Conflicto sin solución a la vista

Redacción

Por Redacción

Como tantos otros presidentes norteamericanos, antes de iniciar su gestión Barack Obama creyó que le sería relativamente fácil obligar a los israelíes y los árabes palestinos a superar sus diferencias, pero ya se habrá dado cuenta de que es poco probable que logre encontrar una solución para un conflicto que en cualquier momento podría desatar una gran guerra regional cuyas repercusiones se harían sentir en el mundo entero. Será por la frustración que siente que el gobierno norteamericano reaccionó con tanta furia frente al anuncio de que los israelíes se proponían construir 1.600 viviendas en Jerusalén oriental, interpretándolo como un insulto porque coincidió con la presencia en Israel del vicepresidente Joseph Biden en un esfuerzo por reiniciar el llamado “proceso de paz” apadrinado por Estados Unidos. Por un rato, se dio por descontado que la relación de Israel con su aliado más importante estaba al borde de la ruptura, pero en los días siguientes los dos gobiernos insistieron en minimizar el significado de lo que el ministro de Seguridad israelí, Yitzhak Aharonovitch, de visita en nuestro país, calificó de una “rencilla” más. Mientras que a los israelíes no les convendría en absoluto agregar a su lista de enemigos a Obama, éste sabe que la mayoría abrumadora de los norteamericanos apoya a Israel en su lucha por sobrevivir. Si la tensión creciente en el Medio Oriente se debiera a nada más grave que la construcción de más casas en la capital israelí, reducirla sería bastante sencillo. También lo sería si todo dependiera del destino de los asentamientos israelíes en territorios de Cisjordania que en el futuro podrían formar parte de un Estado palestino independiente, a menos que lo que tengan en mente los eventuales gobernantes sea “limpiarlos” antes de judíos. Sin embargo, aunque los norteamericanos y europeos insisten en tratar el enfrentamiento entre israelíes y árabes como una disputa territorial que podría resolverse mediante concesiones mutuas, la realidad es mucho más complicada. Virtualmente todos los líderes de los países musulmanes, incluyendo los tan lejanos del Medio Oriente como Malasia y Pakistán, quieren el desmantelamiento definitivo del Estado judío. Si bien pocos reclaman en público su aniquilación inmediata como suele hacer el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, comparten su opinión de que Israel es un injerto ajeno en el mundo musulmán que no tiene derecho a existir. La diferencia entre “moderados” y “extremistas” consiste en que aquellos dicen querer eliminarlo por medios más o menos pacíficos, mientras que éstos no ocultan su deseo de destruirlo por la fuerza. Para los israelíes, pues, lo que está en juego es su propia supervivencia, razón por la que los alarma tanto la voluntad patente del régimen teocrático iraní de conseguir un arsenal nuclear lo antes posible. En cambio, para los norteamericanos y europeos lo prioritario es apaciguar a los árabes y a los iraníes cuya hostilidad hacia el Occidente atribuyen a su apoyo a Israel. Por este motivo, presionan a los israelíes para que hagan concesiones dolorosas, asegurándoles que les permitirían alcanzar la paz que tanto ellos como sus putativos amigos anhelan. Durante muchos años una serie de gobiernos israelíes, incluyendo el del “halcón” Ariel Sharon, se mostró dispuesta a colaborar, pero parecería que el encabezado por Netanyahu entiende que la política conciliatoria es contraproducente. Si cede, sus enemigos se las ingeniarán para reclamar más; si se resiste, será denunciado tanto en el mundo musulmán como en buena parte del Occidente por su intransigencia belicosa. Asimismo, al difundirse la convicción de que Obama está menos comprometido con el destino de Israel de lo que estaban sus antecesores en la Casa Blanca, se ha intensificado la sensación de que es sólo una cuestión de tiempo antes de que estalle una nueva guerra equiparable con la de “los seis días” de 1967 y la de “Yom Kipur” de 1973. Huelga decir que el riesgo de que ello suceda aumentará mucho en cuanto Irán se haya convertido en una potencia nuclear, una eventualidad a la que Obama parece haberse resignado pero que los israelíes aún podrían intentar demorar emprendiendo un ataque preventivo comparable a aquel de junio de 1981 en que la aviación israelí destruyó la central nuclear iraquí de Osirak.


Como tantos otros presidentes norteamericanos, antes de iniciar su gestión Barack Obama creyó que le sería relativamente fácil obligar a los israelíes y los árabes palestinos a superar sus diferencias, pero ya se habrá dado cuenta de que es poco probable que logre encontrar una solución para un conflicto que en cualquier momento podría desatar una gran guerra regional cuyas repercusiones se harían sentir en el mundo entero. Será por la frustración que siente que el gobierno norteamericano reaccionó con tanta furia frente al anuncio de que los israelíes se proponían construir 1.600 viviendas en Jerusalén oriental, interpretándolo como un insulto porque coincidió con la presencia en Israel del vicepresidente Joseph Biden en un esfuerzo por reiniciar el llamado “proceso de paz” apadrinado por Estados Unidos. Por un rato, se dio por descontado que la relación de Israel con su aliado más importante estaba al borde de la ruptura, pero en los días siguientes los dos gobiernos insistieron en minimizar el significado de lo que el ministro de Seguridad israelí, Yitzhak Aharonovitch, de visita en nuestro país, calificó de una “rencilla” más. Mientras que a los israelíes no les convendría en absoluto agregar a su lista de enemigos a Obama, éste sabe que la mayoría abrumadora de los norteamericanos apoya a Israel en su lucha por sobrevivir. Si la tensión creciente en el Medio Oriente se debiera a nada más grave que la construcción de más casas en la capital israelí, reducirla sería bastante sencillo. También lo sería si todo dependiera del destino de los asentamientos israelíes en territorios de Cisjordania que en el futuro podrían formar parte de un Estado palestino independiente, a menos que lo que tengan en mente los eventuales gobernantes sea “limpiarlos” antes de judíos. Sin embargo, aunque los norteamericanos y europeos insisten en tratar el enfrentamiento entre israelíes y árabes como una disputa territorial que podría resolverse mediante concesiones mutuas, la realidad es mucho más complicada. Virtualmente todos los líderes de los países musulmanes, incluyendo los tan lejanos del Medio Oriente como Malasia y Pakistán, quieren el desmantelamiento definitivo del Estado judío. Si bien pocos reclaman en público su aniquilación inmediata como suele hacer el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, comparten su opinión de que Israel es un injerto ajeno en el mundo musulmán que no tiene derecho a existir. La diferencia entre “moderados” y “extremistas” consiste en que aquellos dicen querer eliminarlo por medios más o menos pacíficos, mientras que éstos no ocultan su deseo de destruirlo por la fuerza. Para los israelíes, pues, lo que está en juego es su propia supervivencia, razón por la que los alarma tanto la voluntad patente del régimen teocrático iraní de conseguir un arsenal nuclear lo antes posible. En cambio, para los norteamericanos y europeos lo prioritario es apaciguar a los árabes y a los iraníes cuya hostilidad hacia el Occidente atribuyen a su apoyo a Israel. Por este motivo, presionan a los israelíes para que hagan concesiones dolorosas, asegurándoles que les permitirían alcanzar la paz que tanto ellos como sus putativos amigos anhelan. Durante muchos años una serie de gobiernos israelíes, incluyendo el del “halcón” Ariel Sharon, se mostró dispuesta a colaborar, pero parecería que el encabezado por Netanyahu entiende que la política conciliatoria es contraproducente. Si cede, sus enemigos se las ingeniarán para reclamar más; si se resiste, será denunciado tanto en el mundo musulmán como en buena parte del Occidente por su intransigencia belicosa. Asimismo, al difundirse la convicción de que Obama está menos comprometido con el destino de Israel de lo que estaban sus antecesores en la Casa Blanca, se ha intensificado la sensación de que es sólo una cuestión de tiempo antes de que estalle una nueva guerra equiparable con la de “los seis días” de 1967 y la de “Yom Kipur” de 1973. Huelga decir que el riesgo de que ello suceda aumentará mucho en cuanto Irán se haya convertido en una potencia nuclear, una eventualidad a la que Obama parece haberse resignado pero que los israelíes aún podrían intentar demorar emprendiendo un ataque preventivo comparable a aquel de junio de 1981 en que la aviación israelí destruyó la central nuclear iraquí de Osirak.

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