«Nunca pensé llegar a esto»: fue electricista en Chubut, cosechador en el Alto Valle y hoy es el «padre» de un campo ganadero en Río Negro
Jorge Villagra nació en Trelew, se formó en el campo de la mano de su papá y encontró en las chacras de Río Negro una pasión que nunca abandonó. Hace 17 años, llegaba sin experiencia ganadera a un incipiente establecimiento cerca de Viedma. Hoy es una pieza clave de 80 hectáreas productivas.
Hay personas que llegan al campo por tradición familiar. Otras, por herencia. Y algunas, como Jorge Villagra, porque descubren allí una forma de vida de la que ya no pueden desprenderse. Nacido en Trelew, Chubut, comenzó trabajando junto a su padre en tareas de electricidad, pero muy pronto entendió que su destino estaba lejos de ese oficio y más cerca de la tierra y las jornadas al aire libre.
Ese camino lo llevó primero al Alto Valle, donde trabajó en la fruticultura, luego a una chacra dedicada a la producción de alfalfa en Viedma y, finalmente, al establecimiento de 80 hectáreas bajo riego de Enrique Morán (también en Viedma) donde desde hace casi 17 años impulsa un sistema productivo que no ha dejado de transformarse. Con la misma pasión que lo llevó a dejar atrás otras oportunidades laborales, Villagra sigue apostando a sus 52 años al aprendizaje permanente y a la innovación como herramientas para crecer.
Una vida junto al campo en la Patagonia
La historia de Jorge está marcada por una constante: siempre caminó al lado de su padre. Fue él quien lo acercó por primera vez a Río Negro. Mientras realizaba trabajos de esquila y participaba de las cosechas de manzanas en Villa Regina, le propuso acompañarlo. Jorge aceptó sin imaginar que aquel viaje cambiaría el rumbo de su vida.
Era joven cuando comenzó a participar de las cosechas. Iba y volvía a Trelew, donde trabajaba como electricista junto a su padre. Era un oficio que dominaba, pero que nunca terminó de convencerlo.
“Yo quería tener mi plata. Me gustaba trabajar”, recuerda. Con el tiempo decidió quedarse en Regina, alternando tareas de cosecha, poda y trabajo en galpones de empaque. Más adelante, cuando a su padre le ofrecieron trabajo en Viedma, volvió a acompañarlo.

La decisión implicó dejar atrás una posición estable. Incluso quienes lo empleaban en ese momento intentaron convencerlo de quedarse. Pero Jorge no estaba dispuesto a caminar sin su padre al lado ni a renunciar a una vida ligada al trabajo rural.
En Viedma continuó desarrollando su carrera en distintas chacras hasta convertirse en encargado de un establecimiento dedicado a la producción de alfalfa. Allí permaneció más de una década, hasta que una sucesión familiar abrió una etapa de incertidumbre.
En ese momento aparecieron otras alternativas. Entre ellas, una propuesta laboral en la Legislatura de Río Negro. “No, ¿qué voy a ir a hacer ahí yo, a cebar mates?”, dice hoy entre risas al recordar aquella oferta. “Toda la vida estuve en la chacra. No estoy para quedarme ocho horas encerrado”.

La propuesta incluía vivienda y estabilidad, pero eligió otro camino. También había conocido recientemente a quien luego se convertiría en su esposa, una mujer criada, al igual que él, en el ambiente rural.
Fue entonces cuando recibió el llamado de Enrique Morán, en 2009. Había adquirido una chacra bajo riego en el Idevi y buscaba a alguien que se hiciera cargo de un proyecto ganadero desde sus comienzos. Jorge aceptó el desafío, sin conocer del sector. “Dame un año a mí, a ver qué puedo hacer. Si ves que no ando, me voy”, le dijo entonces. Diecisiete años después, sigue allí.
Ganadería en Río Negro: del desorden por la sequía a un campo ordenado
Cuando Jorge llegó al establecimiento, el panorama estaba lejos de ser sencillo. En 2009 una severa sequía obligó a trasladar a las áreas bajo riego miles de animales provenientes de los campos de secano de la familia Morán.
El nuevo encargado no llegaba con experiencia ganadera. “Yo lo único que sabía de las vacas era que se comían”, bromea.
Sin embargo, la confianza recibida y la necesidad de encontrar soluciones lo empujaron a aprender rápidamente. Durante aquellos primeros años participó de pruebas con distintas dietas, sistemas de alimentación y estrategias de manejo. Investigó, observó y tomó nota de cada resultado. “Le puse todo porque sabía que estaba todo en juego, sobre todo mi honor”, recuerda.

Los resultados comenzaron a aparecer. Lo que empezó como una experiencia de engorde a corral fue evolucionando hacia un sistema cada vez más eficiente. Las ganancias de peso crecieron año tras año, hasta llegar al kilo y medio diario, mientras que la producción forrajera se consolidaba como uno de los pilares del establecimiento.
La mejora también llegó desde la agricultura. El año pasado, en 25 hectáreas de maíz para silo, obtuvieron alrededor de 70.000 kilos de materia verde por hectárea. Un rendimiento excepcional para la región que, por tratarse de un híbrido doble propósito, permitía proyectar rindes de entre 15.000 y 18.000 kilos de grano por hectárea si el cultivo se hubiera destinado a cosecha.
“Cuando arrancamos, yo nunca pensé llegar a esto. Nunca pensamos tener la chacra tan productiva”, admite.
El último gran cambio en la chacra
Pero si algo caracteriza a Villagra es su convicción de que ningún sistema puede quedarse quieto. “Esto es cambio permanente. Tenés que buscarle la vuelta porque el número, si no, no te cierra”, afirma al abordar las fluctuaciones del mercado.
La última transformación comenzó a gestarse el año pasado. La combinación entre la última sequía y el deterioro de la relación entre el precio del ternero y el valor del animal terminado volvió cada vez menos rentable el engorde tradicional. Por eso decidieron abandonar la terminación a corral y concentrarse en la recría.
Los terneros provenientes del campo de cría que llegaron con bajo peso debido a las dificultades climáticas, atraviesan una etapa de adaptación en corrales, donde reciben suplementación. Una vez alcanzados los 230 kilos aproximadamente, pasan a un esquema de recría pastoril con suplementación.

El sistema combina corral y pastura. Durante parte del día los animales aprovechan las alfalfas y otros recursos forrajeros bajo riego. Luego regresan al corral, donde continúan recibiendo alimentación complementaria.
Para Jorge, la lógica detrás de esta decisión va más allá de los números. “Un ternero en un corral es como tener una gallina encerrada”, sostiene en alusión al impacto productivo del estrés.
Con los años observó diferencias de comportamiento entre los animales que permanecen siempre confinados y aquellos que tienen acceso al pastoreo. Por eso eligió un modelo mixto, que busca aprovechar la calidad de las pasturas sin resignar el control nutricional que brinda el corral.
Hoy alrededor de 700 cabezas bovinas forman parte de este esquema de recría pastoril con suplementación. Es el capítulo más reciente de una historia que comenzó hace cuatro décadas, cuando un adolescente chubutense acompañó a su padre hacia el Alto Valle sin imaginar todo lo que vendría después.

Desde entonces pasaron cosechas, podas, alfalfas, sequías, rodeos y miles de animales. También llegaron oportunidades para cambiar de rumbo. Pero Jorge siempre eligió lo mismo: seguir en el campo. Porque allí encontró mucho más que un trabajo. Encontró el lugar donde quiso quedarse para siempre.
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Hay personas que llegan al campo por tradición familiar. Otras, por herencia. Y algunas, como Jorge Villagra, porque descubren allí una forma de vida de la que ya no pueden desprenderse. Nacido en Trelew, Chubut, comenzó trabajando junto a su padre en tareas de electricidad, pero muy pronto entendió que su destino estaba lejos de ese oficio y más cerca de la tierra y las jornadas al aire libre.
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