De los parajes de Neuquén a la selva de Perú: la transformación del cura que camina el Amazonas
Dejó la universidad Nacional del Comahue y se convirtió en sacerdote luego de una experiencia reveladora. Ahora, en Perú, difunde la fe católica y se empapa de la cultura.
El padre Gabriel Mora junto al obispo Fernando Croxatto en Perú. (Gentileza).
Cada vez que Gabriel Mora veía la sonrisa de su hermana al volver de una misión de la Iglesia, le preguntaba: «¿Por qué llegás así tan contenta?». «Vení al grupo misionero y vas a ver», le contestó ella. Le hizo caso y la acompañó a Michacheo, un paraje de Neuquén. Esa experiencia lo transformó. Ahora, el padre Gabriel coordina el equipo misionero argentino en la selva amazónica de Perú. «Mi sacerdocio nace precisamente en una misión», comentó. Siente que volvió al lugar donde todo comenzó.
Hasta llegar allí, tuvo que recorrer otros caminos. Nació en Chile, pero de muy chico cruzó la cordillera junto a su familia y se asentaron en la capital neuquina. Creció en el barrio Villa Ceferino, fue a la Escuela 198 y egresó del CPEM 26. Luego ingresó a la Universidad Nacional del Comahue para cursar Trabajo Social.
Materias como Filosofía le despertaron mucha curiosidad y hoy complementan su formación. «Siempre el aprender, el conocer te ayudan», señaló. Sin embargo, aquella primera misión en Zapala fue el punto de partida de un cambio de rumbo. «El visitar las casas, el escuchar a la gente, su fe, su devoción, cómo Dios los sostenía, para mí fue hermoso y ahí sentí ese llamado», relató.
De la Universidad del Comahue al sacerdocio en Buenos Aires
Años más tarde, ya con la inquietud vocacional instalada, dejó la universidad e ingresó al Seminario de la diócesis de San Isidro, en Buenos Aires. Cuando terminó su formación, volvió a la diócesis de Neuquén y empezó a recorrer la provincia. Sus primeros siete años como sacerdote los vivió en Las Lajas, donde lo recibió el padre José María. El campo, el viento y las largas distancias marcaron su rutina.
Después pasó por la parroquia San Cayetano, en el Parque Industrial de Neuquén y, más tarde, fue enviado a San Martín de los Andes. Allí estuvo seis años y se afianzó su estilo de cura caminante, acostumbrado a salir de la sede parroquial para recorrer los barrios y parajes.
Gabriel fue tejiendo una red de nombres y paisajes en el interior neuquino: Michacheo, Loncopué, las comunidades mapuches Millain Currical en Cajón Chico, el paraje Huncal y Pichaiwe, Trahuncura, Bajada del Agrio y Mariano Moreno. Eran viajes permanentes para celebrar misa, visitar personas enfermas, escuchar historias y llevar su fe. «Siempre me gustó eso de salir a visitar las comunidades, es una misión permanente», contó el padre neuquino.
Con el tiempo, aquella inquietud que había nacido en Michacheo volvió a hacerse sentir. Quería ir «más allá», a una misión fuera de la propia diócesis. Durante años fue postergando ese deseo, hasta que un día se animó a planteárselo al obispo Fernando Croxatto. «Yo sé que somos pocos, pero siento esto», le dijo. El obispo lo escuchó y le abrió la puerta para iniciar un proceso de discernimiento.
En esos años Gabriel ya conocía, por un compañero de seminario, el proyecto «Iglesia Argentina, la Amazonía es tu misión», que la Conferencia Episcopal impulsa en el vicariato de Puerto Maldonado, en Perú. Esa experiencia y su propio anhelo se fueron encontrando hasta que la propuesta tomó una forma concreta: prepararse para sumarse al equipo misionero argentino en la selva.
El llamado de Gabriel hacia la selva amazónica en Perú
Este año, después de ese camino interior y de los pasos formales con la diócesis, hizo las valijas y cruzó otra vez las montañas, esta vez hacia Kimbiri, a orillas del río Apurímac. «Durante estos tres meses ha sido recorrer la zona, porque es una zona amplia, grande, con muchas comunidades, son cerca de 57. En todas fui muy bien recibido. Los primeros que te reciben muy bien son los niños, que siempre están allí esperando para hacer actividades y juegos», relató.
En la inmensidad de la selva, Gabriel siente que la misión es, ante todo, un intercambio de vida. «Siento que vengo con todo lo que viví en el campo y en las comunidades de Neuquén para encontrarme con otra cultura y enriquecerme, para después volver, en algún momento, y llevar conmigo todo lo recibido acá», enfatizó. Sostuvo que su meta “no es imponer” sino descubrir esas “semillas del Verbo”, como él las llama, que ya habitan en la espiritualidad de los pueblos nativos.
Mientras camina por aquellas tierras, Gabriel apuesta a reconstruir los lazos de la comunidad y a combatir el individualismo con la «cultura del encuentro». Aseguró que su paso por Perú busca generar procesos de fe compartidos y «prestar oídos» para quienes necesitan ser escuchados.

“La Amazonía es tu misión”: de qué se trata la iniciativa de la Iglesia en Perú
El proyecto tiene nombre propio: «Iglesia Argentina, la Amazonía es tu misión». Esta iniciativa surgió como una respuesta directa al sínodo que convocó el Papa Francisco para visibilizar la compleja realidad de una región que une a ocho países: Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Guyana y Surinam. Fernando Croxatto, obispo de Neuquén y miembro de la Comisión Episcopal de Misiones, explicó que la Iglesia argentina asumió el compromiso de establecer una presencia permanente en el vicariato de Puerto Maldonado.
El escenario es el VRAEM, el valle que forman los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, donde la selva impone su propio ritmo. “Nuestra presencia viene a cubrir una ausencia religiosa”, señaló Croxatto. Aclaró que no se trata de falta de fe en los pobladores, sino de la falta de un proceso de madurez que solo la permanencia permite. La misión hoy se divide en dos puntos clave: Kimbiri y Villa Virgen. Indicó que este último es un rincón metido en el monte donde el acceso es un desafío constante que requiere horas de viaje entre la vegetación.
El equipo lo integran sacerdotes, religiosas, laicos y matrimonios que asumieron un compromiso por dos años. Antes del viaje, cada integrante atravesó un “discernimiento profundo” que duró otros dos años en Argentina. Croxatto destacó que la tarea busca «el encuentro genuino con comunidades criollas, quechuas y pueblos originarios como los asháninkas y machiguengas».
La dinámica de trabajo se apoya en la sinodalidad y el “caminar juntos”. “No viene un cura solo a decidir todo. El grupo debate y planea cada paso de forma comunitaria”, remarcó el obispo. El futuro del proyecto depende de la generosidad de los voluntarios que llegan desde distintas provincias argentinas. Croxatto mantiene una mirada optimista frente a las dificultades geográficas y sociales.
«No venimos con una mentalidad colonizadora, sino con una actitud de encuentro», aseguró Croxatto. Sostuvo que la misión es un puente de doble vía: mientras los voluntarios ofrecen su tiempo, la Amazonía les devuelve una lección de humildad y una forma diferente de habitar el mundo. «Es un compromiso que busca la perseverancia en el bien y la protección de los más frágiles de la tierra», remarcó.
Vínculos en crisis y el impacto de la Inteligencia Artificial: la mirada de la Iglesia
La misión en la selva no desconecta a los protagonistas de la realidad que atraviesa la Argentina. Fernando Croxatto analizó con preocupación el escenario de fragmentación social. Para el obispo, el avance de un individualismo extremo debilita los lazos comunitarios. “La fe misma provoca el trabajo comunitario, pero el consumo y el narcisismo golpean también a nuestras instituciones”, advirtió.
Ante este panorama, la Iglesia propone la sinodalidad como antídoto: el ejercicio de caminar y discernir juntos para hallar un bien superior a las ideologías particulares.
Uno de los temas más alarmantes para la diócesis es el aumento de los suicidios y el deterioro de la salud mental. Croxatto vinculó esta problemática con una crisis de sentido profundo. “No pegamos en la tecla como sociedad. Los ideales hoy son cada vez más pequeños y se reducen a metas materiales muy precarias”, opinó.
El obispo se pregunta qué sucede con la vida de una persona cuando su único sostén es lo material y eso se derrumba. Ante la falta de un horizonte, la Iglesia refuerza su labor de prevención y propone espacios de escucha: “Necesitamos ser escuchados, es algo elemental que hemos olvidado”.
La irrupción de la inteligencia artificial también ocupa un lugar en la agenda eclesial. Basados en las recientes encíclicas del Papa Francisco, ambos misioneros piden cautela y responsabilidad. El padre Gabriel Mora alertó sobre el peligro de convertir a la tecnología en un nuevo Dios.
“No hay que demonizarla, pero tampoco ser ingenuos. Detrás de los algoritmos hay grupos económicos poderosos que transforman nuestra cultura”, aseveró. Sostuvo que el centro de la escena debe ocuparlo siempre la persona.
Cada vez que Gabriel Mora veía la sonrisa de su hermana al volver de una misión de la Iglesia, le preguntaba: "¿Por qué llegás así tan contenta?". "Vení al grupo misionero y vas a ver", le contestó ella. Le hizo caso y la acompañó a Michacheo, un paraje de Neuquén. Esa experiencia lo transformó. Ahora, el padre Gabriel coordina el equipo misionero argentino en la selva amazónica de Perú. "Mi sacerdocio nace precisamente en una misión", comentó. Siente que volvió al lugar donde todo comenzó.
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