Martínez o Fernández

Redacción

Por Redacción

Desde su llegada al poder en mayo del 2003, los kirchneristas han manejado la política externa de forma llamativamente torpe, por querer subordinarla por completo a sus prioridades internas. A pesar de haber respaldado a Tabaré Vásquez cuando aún era candidato presidencial, se las ingenió para arruinar nuestra relación con el Uruguay hasta tal punto que representantes del gobierno del Frente Amplio no vacilaron en calificarlos de fascistas. Asimismo, aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no disimuló su viva esperanza de que, por ser el sucesor del “neoconservador” George W. Bush el “progresista” Barack Obama, la Argentina encabezaría la lista de países amigos de Estados Unidos en América Latina, merced al accionar del canciller Héctor Timerman la relación con la superpotencia se ha hecho aún más conflictiva de lo que era después de darse el entonces presidente Néstor Kirchner el gusto de sermonear al “cowboy” en la cumbre que se celebró en Mar del Plata. Puede que hayan exagerado quienes creen que los allegados de Cristina se han propuesto resucitar la supuesta alternativa de “Braden o Perón” de los años cuarenta del siglo pasado, ya que sería poco probable que el electorado respondiera con el entusiasmo debido a la consigna hipotética de “Martínez o Fernández” –la embajadora estadounidense Vila Martínez no se parece a Spruille Braden–, pero parecería que en el entorno de la presidenta hay muchos personajes dispuestos a intentar sacar provecho de los sentimientos antinorteamericanos que, según ciertas encuestas, son más comunes aquí que en cualquier otro país de la región. De todos modos, el gobierno norteamericano ya ha dejado saber que toma muy en serio los episodios impulsados por Timerman que, luego de acusarlo de tratar de convertir a policías metropolitanos en torturadores al servicio del “imperio”, se encargó de la incautación de materia sensible que fue encontrada en un avión militar que la llevaba para su utilización en cursos de entrenamiento para integrantes de la Policía Federal. Aunque los voceros de la Casa Blanca dicen estar resueltos a no permitir que el asunto perjudique la relación bilateral que según ellos sigue siendo buena, ya han comenzado a multiplicarse las señales de que ha cambiado su actitud hacia nuestro país. Además de subrayar la gravedad del peligro supuesto por el aumento del consumo de cocaína en la Argentina, los norteamericanos parecen estar aprovechando su influencia para hacer más difícil los esfuerzos oficiales por salir del default. Según se informa, las negociaciones con el Club de París siguen trabadas por la negativa de los acreedores a aceptar el plan de pagos presentado por el ministro de Economía, Amado Boudou, ya que quieren que se salde la deuda, de casi 10.000 millones de dólares, en un lapso mucho más breve que el previsto por nuestro gobierno. Antes de producirse los roces ocasionados por la decisión de Timerman de enfrentarse con Estados Unidos, los norteamericanos se habían mostrado más dispuestos que los europeos y japoneses a simpatizar con la postura del gobierno kirchnerista, pero parecería que ya no sienten interés alguno en ayudarlo a poner fin a lo que pronto será una década de aislamiento de los mercados financieros internacionales. Puesto que a juicio de muchos la hostilidad hacia Estados Unidos de ciertos funcionarios “cristinistas” encabezados por Timerman sólo se debe a que Obama no incluyó a la Argentina entre los países a visitar en su primera gira latinoamericana, los eventuales beneficios políticos de batir el parche antiyanqui en los meses próximos no serían muy grandes, pero sí los costos. Aunque Estados Unidos está pasando por una etapa caracterizada por la falta de confianza en su propio futuro, sigue siendo el país más poderoso y más influyente del mundo. Así las cosas, a menos que nuestro gobierno tenga buenos motivos para enfrentarlo, no le convendría del todo alinearse con el eje bolivariano que ha hecho de la retórica antinorteamericana su signo de identidad principal. Además de hacer mucho más complicadas las negociaciones con los acreedores, vernos incluidos entre los países hostiles al orden internacional existente significaría menos inversiones y más trabas para nuestras exportaciones, lo que no ayudaría en absoluto a fortalecer el “modelo” kirchnerista.


Desde su llegada al poder en mayo del 2003, los kirchneristas han manejado la política externa de forma llamativamente torpe, por querer subordinarla por completo a sus prioridades internas. A pesar de haber respaldado a Tabaré Vásquez cuando aún era candidato presidencial, se las ingenió para arruinar nuestra relación con el Uruguay hasta tal punto que representantes del gobierno del Frente Amplio no vacilaron en calificarlos de fascistas. Asimismo, aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no disimuló su viva esperanza de que, por ser el sucesor del “neoconservador” George W. Bush el “progresista” Barack Obama, la Argentina encabezaría la lista de países amigos de Estados Unidos en América Latina, merced al accionar del canciller Héctor Timerman la relación con la superpotencia se ha hecho aún más conflictiva de lo que era después de darse el entonces presidente Néstor Kirchner el gusto de sermonear al “cowboy” en la cumbre que se celebró en Mar del Plata. Puede que hayan exagerado quienes creen que los allegados de Cristina se han propuesto resucitar la supuesta alternativa de “Braden o Perón” de los años cuarenta del siglo pasado, ya que sería poco probable que el electorado respondiera con el entusiasmo debido a la consigna hipotética de “Martínez o Fernández” –la embajadora estadounidense Vila Martínez no se parece a Spruille Braden–, pero parecería que en el entorno de la presidenta hay muchos personajes dispuestos a intentar sacar provecho de los sentimientos antinorteamericanos que, según ciertas encuestas, son más comunes aquí que en cualquier otro país de la región. De todos modos, el gobierno norteamericano ya ha dejado saber que toma muy en serio los episodios impulsados por Timerman que, luego de acusarlo de tratar de convertir a policías metropolitanos en torturadores al servicio del “imperio”, se encargó de la incautación de materia sensible que fue encontrada en un avión militar que la llevaba para su utilización en cursos de entrenamiento para integrantes de la Policía Federal. Aunque los voceros de la Casa Blanca dicen estar resueltos a no permitir que el asunto perjudique la relación bilateral que según ellos sigue siendo buena, ya han comenzado a multiplicarse las señales de que ha cambiado su actitud hacia nuestro país. Además de subrayar la gravedad del peligro supuesto por el aumento del consumo de cocaína en la Argentina, los norteamericanos parecen estar aprovechando su influencia para hacer más difícil los esfuerzos oficiales por salir del default. Según se informa, las negociaciones con el Club de París siguen trabadas por la negativa de los acreedores a aceptar el plan de pagos presentado por el ministro de Economía, Amado Boudou, ya que quieren que se salde la deuda, de casi 10.000 millones de dólares, en un lapso mucho más breve que el previsto por nuestro gobierno. Antes de producirse los roces ocasionados por la decisión de Timerman de enfrentarse con Estados Unidos, los norteamericanos se habían mostrado más dispuestos que los europeos y japoneses a simpatizar con la postura del gobierno kirchnerista, pero parecería que ya no sienten interés alguno en ayudarlo a poner fin a lo que pronto será una década de aislamiento de los mercados financieros internacionales. Puesto que a juicio de muchos la hostilidad hacia Estados Unidos de ciertos funcionarios “cristinistas” encabezados por Timerman sólo se debe a que Obama no incluyó a la Argentina entre los países a visitar en su primera gira latinoamericana, los eventuales beneficios políticos de batir el parche antiyanqui en los meses próximos no serían muy grandes, pero sí los costos. Aunque Estados Unidos está pasando por una etapa caracterizada por la falta de confianza en su propio futuro, sigue siendo el país más poderoso y más influyente del mundo. Así las cosas, a menos que nuestro gobierno tenga buenos motivos para enfrentarlo, no le convendría del todo alinearse con el eje bolivariano que ha hecho de la retórica antinorteamericana su signo de identidad principal. Además de hacer mucho más complicadas las negociaciones con los acreedores, vernos incluidos entre los países hostiles al orden internacional existente significaría menos inversiones y más trabas para nuestras exportaciones, lo que no ayudaría en absoluto a fortalecer el “modelo” kirchnerista.

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