo que pagar los costos políticos no sólo de los daños provocados sino también de los supuestos por los problemas sociales de una jurisdicción que está entre las más atribuladas de su país. Asimismo, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, se anotó algunos puntos de popularidad por haber visitado Haití poco después del terremoto, mientras que quien en teoría es su equivalente europea, Catherine Ashton, fue criticada con dureza por no haberla emulado aunque, como señaló, en términos prácticos tal gesto no hubiera servido para nada. En la actualidad, los dirigentes políticos tienen que ser capaces de asegurarle a la gente que, pase lo que pasare, estarán a la altura de sus responsabilidades, incluyendo a las simbólicas. Ninguna sociedad puede funcionar bien a menos que la mayoría confíe en que quienes ocupan puestos jerárquicos están en condiciones de manejar las variables básicas o que, cuando resulta evidente que no lo están, que son más capaces que otros de encargarse de la recuperación. Por lo demás, un dirigente ambicioso como Macri no puede darse el lujo de parecer insensible. Uno de sus antecesores, Aníbal Ibarra, se hundió al difundir la impresión de que en verdad no se había sentido conmovido por la tragedia de Cromañón y que lo único que le importaba era su eventual impacto político. Otro que pagó un precio político por su pasividad en aquella ocasión fue el presidente Néstor Kirchner, aunque tendría que transcurrir cierto tiempo antes de que su negativa a reaccionar se viera agregada a la lista de razones por las que cayeron precipitadamente sus índices de popularidad. Por injusto que les parezca a personas como Macri, tanto aquí como en cualquier parte del mundo, ser un presidenciable es un trabajo de tiempo completo. Un político ambicioso siempre tiene que desempeñar el rol de líder, aun cuando hacerlo lo obligue a interrumpir sus vacaciones, emprender tareas que sepa inútiles y tomar muy en serio los problemas de la gente, aunque sea consciente de que no le será dado solucionarlos. Si bien las inundaciones que millones de porteños tuvieron que soportar constituyeron un desastre menor en comparación con los sufridos por otras grandes ciudades en los años últimos, el que Macri apenas haya intentado hacer pensar que haría cuanto resultara necesario para ayudar a los afectados y asegurar que en el futuro los estragos causados por un nuevo diluvio fueran más manejables lo ha perjudicado mucho al plantear dudas en cuanto a su capacidad para gobernar el país luego del fin definitivo de la etapa protagonizada por los Kirchner.
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