Un incidente absurdo

Redacción

Por Redacción

Según el juez en lo Penal Económico Marcelo Aguinsky, no cometieron delito alguno aquellos militares norteamericanos que hace un mes llegaron al país para dictar un curso a la Policía Federal pero, para su asombro, se encontraron en medio de un escándalo diplomático de proporciones. Luego de investigar lo sucedido, el juez decidió archivar la causa. Puesto que, al ordenar la incautación del material que llevaban consigo los instructores militares, el canciller Héctor Timerman los había acusado de violar las leyes argentinas al tratar, según él, de ingresar drogas como morfina y “otros psicotrópicos”, además de equipos de espionaje y otros elementos a su juicio muy sospechosos, lo lógico hubiera sido que el gobierno reaccionara con indignación ante el fallo del integrante del “partido judicial”, pero parecería que optó por minimizar la importancia del fallo en su contra. Conforme al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, a lo sumo ha sido cuestión de “una falta aduanera”, pero aun así el gobierno sigue siendo reacio a devolver a Estados Unidos el material incautado hasta que los norteamericanos le hayan aclarado los motivos por los que sus militares querían hacer entrar un sistema de comunicación tan sofisticado como el que sorprendió al canciller. En vista de que funcionarios del Departamento de Estado norteamericano han estado reclamando la devolución inmediata de sus equipos electrónicos que, es de suponer, contendrán información que resultaría útil a sus enemigos, es evidente que nuestro gobierno no quiere que la relación bilateral mejore, ya porque estima que le sería ventajoso mantener una postura poco amistosa hacia “el imperio”, ya porque le será difícil reconocer que el canciller Timerman ha manejado el asunto de una forma tan ridícula que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debería haberlo echado hace tiempo. Por razones no muy claras, desde que asumió su cargo actual Timerman se ha mostrado resuelto a hacer de la hostilidad hacia Estados Unidos el eje de su gestión. Acaso por entender que no le convendría ser acusado de doble lealtad por haber vivido muchos años en Nueva York, se habrá sentido obligado a sobreactuar el papel de militante nacionalista, denunciando a los norteamericanos por enseñar a efectivos policiales a torturar y a llevar a cabo golpes de Estado, además de promover el narcotráfico. Como no pudo ser de otra manera, las declaraciones del canciller en tal sentido han molestado mucho a los funcionarios del gobierno del presidente Barack Obama que, por motivos comprensibles, temen que el gobierno kirchnerista haga causa común con el del caudillo venezolano Hugo Chávez. Aunque los voceros norteamericanos insisten en que, a pesar de los esfuerzos extravagantes de Timerman, la relación con nuestro país sigue siendo buena, últimamente se han multiplicado las señales de que para la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y para otros miembros influyentes de la administración de Obama la conducta de sus homólogos argentinos es tan imprevisible que les convendría alejarse de ellos hasta que adopten una postura que puedan comprender, razón por la que la Casa Blanca no ha intentado ayudarnos a salir del default en las negociaciones en torno a la deuda con los países acreedores del Club de París. La política exterior del gobierno de Cristina, como la ensayada por el de su marido, no parece basarse en una estrategia que podría calificarse de coherente. Aunque a veces pueden detectarse resabios de prejuicios setentistas, su característica más notable es la improvisación. Así, pues, el cambio impulsado por Timerman no será resultado de la convicción de que, dadas las circunstancias, sería mejor alejarse de la esfera de influencia de la superpotencia, acercándose a China o a los países “bolivarianos”, sino del despecho que fue provocado por la decisión de los asesores de Obama de omitir a la Argentina en la lista de países en que hará escala en su primera gira por América Latina. Si lo que tiene en mente es recordarles a los norteamericanos que la Argentina sigue siendo un país importante, miembro del G20, nada menos, y que por lo tanto no es de su interés desairar a una presidenta que ha buscado afanosamente congraciarse con Obama, el método elegido deja mucho que desear.


Según el juez en lo Penal Económico Marcelo Aguinsky, no cometieron delito alguno aquellos militares norteamericanos que hace un mes llegaron al país para dictar un curso a la Policía Federal pero, para su asombro, se encontraron en medio de un escándalo diplomático de proporciones. Luego de investigar lo sucedido, el juez decidió archivar la causa. Puesto que, al ordenar la incautación del material que llevaban consigo los instructores militares, el canciller Héctor Timerman los había acusado de violar las leyes argentinas al tratar, según él, de ingresar drogas como morfina y “otros psicotrópicos”, además de equipos de espionaje y otros elementos a su juicio muy sospechosos, lo lógico hubiera sido que el gobierno reaccionara con indignación ante el fallo del integrante del “partido judicial”, pero parecería que optó por minimizar la importancia del fallo en su contra. Conforme al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, a lo sumo ha sido cuestión de “una falta aduanera”, pero aun así el gobierno sigue siendo reacio a devolver a Estados Unidos el material incautado hasta que los norteamericanos le hayan aclarado los motivos por los que sus militares querían hacer entrar un sistema de comunicación tan sofisticado como el que sorprendió al canciller. En vista de que funcionarios del Departamento de Estado norteamericano han estado reclamando la devolución inmediata de sus equipos electrónicos que, es de suponer, contendrán información que resultaría útil a sus enemigos, es evidente que nuestro gobierno no quiere que la relación bilateral mejore, ya porque estima que le sería ventajoso mantener una postura poco amistosa hacia “el imperio”, ya porque le será difícil reconocer que el canciller Timerman ha manejado el asunto de una forma tan ridícula que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debería haberlo echado hace tiempo. Por razones no muy claras, desde que asumió su cargo actual Timerman se ha mostrado resuelto a hacer de la hostilidad hacia Estados Unidos el eje de su gestión. Acaso por entender que no le convendría ser acusado de doble lealtad por haber vivido muchos años en Nueva York, se habrá sentido obligado a sobreactuar el papel de militante nacionalista, denunciando a los norteamericanos por enseñar a efectivos policiales a torturar y a llevar a cabo golpes de Estado, además de promover el narcotráfico. Como no pudo ser de otra manera, las declaraciones del canciller en tal sentido han molestado mucho a los funcionarios del gobierno del presidente Barack Obama que, por motivos comprensibles, temen que el gobierno kirchnerista haga causa común con el del caudillo venezolano Hugo Chávez. Aunque los voceros norteamericanos insisten en que, a pesar de los esfuerzos extravagantes de Timerman, la relación con nuestro país sigue siendo buena, últimamente se han multiplicado las señales de que para la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y para otros miembros influyentes de la administración de Obama la conducta de sus homólogos argentinos es tan imprevisible que les convendría alejarse de ellos hasta que adopten una postura que puedan comprender, razón por la que la Casa Blanca no ha intentado ayudarnos a salir del default en las negociaciones en torno a la deuda con los países acreedores del Club de París. La política exterior del gobierno de Cristina, como la ensayada por el de su marido, no parece basarse en una estrategia que podría calificarse de coherente. Aunque a veces pueden detectarse resabios de prejuicios setentistas, su característica más notable es la improvisación. Así, pues, el cambio impulsado por Timerman no será resultado de la convicción de que, dadas las circunstancias, sería mejor alejarse de la esfera de influencia de la superpotencia, acercándose a China o a los países “bolivarianos”, sino del despecho que fue provocado por la decisión de los asesores de Obama de omitir a la Argentina en la lista de países en que hará escala en su primera gira por América Latina. Si lo que tiene en mente es recordarles a los norteamericanos que la Argentina sigue siendo un país importante, miembro del G20, nada menos, y que por lo tanto no es de su interés desairar a una presidenta que ha buscado afanosamente congraciarse con Obama, el método elegido deja mucho que desear.

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