Juzgar el pasado

Redacción

Por Redacción

Aunque el “juicio popular” a periodistas ya veteranos acusados de complicidad con el Proceso por Hebe de Bonafini y otros militantes de la versión criolla de la izquierda extrema fue repudiado por casi todo el arco político, parecería que se ha instalado en la sociedad la idea de que fuera un delito imperdonable haber simpatizado en algún momento con el régimen militar en su lucha contra bandas terroristas que hacía años se habían dedicado a robar, secuestrar y asesinar. Sin embargo, dadas las circunstancias imperantes en 1976, era comprensible que buena parte de la población esperara que las fuerzas armadas lograran poner fin al caos sanguinario desatado por los Montoneros y los integrantes del ERP marxista por un lado y, por el otro, la Triple A que fue organizada por el gobierno del general Juan Domingo Perón para combatirlos. De haber estado dispuestos los “políticos civiles” a asumir plena responsabilidad tanto por la lucha antiterrorista como por las reformas económicas drásticas que el país claramente necesitaba, la situación hubiera sido muy distinta, pero sucede que en aquel entonces virtualmente todos daban por descontado que no existía ninguna alternativa a una dictadura militar. En vísperas del golpe, el líder radical Ricardo Balbín afirmó que, si bien a su entender había “una solución”, él no la tenía. Fue lógico, pues, que con escasas excepciones la ciudadanía, acompañada por los medios, se resignara a algunos años de gobierno militar y que la mayoría quisiera creer que el régimen resultante alcanzaría su objetivo declarado de transformar la Argentina en una democracia viable o, como suele decirse en la actualidad, en un “país normal”. Como sabemos, el Proceso fracasó. Puede argüirse que aquellos periodistas y otros que se habían comprometido emotivamente con él deberían haber entendido desde el vamos que permitir a los militares encargarse de eliminar la amenaza terrorista tendría consecuencias catastróficas, ya que a menos que estén bajo el control de políticos y jueces civiles siempre tratarán a sus enemigos con la brutalidad que es habitual en los campos de batalla en que pocos se preocupan por los derechos humanos de los combatientes, pero en vista de la resistencia de los líderes de los partidos efectivamente existentes a ponerse a la altura de sus responsabilidades, sólo cabía esperar que los uniformados reconocieran que no sería de su interés actuar fuera de la ley. Asimismo, aunque andando el tiempo se haría evidente que el régimen y sus partidarios más fervorosos habían exagerado el peligro planteado por los terroristas con el presunto propósito de justificar los crímenes de lesa humanidad que se cometían de manera sistemática, la experiencia internacional reciente había enseñado que regímenes “revolucionarios” conformados por ideólogos parecidos a los líderes de Montoneros, el ERP y otros afines no vacilarían en “liquidar” a decenas, acaso centenares, de miles de personas, razón por la que, antes de la guerra de las Malvinas, sólo una minoría criticaba la “metodología aberrante” que, más tarde, la mayoría abrumadora condenaría. Si de celebrar “juicios populares” de los supuestamente responsables del baño de sangre de los años setenta del siglo pasado se tratara, habría que sentar en el banquillo de los acusados no sólo a periodistas y jueces acusados de “complicidad” con los militares sino también a la mayoría de los líderes peronistas, radicales, izquierdistas y conservadores por crímenes de comisión u omisión, además, debería ser innecesario decirlo, de todos aquellos que habían reivindicado o “comprendido” el terrorismo, de tal modo debilitando las defensas de la sociedad contra el virus de la violencia política. Casi todos los periodistas, jueces y políticos, además de los militares, sí han aprendido algo de los errores que cometieron en un período terriblemente confuso, pero parecería que quienes siguen fantaseando con la victoria de los terroristas no han aprendido nada. Es una suerte que los que se aferran tercamente a un pasado cada vez más alejado constituyan una minoría aislada; de lo contrario, el país correría el riesgo de ver repetirse tragedias como la que hizo tan ignominioso un régimen militar que, durante sus primeros años, fue respaldado por muchos que en la actualidad lo negarían con convicción aparente.


Aunque el “juicio popular” a periodistas ya veteranos acusados de complicidad con el Proceso por Hebe de Bonafini y otros militantes de la versión criolla de la izquierda extrema fue repudiado por casi todo el arco político, parecería que se ha instalado en la sociedad la idea de que fuera un delito imperdonable haber simpatizado en algún momento con el régimen militar en su lucha contra bandas terroristas que hacía años se habían dedicado a robar, secuestrar y asesinar. Sin embargo, dadas las circunstancias imperantes en 1976, era comprensible que buena parte de la población esperara que las fuerzas armadas lograran poner fin al caos sanguinario desatado por los Montoneros y los integrantes del ERP marxista por un lado y, por el otro, la Triple A que fue organizada por el gobierno del general Juan Domingo Perón para combatirlos. De haber estado dispuestos los “políticos civiles” a asumir plena responsabilidad tanto por la lucha antiterrorista como por las reformas económicas drásticas que el país claramente necesitaba, la situación hubiera sido muy distinta, pero sucede que en aquel entonces virtualmente todos daban por descontado que no existía ninguna alternativa a una dictadura militar. En vísperas del golpe, el líder radical Ricardo Balbín afirmó que, si bien a su entender había “una solución”, él no la tenía. Fue lógico, pues, que con escasas excepciones la ciudadanía, acompañada por los medios, se resignara a algunos años de gobierno militar y que la mayoría quisiera creer que el régimen resultante alcanzaría su objetivo declarado de transformar la Argentina en una democracia viable o, como suele decirse en la actualidad, en un “país normal”. Como sabemos, el Proceso fracasó. Puede argüirse que aquellos periodistas y otros que se habían comprometido emotivamente con él deberían haber entendido desde el vamos que permitir a los militares encargarse de eliminar la amenaza terrorista tendría consecuencias catastróficas, ya que a menos que estén bajo el control de políticos y jueces civiles siempre tratarán a sus enemigos con la brutalidad que es habitual en los campos de batalla en que pocos se preocupan por los derechos humanos de los combatientes, pero en vista de la resistencia de los líderes de los partidos efectivamente existentes a ponerse a la altura de sus responsabilidades, sólo cabía esperar que los uniformados reconocieran que no sería de su interés actuar fuera de la ley. Asimismo, aunque andando el tiempo se haría evidente que el régimen y sus partidarios más fervorosos habían exagerado el peligro planteado por los terroristas con el presunto propósito de justificar los crímenes de lesa humanidad que se cometían de manera sistemática, la experiencia internacional reciente había enseñado que regímenes “revolucionarios” conformados por ideólogos parecidos a los líderes de Montoneros, el ERP y otros afines no vacilarían en “liquidar” a decenas, acaso centenares, de miles de personas, razón por la que, antes de la guerra de las Malvinas, sólo una minoría criticaba la “metodología aberrante” que, más tarde, la mayoría abrumadora condenaría. Si de celebrar “juicios populares” de los supuestamente responsables del baño de sangre de los años setenta del siglo pasado se tratara, habría que sentar en el banquillo de los acusados no sólo a periodistas y jueces acusados de “complicidad” con los militares sino también a la mayoría de los líderes peronistas, radicales, izquierdistas y conservadores por crímenes de comisión u omisión, además, debería ser innecesario decirlo, de todos aquellos que habían reivindicado o “comprendido” el terrorismo, de tal modo debilitando las defensas de la sociedad contra el virus de la violencia política. Casi todos los periodistas, jueces y políticos, además de los militares, sí han aprendido algo de los errores que cometieron en un período terriblemente confuso, pero parecería que quienes siguen fantaseando con la victoria de los terroristas no han aprendido nada. Es una suerte que los que se aferran tercamente a un pasado cada vez más alejado constituyan una minoría aislada; de lo contrario, el país correría el riesgo de ver repetirse tragedias como la que hizo tan ignominioso un régimen militar que, durante sus primeros años, fue respaldado por muchos que en la actualidad lo negarían con convicción aparente.

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