“Crece la animalización de lo humano”

María Carman hace un interesante aportepara desentrañar, a partir de lo que sucede en laCiudad de Buenos Aires en materia de fractura social, una Argentina donde la exclusión de lo diferente es moneda corriente.

Redacción

Por Redacción

María Carman, antropÓloga, autora de “Las trampas de la naturaleza”

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

– Lo que yo trabajo en el libro es la existencia de un doble gesto en ciertos planos de la sociedad. Por ejemplo, hay movimientos ambientalistas que luchan por el otorgamiento de derechos a ciertos animales… diríamos: humanizar a esos animales. Pero, paralelamente, desde la misma sociedad que se enternece con un animal, que procura una vida digna para ellos, cosa que yo no cuestiono, hay gestos, conductas, actitudes, discursos que animalizan a ciertos sectores sociales a los que se los reflexiona como ausentes de un universo simbólico propio. Yo trabajé mi libro a partir de la experiencia de lo sucedido en el Parque Interamericano en diciembre de 2010. Ahí quedó en claro que la gente de las villas que ocupó el lugar, fue, tanto desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires como de distintos sectores sociales, fue definida como okupas.

– La definición hace a la naturaleza del mismo acto…

– Pero no es neutra en relación a la estigmatización.

– ¿Sobre qué se proyecta?

– Al visualizárselos como okupas, con independencia de toda otra consideración sobre cómo sobrellevan sus vidas, se revela una inmensa batería de acusaciones, sospechas: narcos, protagonistas excluyentes de todo delito, inmigrantes que vienen a sacarles el trabajo a los argentinos, etcétera. Es decir, emerge lo que yo en mi libro defino como la obturación de toda posibilidad de pensar al okupa como nuestro co-ciudadano.

– Si acepta que ese encuadramiento está en lo cotidiano de la relación social de esta Argentina, en tanto descarte, ¿cabe hablar, apelando a Hanna Arenth, de que impera aquí, en ciertos planos de la sociedad, una “banalidad del mal” en cuanto al interés por la vida de los okupas?

– No importa la suerte de ellos, esto está muy claro. Esta muy implícito en el discurso con que se los configura, se los define. En este tema cabe lo que Judith Butler señala en su libro “Marcos de guerra. Las vidas lloradas”. Sectores como los okupas no logran ser “reconocidos, aprendidos como vidas”. En el libro señalo que, en consecuencia, simétricamente, sus vidas no merecen ser lloradas con la misma intensidad que otras. Esto incluso sugiere muchos interrogantes.

– ¿Por ejemplo?

– En el caso del Parque Indoamericano, los dos primeros muertos eran inmigrantes: una mujer boliviana y un hombre paraguayo. Es válido preguntarse si la sociedad que segrega lo diferente, aquello que quiere sacarse de encima, aquello cuya presencia le incomoda, hubiese considerado hubiese considerado “más dignas de ser lloradas” esas muertes si eran de argentinos. Si no son ciudadanos plenos, ¿por qué sentir algo por ellos?

– ¿La muerte “digna de ser llorada” tiene que ver con la “vida digna”?

– Precisamente, y vuelvo a Butler en un trabajo más reciente, una investigación forjada a partir del ataque a las torres. Ahí demuestra cómo en los Estados Unidos es imposible forjar un pensamiento crítico en relación a la vida vivible y muerte digna de ser llorada. Es decir, la mirada de la sociedad sobre cuál vida tiene un sentido, una dignidad, y cuál no merece nada, ni siquiera de un duelo. Es un tema fascinante porque, de hecho, hace a toda una cultura dominante que establece miradas hegemónicas que determinan si merece o no la pena reflexionar la suerte, la muerte concretamente de -por caso- la boliviana y el paraguayo que murieron en el Parque Indoamericano.

– La homologación de lo distinto con lo peor, tiene larga historia en Argentina. Sólo basta explorar mucho de la literatura que se genera a partir de la inmigración, para saberlo. “La Bolsa”, por ejemplo, una expresión de racismo terminante. Usted ha hecho de la Ciudad de Buenos Aires el núcleo de sus investigaciones, que por proyección tienen mucho de validez para mucho del resto del país. ¿La cultura de la homologación de esa naturaleza se extiende?

– Sí, sí. Mi anterior libro -“Las trampas de la cultura. Los “intrusos” y los nuevos usos del barrio de Gardel”-…

– … El Abasto, ahí tiene un loft Scioli, montado en un edificio reciclado…

– …y El Abasto, mercado y zona inmediata, fueron transformados singularmente en los ‘90. Esa transformación fue precedida del despliegue de toda una política, una cultura, que homologaba acríticamente el mercado y su inmediatez, con delito, etc; pero incluso con cosas: las ratas, por ejemplo. Sí, había ratas por condiciones muy definidas, pero la homologación tendía a construir un sinónimo de la rata con lo humano. Había que sacarlos, claro. Así, el mundo de inmigrantes que se había construido alrededor del mercado de su creación en 1893, un mundo de conventillos, teatros, de Gardel, cantinas y sí, incluso, prostíbulos, en el ´84… al cerrarse el mercado, devino en un mundo de desocupación y emergieron los okupas que fueron instalándose en el mercado desactivado y en edificios abandonados. Entonces, fue el lugar de las ratas… -ratas y “ratas humanas”, porque los propios ocupantes se designaban ratas-. O sea ellos mismos se apropiaban de la mirada estigmatizadora que les descargaba el poder y gran parte de la sociedad. Todo esto legitimó extirpar el lugar. Esa fue la política del poder. Es más, en el caso de la Villa Rodrigo Bueno, vecina a la Reserva Ecológica, hubo asociaciones ambientalistas que hablaron de un “conjunto infecto y desagradable”, en relación al conjunto que forman villeros y al cementerio de autos colindante.

– ¿Qué lectura hace de esta otra homologación entre lo humano y fierros?

– No es discernimiento neutro. Todo lo mismo a la hora de ser reflexionado. Ninguna interrogación sobre la razón del por qué de una villa, del por qué de esas sobrevivencias. Es una equiparación funcional a la cultura de la estigmatización de los distintos, de aquello que no encuadra en la idea de estética que prevale… Pero la Reina del Plata requiere diariamente del villero, del extranjero estigmatizado. Yo señalo en el libro que estos sectores contribuyen activamente a hacer Buenos Aires todos los días… el diario de la ciudad. Son ocupados bajo pago en negro e, incluso, en condiciones laborales muy degradantes.

– ¿Estas miradas que generan tales realidades son materia de lo ontológico?

– Por supuesto. El inmigrante, el villero, el “manchado”, son reflexionados como portadores de una mácula: ninguna posibilidad de ser algo distinto, algo “humano”. Están incluso sometidos por su propia corpolaridad. Pasó en el Parque Indoamericano. Venía caminando un hombre, un salteño, y lo golpearon al ser identificado como boliviano.

– ¿Dónde está la apañada multicultaridad?

– En los hechos concretos, impera más donde no está. Para el caso de la Ciudad de Buenos Aires, es muy difícil denunciar estas prácticas discriminatorias. Por un lado, hay un discurso público que habla de igualdad, exaltación de la diversidad, etc. Por el otro, el discurso que emana desde la misma cultura estigmatizadora, racista y que en los hechos hace a prácticas objetivas. Es un discurso coherente entre lo que expresa y lo que hace, acciona. Una cultura que alienta el hostigamiento a lo distinto, a aquello que sobrelleva su vida en un marco de penurias, problemas… Cuando, durante la dictadura, las topadoras arrasaban un barrio, una villa, era más fácil construir un pensamiento crítico. Lo mismo que durante esos desalojos sin legitimidad que ordenaba Carlos Menem: los de las Bodegas Giol, por caso. Pero hoy, en el marco de un Estado que dice garantizar la integración y que dice procurar la inserción de ciertos sectores sociales vía políticas culturales, pero que desde lo político no favorece esa política porque sigue favoreciendo condiciones de desigualdad, es muy complejo forjar un pensamiento alternativo, crítico; no tiene cabida para marcar diferencias; se lo reduce de distintas maneras… incluso desde la generalidad de los medios. Y crece la animalización de lo humano…

Martín Heer


María Carman, antropÓloga, autora de “Las trampas de la naturaleza”

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