Turismo oscuro de Chernóbil a Auschwitz: viajar al dolor, entre la memoria, la curiosidad y el límite de lo humano
Cada vez más viajeros eligen destinos marcados por la tragedia; no buscan descanso ni paisajes amables, sino experiencias que incomodan, interpelan y obligan a mirar de frente aquello que, durante años, la historia intentó procesar entre ruinas, silencios y memoriales.

Hay lugares donde el silencio no es una ausencia sino una presencia espesa, casi física, que se adhiere a la piel y acompaña cada paso con una densidad difícil de explicar; no es el silencio amable de un paisaje natural ni el recogimiento buscado de un templo, sino otro, más áspero, más cargado, como si en el aire quedaran suspendidas las voces que alguna vez estuvieron allí y que, de algún modo, todavía resisten en la memoria del espacio.
El 26 de abril de 1986: explosión en la central nuclear de Chernobyl (Ucrania), el mayor desastre atómico de la historia y 40 años después los turistas la recorren entre memoria histórica, curiosidad y advertencia global. En Auschwitz, ese silencio se desliza entre los ladrillos, se enreda en los alambres de púas y se instala en los pasillos donde el tiempo parece haber quedado detenido, mientras millones de visitantes atraviesan ese umbral con una mezcla de curiosidad, respeto y una incomodidad que no siempre logran nombrar.
Los turistas no llegan buscando descanso ni distracción, tampoco una postal para llevarse como recuerdo liviano; llegan, con la intención, a veces consciente, otras no tanto, de enfrentarse a una parte de la historia que duele, que incomoda, que interpela, como si el viaje se transformara en una forma de entender aquello que, leído en libros o visto en documentales, nunca termina de adquirir dimensión real hasta que se pisa el lugar donde ocurrió.

El fenómeno, que hoy se conoce como turismo oscuro, aunque también se lo nombra como turismo del dolor, mórbido o tanatoturismo, crece en todo el mundo a un ritmo sostenido y silencioso, empujado por una necesidad que no responde a las lógicas tradicionales del viaje; en 2025, el mercado global ya alcanza cifras millonarias y proyecta un crecimiento sostenido, pero detrás de esos números lo que aparece no es solo una tendencia económica, sino una transformación más profunda en la manera en que las personas se relacionan con la historia, el dolor y la memoria.
Turismo oscuro en Chernóbil
Durante años, miles de viajeros de todo el mundo eligieron desviarse de los circuitos tradicionales para adentrarse en la zona de exclusión de Chernóbil, un territorio suspendido en el tiempo donde la historia reciente se vuelve paisaje; recorrían la ciudad fantasma de Prípiat, se detenían frente al reactor accidentado y caminaban entre edificios vacíos que todavía conservan rastros de una vida interrumpida de forma abrupta, como si cada rincón ofreciera una escena congelada de uno de los episodios más impactantes del siglo XX.

Ese interés, lejos de ser marginal, también encontró eco en la era digital, donde influencers y creadores de contenido comenzaron a documentar sus visitas con imágenes que combinaban fascinación y extrañeza, mostrando al mundo escenarios únicos, casi irreales, donde la naturaleza avanza sobre el abandono y donde el silencio se convierte en protagonista, generando una atracción que mezcla lo estético con lo histórico y, muchas veces, con una inquietud difícil de explicar.
Sin embargo, ese flujo constante de visitantes quedó en pausa desde el inicio del conflicto armado en Ucrania, cuando las autoridades decidieron suspender los recorridos no tanto por el riesgo radiológico, que ya estaba controlado en las zonas habilitadas, sino por razones de seguridad geopolítica, dejando en suspenso una de las experiencias turísticas más singulares del mundo, en la que el peligro percibido estaba más ligado a la historia que al presente inmediato.
Holocausto: Auschwitz en Polonia
El campo de exterminio nazi Auschwitz-Birkenau, erigido en Polonia durante la ocupación alemana, es considerado en todo el mundo como un símbolo del Holocausto.
Según estimaciones, durante el nazismo fueron asesinados allí más de un millón de personas, en su mayoría judíos. También fueron unos 70.000 polacos, 21.000 sinti y roma y 15.000 prisioneros de guerra soviéticos. En el ex campo de concentración aún se pueden ver antiguas cámaras de gas, un símbolo del genocidio nazi.

Sin embargo, no todos los recorridos logran sostener ese equilibrio delicado entre memoria y respeto, porque en algunos casos la línea que separa el homenaje del espectáculo se vuelve difusa y, por momentos, peligrosa; en ciertos circuitos vinculados al crimen o la violencia, la historia se presenta de manera casi teatral, como si el dolor pudiera convertirse en un producto consumible, algo que se recorre, se fotografía y se deja atrás sin demasiadas consecuencias.
Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué busca realmente alguien que decide viajar hacia el dolor?
Las motivaciones son múltiples y, muchas veces, contradictorias; hay quienes buscan comprender el pasado, quienes necesitan rendir homenaje, quienes se sienten atraídos por la intensidad emocional de estos espacios y quienes, simplemente, quieren experimentar algo distinto, salir de la lógica del turismo tradicional y enfrentarse a una vivencia que los saque de la comodidad.
Otros sitios visitados
En el Memorial del 11-S en Nueva York, el movimiento constante de la ciudad contrasta con la quietud de ese espacio hundido en la tierra, donde el agua cae de manera ininterrumpida sobre dos enormes vacíos que marcan la ausencia de las torres; más de 20 millones de personas pasaron por allí desde su inauguración, y cada una transita el lugar a su manera: algunos avanzan rápido, mientras otros se quedan largos minutos frente a los nombres grabados.

En Hiroshima y Nagasaki, el recorrido adquiere otro tono, menos abrupto pero igual de profundo, donde la devastación se transforma en un mensaje que busca proyectarse hacia el futuro; las ciudades, reconstruidas y convertidas en símbolos de paz, reciben millones de visitantes que llegan no solo a conocer lo ocurrido, sino también a preguntarse cómo se sigue después de una destrucción total, cómo se reconstruye no solo lo material, sino también el sentido.
En Plaza Dealey, en Dallas, los visitantes siguen el recorrido del atentado como si se tratara de una reconstrucción precisa de los hechos, mientras que en París, el túnel del Alma se convirtió en un punto de referencia para quienes recuerdan la muerte de Lady Di, en una escena donde la memoria convive, a veces de manera incómoda, con la curiosidad.
Si algo define al turismo oscuro es esa incomodidad persistente, esa sensación de estar en un lugar donde no alcanza con mirar, donde cada paso implica una toma de posición, aunque sea silenciosa; no se trata solo de recorrer, sino de entender, de aceptar que esos espacios fueron escenario de vidas reales, de historias que no deberían reducirse a una imagen o a un recuerdo liviano.


Hay lugares donde el silencio no es una ausencia sino una presencia espesa, casi física, que se adhiere a la piel y acompaña cada paso con una densidad difícil de explicar; no es el silencio amable de un paisaje natural ni el recogimiento buscado de un templo, sino otro, más áspero, más cargado, como si en el aire quedaran suspendidas las voces que alguna vez estuvieron allí y que, de algún modo, todavía resisten en la memoria del espacio.
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