Chile frente a la adversidad
Los chilenos, habitantes de un país ubicado en el “cinturón de fuego” que rodea el océano Pacífico, están familiarizados con los terremotos, pero aun así los tomó por sorpresa el gigantesco sismo, que conforme a los especialistas fue cien veces más poderoso que el que hace poco devastó a Haití, que los sacudió la madrugada del sábado. Según la presidenta Michelle Bachelet, se trata de “una catástrofe de una magnitud impensable… Estamos frente a una emergencia sin parangón en la historia de Chile”, aunque medio siglo antes, en 1960, su país fue asolado por un terremoto de 9,5 grados en la escala de Richter, el mayor que se ha registrado hasta ahora, mientras que en 1939 uno de menor intensidad que el del sábado causó la muerte de 28.000 personas. No es que los chilenos hayan olvidado tales desastres, sino que ningún pueblo puede vivir pensando que en cualquier momento podría ser víctima de un cataclismo natural de dimensiones apenas concebibles. Así y todo, nuestros vecinos están mejor preparados para enfrentar desastres enormes de este tipo que otros que, por no encontrarse en zonas consideradas vulnerables, se creen a salvo de tales catástrofes. En esta ocasión, se prevé que el saldo de muertes supere ampliamente el millar y que, en el corto plazo, los costos económicos sean colosales, si bien no es del todo probable que la incidencia de éstos resulte tan grave como algunos vaticinan ya que, por perverso que parezca, las tareas de reconstrucción actuarán como un estímulo. De todos modos, el gobierno de Bachelet, el que dentro de dos semanas será sucedido por otro encabezado por Sebastián Piñera, tiene dos prioridades: organizar en seguida la ayuda humanitaria para los millones que no pueden arriesgarse regresando a sus viviendas y frenar los saqueos masivos. Dadas las circunstancias, no tuvo más alternativa que convocar a las fuerzas armadas para que se encargaran de restaurar cierta seguridad, de ahí el toque de queda que rige en las ciudades principales. Aunque puede entenderse que gente hambrienta haya asaltado a supermercados en busca de lo necesario para sobrevivir, algunos han aprovechado una oportunidad para robar televisores y otros artefactos. Para impedir que las zonas afectadas caigan en la anarquía criminal, las autoridades chilenas se han visto obligadas a ordenar medidas que en nuestro país serían denunciadas por represivas y por lo tanto ilegítimas. Con todo, mal que les pese a los resueltos a mantener marginadas a las fuerzas armadas, de producirse una situación similar aquí, como podría ocurrir en provincias andinas como Mendoza, San Juan y Salta, la reacción oficial tendría que ser virtualmente idéntica. En las horas que siguieron al terremoto, Bachelet y otros voceros del gobierno chileno afirmaron que por contar con los medios necesarios Chile no precisaría de la colaboración ajena, pero después cambiaron de opinión, sin duda por entender que sería insensato permitir que el orgullo nacional privara a los damnificados de la ayuda de los equipos de rescate experimentados y los hospitales de campaña que podrían suministrar otros países, incluyendo, desde luego, al nuestro. Así y todo, si bien en la fase inicial de la emergencia la ayuda extranjera resultará imprescindible, la recuperación posterior dependerá por completo de los chilenos mismos. Por fortuna, parecen ser plenamente capaces de superar esta catástrofe como ya han hecho muchas veces en el pasado reciente. Chile no es Haití. A diferencia del paupérrimo y habitualmente caótico país caribeño, posee los recursos económicos, administrativos y humanos necesarios para salir adelante en un lapso relativamente breve. El saldo pavoroso del terremoto haitiano –se habla de más de 300.000 muertos y de una cantidad incalculable de heridos gravísimos– puede atribuirse en parte a que el epicentro fue en una zona hacinada, pero también se debió a la precariedad extrema de casi todos los edificios. En Chile, en cambio, la mayoría está construida para resistir a los temblores frecuentes, y si bien muchos monobloques relativamente nuevos se agrietaron debido al choque, si tomamos en cuenta la magnitud del “megasismo” parece milagroso que las víctimas no se cuenten por centenares de miles, como con toda seguridad hubiera sido el caso en otras partes del mundo como China e incluso países desarrollados como Italia.
Los chilenos, habitantes de un país ubicado en el “cinturón de fuego” que rodea el océano Pacífico, están familiarizados con los terremotos, pero aun así los tomó por sorpresa el gigantesco sismo, que conforme a los especialistas fue cien veces más poderoso que el que hace poco devastó a Haití, que los sacudió la madrugada del sábado. Según la presidenta Michelle Bachelet, se trata de “una catástrofe de una magnitud impensable… Estamos frente a una emergencia sin parangón en la historia de Chile”, aunque medio siglo antes, en 1960, su país fue asolado por un terremoto de 9,5 grados en la escala de Richter, el mayor que se ha registrado hasta ahora, mientras que en 1939 uno de menor intensidad que el del sábado causó la muerte de 28.000 personas. No es que los chilenos hayan olvidado tales desastres, sino que ningún pueblo puede vivir pensando que en cualquier momento podría ser víctima de un cataclismo natural de dimensiones apenas concebibles. Así y todo, nuestros vecinos están mejor preparados para enfrentar desastres enormes de este tipo que otros que, por no encontrarse en zonas consideradas vulnerables, se creen a salvo de tales catástrofes. En esta ocasión, se prevé que el saldo de muertes supere ampliamente el millar y que, en el corto plazo, los costos económicos sean colosales, si bien no es del todo probable que la incidencia de éstos resulte tan grave como algunos vaticinan ya que, por perverso que parezca, las tareas de reconstrucción actuarán como un estímulo. De todos modos, el gobierno de Bachelet, el que dentro de dos semanas será sucedido por otro encabezado por Sebastián Piñera, tiene dos prioridades: organizar en seguida la ayuda humanitaria para los millones que no pueden arriesgarse regresando a sus viviendas y frenar los saqueos masivos. Dadas las circunstancias, no tuvo más alternativa que convocar a las fuerzas armadas para que se encargaran de restaurar cierta seguridad, de ahí el toque de queda que rige en las ciudades principales. Aunque puede entenderse que gente hambrienta haya asaltado a supermercados en busca de lo necesario para sobrevivir, algunos han aprovechado una oportunidad para robar televisores y otros artefactos. Para impedir que las zonas afectadas caigan en la anarquía criminal, las autoridades chilenas se han visto obligadas a ordenar medidas que en nuestro país serían denunciadas por represivas y por lo tanto ilegítimas. Con todo, mal que les pese a los resueltos a mantener marginadas a las fuerzas armadas, de producirse una situación similar aquí, como podría ocurrir en provincias andinas como Mendoza, San Juan y Salta, la reacción oficial tendría que ser virtualmente idéntica. En las horas que siguieron al terremoto, Bachelet y otros voceros del gobierno chileno afirmaron que por contar con los medios necesarios Chile no precisaría de la colaboración ajena, pero después cambiaron de opinión, sin duda por entender que sería insensato permitir que el orgullo nacional privara a los damnificados de la ayuda de los equipos de rescate experimentados y los hospitales de campaña que podrían suministrar otros países, incluyendo, desde luego, al nuestro. Así y todo, si bien en la fase inicial de la emergencia la ayuda extranjera resultará imprescindible, la recuperación posterior dependerá por completo de los chilenos mismos. Por fortuna, parecen ser plenamente capaces de superar esta catástrofe como ya han hecho muchas veces en el pasado reciente. Chile no es Haití. A diferencia del paupérrimo y habitualmente caótico país caribeño, posee los recursos económicos, administrativos y humanos necesarios para salir adelante en un lapso relativamente breve. El saldo pavoroso del terremoto haitiano –se habla de más de 300.000 muertos y de una cantidad incalculable de heridos gravísimos– puede atribuirse en parte a que el epicentro fue en una zona hacinada, pero también se debió a la precariedad extrema de casi todos los edificios. En Chile, en cambio, la mayoría está construida para resistir a los temblores frecuentes, y si bien muchos monobloques relativamente nuevos se agrietaron debido al choque, si tomamos en cuenta la magnitud del “megasismo” parece milagroso que las víctimas no se cuenten por centenares de miles, como con toda seguridad hubiera sido el caso en otras partes del mundo como China e incluso países desarrollados como Italia.
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