El general Roca llega al Centro Cívico
Antes de viajar a Bariloche el general Julio A. Roca permaneció por un tiempo en el porteño salón anual de arte de la calle Posadas.
Poco después se concretó el viaje y para fines de noviembre de 1940 la estatua ecuestre del general -que en el salón aludido ya había conseguido elogios de los expertos por el realismo expresivo del jinete y más aún por su caballo de bronce- soportó los últimos movimientos que la posaron definitivamente en el pedestal diseñado por Alejandro Bustillo en la plaza seca del Centro Cívico.
La Voz Andina del 30 de noviembre anunció la inauguración en primera página: el martes 14 de enero de 1941. El monumento quedó al descubierto y empezó a ser como el hotel Llao-Llao, una referencia ineludible del Nahuel Huapi y recuerdo fotográfico. Una de las primeras fotos fue despachada al diario La Nación y se publicó el lunes 13 de enero junto a la nota que anunció el programa de la inauguración y las visitas importantes, como el presidente de la comisión de homenaje, el almirante Manuel Domecq García (que faltó a la cita). Curiosamente Julio A. Roca hijo, en ese momento ministro de Relaciones Exteriores del presidente Ortiz, tampoco estuvo en el homenaje.
Bosquejo de 1936
Las historias poco conocidas de cómo vino a parar el general hasta ese bucólico paraje andino, servirán para algún anecdotario de curiosidades sureñas. Porque Roca jamás conoció la región y quizás una estatua semejante hubiera merecido el perito Moreno o tal vez el general Conrado Villegas, que sí llegaron hasta el lago. Además, porque el plano original del Centro Cívico del arquitecto Ernesto de Estrada y que publicó La Nación el 2 de noviembre de 1936 –más de tres años antes de erigirse el monumento-, parece no haber contemplado su instalación.
Tampoco el Centro Cívico se proyectó para que luciera en el lugar donde finalmente surgió con eje de la calle Mitre y por debajo de la Intendencia de Parques Nacionales.
El proyecto del arquitecto de Estrada estaba centrado en el cruce imaginario de las calles O»Connors y Frey. Pero cuando se decidió burilar la estatua, el escultor Emilio J. Sarniguet tenía méritos suficientes para ser elegido, especialmente porque otros escultores no siempre conseguían la expresividad natural de los equinos.
Sarniguet era un especialista en caballos que se había perfeccionado en Europa becado por el Jockey Club. Se sintió satisfecho cuando el armatoste de bronce salió de la fundición. Quiso exponerla en Buenos Aires y por eso presidió el salón anual de la calle Posadas. Hasta allí fue el hijo del general por invitación del presidente de Parques Nacionales Exequiel Bustillo, que –como acostumbraba hacerlo- había concretado todas las gestiones personalmente. La estatua lucía a la entrada del local y allí quedó el Julio A. Roca de carne y hueso contemplado por el padre de bronce («mira» hacia abajo). «No me gusta» le dijo Roca a Bustillo quizás con algo de fastidio. Argumentó que su padre tenía 32 años cuando hizo la campaña y la estatua mostraba un hombre viejo y vencido. El escultor cobró 20 mil pesos, y la fundición corrió por cuenta del Ministerio de Guerra.
Silencioso visitante
Muchos funcionarios y viajeros notorios de la época –el senador Marcelo Sánchez Sorondo, el diputado Carlos Sánchez Viamonte, entre otros- llegaron anticipados a la inauguración del monumento en tren desde Constitución. En Viedma se sumó el obispo Nicolás Esandi y también llegó el reverendo padre Raúl Entraigas. Y aunque no lo registran las crónicas de los actos, en esos mismos días y entre todos los apellidos con alcurnia que registró el hotel Llao-Llao, figuró el nombre de José Ortega y Gasset.
La noche del 13, desbordada de cenas y agasajos varios, la Agrupación Militar veló las espadas de Roca y de Villegas, además de la bandera que éste último usó en sus campañas, reliquias destinadas al Museo de la Patagonia. También era la despedida del jefe del regimiento mayor Abelardo de la Vega, en cumplimiento de un traslado.
El 14 amaneció límpido y soleado, y recalentó la plaza seca llamada desde entonces -a propuesta de Bustillo- de Expedicionarios al Desierto y en donde se desplegó tropa y banda, boy-scouts (de flamante creación) y formaciones de escolares. A las 17 y 45 las reliquias fueron llevadas al museo que recibió el director Enrique Amadeo Artayeta y luego, en el palco, comenzó la transmisión de LRA a emisoras porteñas con una seguidilla de discursos. Hablaron desde el ministro de Agricultura, el muy joven Dr. Daniel Amadeo Videla, hasta el intendente local, Dr. Víctor Gonella. Se cantó el Himno Nacional, hubo desfile y lunch en los salones de la Biblioteca, similar del que se había servido allí mismo diez meses antes cuando se inauguró el Centro Cívico. El banquete de la noche fue en el Llao-Llao, reconstruido a nuevo.
El Centro Cívico, tuvo una inauguración más deslucida: ese domingo 17 de marzo de 1940 lloviznó todo el día. Tampoco llegaron grandes personajes, a pesar de que entre los barilochenses se había divulgado que la obra, en realidad costeada por el Estado nacional (1.100.00 pesos) y cedida al municipio, constituía la primera de sus características en países americanos. Fue una fiesta más doméstica y con una comisión de festejos lugareños que presidió Julio A. Cornet, gerente del Banco de la Nación, e integraron el presidente del CAB Emilio Frey, el Dr. Gonella y H.L.Lowther, entre otros. Después de la ejecución del Himno Nacional se leyeron discursos y monseñor Esandi bendijo la obra y a la concurrencia que luego recorrió los edificios y la exposición pictórica de Bernareggi.
Más barato
Exequiel Bustillo se había propuesto una urbanización a regirse por un plan regulador que encomendó al ingeniero Della Paollera y no prosperó. El impulso que quería imprimirle a la región era vertiginoso y de alto costo. Nada lo detenía. La frustración del plan regulador no lo abatió. No había recursos suficientes en 1936 cuando le fue presentado el arquitecto y urbanista Ernesto de Estrada diplomado en L»Ecole de Beaux Arts de París. Lo entusiasmó en sus planes sin incorporarlo pero le confesó sus propósitos de desarrollo, aunque le ocultó su impresión: le pareció talentoso, inteligente pero pachorriento. Finalmente lo incluyó en plantilla.
Fue sin embargo de Estrada quien lo sorprendió a Bustillo con el primer plano del Centro Cívico y ubicación junto a la entonces inexistente avenida costanera y un diseño algo diferente del actual. Es que estaba proyectado desde el lago a la calle Alte. O»Connor. Entre el edificio municipal y la oficina de turismo dibujó los arcos de paso que allí accedían a la calle Frey. Los que hoy están sobre Mitre, no se proyectaban para su igual O»Connors en el emplazamiento elegido.
Las oficinas destinadas a policía y museo tenían otras ubicaciones; la plaza seca estaba recostada hacia el oeste y la idea de la estatua a Roca surgió después.
Corría el año 1936 y el hijo del general era vicepresidente. Bustillo le propuso a Roca (h.) su proyecto al que le señaló la ubicación de una estatua que homenajeara a su padre.
En realidad, también buscaba apoyo de presupuesto para la obra que Roca podría impulsar como presidente que era del Senado.
Pero aunque nunca aceptó mezclarse con una violencia ética semejante, el asunto sirvió para que los roquistas ayudaran en las comisiones de presupuesto.
Si se desechó la ubicación original fue porque la compra del terreno era exorbitante. Había empezado la especulación con la llegada del progreso y en cambio la sucesión Capraro ofreció a 3 pesos –o poco más- el metro por el lote de 20 mil metros cuadrados donde se erigió.
El proyecto debió corregirse y así perduró con el general eternizado frente a las aguas.
Sociales de esta semana
• La prolija administración de las estancias inglesas no perdonaba a deudores olvidadizos. El 14 de enero de 1902 uno de los contables (H. C. James) escribió a Bernardo Boock de Nahuel Huapi que «como hace ya un año y medio que está pendiente dicha cuenta (le reclamaba 37,60 pesos) le estimaría mandase abonar a nuestra casa en Pilcañú».
• El 17 de enero de 1902 en su domicilio de la Península, murió de pulmonía a los 75 años José María Millaqueo, casado, chileno, agricultor, padre del célebre Antonio Millaqueo (de 40 años), que al día siguiente denunció la muerte con el testigo Pedro María Marquez, de 56, también de la Península. Antonio fue elogiado como el mejor aborigen para abrir el bosque y como constructor de botes por Enrique Wolff, de la comisión de límites, cuando vivía al pié del cerro Machete.
Según Bailey Willis fue el primero que navegó sin zozobrar el río Manso. Vivió también en laguna Trébol y en Mascardi, donde murió en 1927, según Juan Martín Viedma
• Ronald Reagan llegó a Bariloche el 19 de enero del 41, pero sólo en la película proyectada ese domingo en el Cine Central «Cuatro Tías y un sobrino», una comedia donde el actor -más tarde presidente de los EE.UU.- encabezó el elenco con Ann Sheridan y Dick Powell.
• En esta semana de 1941 el afamado instructor de esquí Hans Nöbl salió desde el Llao-Llao, segunda y flamante versión del hotel ocupado a pleno con las familias más encumbradas de la aristocracia porteña. Comandó un pituco grupo para escalar el cerro López: Patrón Costas, Eduardo Bullrich y Adolfo Blaquier entre otros, seguidos de algunas distinguidas y pispiretas señoritas.
Antes de viajar a Bariloche el general Julio A. Roca permaneció por un tiempo en el porteño salón anual de arte de la calle Posadas.
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