Paro legislativo

Redacción

Por Redacción

Si bien hoy en día virtualmente todos dicen respetar el derecho de los obreros a declararse en huelga aunque sea por motivos caprichosos, muchos son reacios a permitir que los emulen los legisladores, de ahí las protestas airadas que ha motivado la decisión de los senadores kirchneristas de boicotear días atrás las sesiones. Para el presidente de la UCR, Ernesto Sanz, “no hay nada más antidemocrático que su actitud”, razón por la que “a los senadores que no vengan a la próxima sesión hay que descontarles la dieta y en la siguiente traerlos con la fuerza pública”. Puesto que la fuerza pública se ve manejada por integrantes del gobierno kirchnerista que la usan para hostigar –de manera indirecta, es verdad– a jueces díscolos, no es demasiado probable que colabore así con Sanz en su esfuerzo por obligar a trabajar a los senadores oficialistas, pero puede entenderse la frustración que con toda seguridad siente. Para que la democracia funcione, es necesario que los elegidos por el voto popular cumplan con su deber mínimo de participar en los debates parlamentarios. Al negarse a hacerlo, atentaban contra el sistema político que suelen reivindicar y que les asegura un ingreso que es más que aceptable, además, claro está, de los beneficios supuestos por un régimen jubilatorio privilegiado y por los siempre bienvenidos “fueros” que forman una parte valiosa de su haber. En opinión de Sanz y del jefe del bloque radical en el Senado, Gerardo Morales, lo que quieren los Kirchner es clausurar el Congreso. Aunque el método usado es menos truculento que el empleado en su momento por quien fuera presidente de Perú, Alberto Fujimori, está resultando aún más eficaz, ya que las acusaciones virulentas formuladas por los adversarios pueden atribuirse al rencor propio de integrantes de una oposición dividida que no ha sabido aprovechar su hipotética superioridad numérica. Toda vez que estaba por celebrarse una sesión, por lo menos un senador –a menudo se trata del ex presidente Carlos Menem– encontraba un buen pretexto para ausentarse. Puesto que en ocasiones las excusas pueden considerarse legítimas, ya que es de dominio público que la salud de Menem es precaria y que en ocasiones otros senadores presuntamente opositores tendrán buenos motivos para no asistir, solucionar el problema así supuesto no será del todo fácil hasta que más legisladores opten por cambiar de bando. De disponer de una mayoría segura, Néstor Kirchner no vacilaría un solo minuto en permitir que el Senado sesionara. De estar en condiciones la oposición de formar un quórum propio, al gobierno no le quedaría más alternativa que la de vetar aquellas leyes que no sean de su agrado. De todos modos, el que dirigentes radicales tan pacíficos como Sanz y Morales se hayan sentido constreñidos a pensar en emplear la fuerza pública para que la maquinaria democrática se ponga nuevamente en marcha es un síntoma alarmante de la enfermedad que mantiene postrado el sistema político nacional. Los kirchneristas parecen decididos a simplificar todo, marginando el Congreso y presionando sin piedad el Poder Judicial, con el resultado de que el gobierno que encabezan y que manejan a su antojo, tratando a los ministros como sirvientes, se asemeja cada vez más a una dictadura. Se ha creado, pues, una situación peligrosa. La oposición que en su conjunto está respaldada por la mayoría de la población –conforme a las encuestas más recientes, a lo sumo el kirchnerismo se ve apoyado por el 30%– tiene que optar entre resignarse a su propia impotencia, lo que entraña el riesgo de que pierda terreno en los meses próximos, y procurar reaccionar a fin de hacer valer su condición mayoritaria. En tal caso, la incapacidad de imponerse en el Senado, a pesar de contar en teoría con legisladores suficientes, la expondrá a la tentación de probar suerte con tácticas extraparlamentarias, organizando cacerolazos y protestas callejeras, dando comienzo así a una etapa sumamente conflictiva. Al fin y al cabo, desde hace años los Kirchner han estado preparándose para tal eventualidad subsidiando distintas agrupaciones de piqueteros, algunas de las cuales no han intentado ocultar su voluntad de luchar en la calle contra las huestes de la “derecha” oligárquica y golpista que a su entender son los únicos que soñarían con oponerse al gobierno actual.


Si bien hoy en día virtualmente todos dicen respetar el derecho de los obreros a declararse en huelga aunque sea por motivos caprichosos, muchos son reacios a permitir que los emulen los legisladores, de ahí las protestas airadas que ha motivado la decisión de los senadores kirchneristas de boicotear días atrás las sesiones. Para el presidente de la UCR, Ernesto Sanz, “no hay nada más antidemocrático que su actitud”, razón por la que “a los senadores que no vengan a la próxima sesión hay que descontarles la dieta y en la siguiente traerlos con la fuerza pública”. Puesto que la fuerza pública se ve manejada por integrantes del gobierno kirchnerista que la usan para hostigar –de manera indirecta, es verdad– a jueces díscolos, no es demasiado probable que colabore así con Sanz en su esfuerzo por obligar a trabajar a los senadores oficialistas, pero puede entenderse la frustración que con toda seguridad siente. Para que la democracia funcione, es necesario que los elegidos por el voto popular cumplan con su deber mínimo de participar en los debates parlamentarios. Al negarse a hacerlo, atentaban contra el sistema político que suelen reivindicar y que les asegura un ingreso que es más que aceptable, además, claro está, de los beneficios supuestos por un régimen jubilatorio privilegiado y por los siempre bienvenidos “fueros” que forman una parte valiosa de su haber. En opinión de Sanz y del jefe del bloque radical en el Senado, Gerardo Morales, lo que quieren los Kirchner es clausurar el Congreso. Aunque el método usado es menos truculento que el empleado en su momento por quien fuera presidente de Perú, Alberto Fujimori, está resultando aún más eficaz, ya que las acusaciones virulentas formuladas por los adversarios pueden atribuirse al rencor propio de integrantes de una oposición dividida que no ha sabido aprovechar su hipotética superioridad numérica. Toda vez que estaba por celebrarse una sesión, por lo menos un senador –a menudo se trata del ex presidente Carlos Menem– encontraba un buen pretexto para ausentarse. Puesto que en ocasiones las excusas pueden considerarse legítimas, ya que es de dominio público que la salud de Menem es precaria y que en ocasiones otros senadores presuntamente opositores tendrán buenos motivos para no asistir, solucionar el problema así supuesto no será del todo fácil hasta que más legisladores opten por cambiar de bando. De disponer de una mayoría segura, Néstor Kirchner no vacilaría un solo minuto en permitir que el Senado sesionara. De estar en condiciones la oposición de formar un quórum propio, al gobierno no le quedaría más alternativa que la de vetar aquellas leyes que no sean de su agrado. De todos modos, el que dirigentes radicales tan pacíficos como Sanz y Morales se hayan sentido constreñidos a pensar en emplear la fuerza pública para que la maquinaria democrática se ponga nuevamente en marcha es un síntoma alarmante de la enfermedad que mantiene postrado el sistema político nacional. Los kirchneristas parecen decididos a simplificar todo, marginando el Congreso y presionando sin piedad el Poder Judicial, con el resultado de que el gobierno que encabezan y que manejan a su antojo, tratando a los ministros como sirvientes, se asemeja cada vez más a una dictadura. Se ha creado, pues, una situación peligrosa. La oposición que en su conjunto está respaldada por la mayoría de la población –conforme a las encuestas más recientes, a lo sumo el kirchnerismo se ve apoyado por el 30%– tiene que optar entre resignarse a su propia impotencia, lo que entraña el riesgo de que pierda terreno en los meses próximos, y procurar reaccionar a fin de hacer valer su condición mayoritaria. En tal caso, la incapacidad de imponerse en el Senado, a pesar de contar en teoría con legisladores suficientes, la expondrá a la tentación de probar suerte con tácticas extraparlamentarias, organizando cacerolazos y protestas callejeras, dando comienzo así a una etapa sumamente conflictiva. Al fin y al cabo, desde hace años los Kirchner han estado preparándose para tal eventualidad subsidiando distintas agrupaciones de piqueteros, algunas de las cuales no han intentado ocultar su voluntad de luchar en la calle contra las huestes de la “derecha” oligárquica y golpista que a su entender son los únicos que soñarían con oponerse al gobierno actual.

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